Capítulo 004: El Sanctum

Mis ojos y los de Mónica se encontraron, manteniendo un duelo con la mirada, mientras trataba de caminar con la mayor dignidad posible. Solo verla me revolvía el cuerpo, pero no tenía otro remedio que tragar toda esa rabia.  

Mónica se levantó al ver cómo me detenía delante de su mesa con el gesto fruncido. Sin duda irritada por mi presencia en su trabajo.  

—Debería ser yo la molesta, no tú. —Sonreí con una media sonrisa mientras decía esas palabras. —Eres tú la arpía que se metió con mi pareja.  

—Si le dieras lo que un hombre necesita, no se hubiera enredado conmigo.  

Mi corazón dolió ante esas palabras. Jamás le había negado nada a Ricardo. Casi había cedido de forma demasiado fácil a sus reclamos amorosos. Decidí guardar una réplica por el momento. En estos momentos me interesaba su cooperación para complacer a Romano.  

—Da igual. Ese cerdo ya no me interesa. Ahora me interesa conseguir un café para el señor Romano y él me ha mandado a ti.  

Ella guardó silencio un momento, supongo que decidiendo si continuaba la guerra o cedía a las órdenes de Romano. Tras un momento me hizo un gesto con la cabeza y comenzó a andar. Por el camino, multitud de miradas se clavaban en nosotras. Al menos eso me pareció.  

No muy lejos había una sala de estar para el personal. Entramos y Mónica cerró la puerta tras nosotras. Se dirigió hacia uno de los armarios y sacó un paquete de granos de café. Vertió unos cuantos granos en un molinillo y comenzó a molerlo.  

Mónica parecía estar cooperando y me explicaba con detenimiento cómo hacer el expreso del señor Romano. Me sorprendió lo meticulosamente que era su preparación, con todo medido, rayando la obsesión, pero lo que me dejó fuera de juego fue cuando, en lugar de azúcar, miel o algún edulcorante, le puso una pizca de canela.  

—¿Quieres uno para ti? —me preguntó cuando terminó de preparar el del señor Romano. —Es un café muy bueno y una carga da perfectamente para un capuchino después de sacar el del señor Romano.  

Yo asentí y ella volvió a darle a la cafetera tras poner una taza de mayor tamaño. Tras preparar la segunda taza, salimos de la sala, llevando yo una bandeja con ambas tazas. Cuando finalmente estábamos al lado de su mesa, como quien no quiere la cosa, Mónica, con una sonrisa, me preguntó.  

—¿Te ha presentado ya su prometida? Quizás tú y yo no nos diferenciamos tanto.  

Al escuchar sus palabras me atraganté con mi propia saliva. Me dieron ganas de volverme con una respuesta rápida, pero al final solo hice lo más digno que podía hacer. Contestar sin volverme para no mostrar mi cara contrariada.  

—Yo no me he metido en ninguna relación. Solo trabajo para Romano.  

No sé si sonó convincente, pues creo que mi voz sonó algo afectada en mi cabeza. Tras esto, seguí con paso firme hacia el despacho de Romano, pero en cuanto cerré la puerta, un par de lágrimas escaparon de mis ojos. Unas lágrimas traicioneras, pues no sentía nada por Romano, pero el beso anterior me supo a veneno. No por lo que representaba para mí, sino por ponerme en la situación de ser la otra.  

Romano estaba atendiendo una llamada cuando entré en el despacho. De espalda hacia la puerta, mirando por el ventanal. Tal como lo había dejado cuando salí por el café. Su rostro era serio, pero no alterado. La conversación no parecía tener ninguna confrontación; era un estado aparentemente natural en él.  

—De acuerdo, espera un momento que consulte. Natalia, ¿tengo libre esta noche a las nueve?  

Dejé rápidamente la bandeja en la mesa y consulté el horario que incluía todos los eventos de Romano, tanto privados como públicos.  

—Está libre, señor. —Había añadido el "señor" sin pensar.  

—Bloquea entonces un par de horas y añade media hora por delante y por detrás. Lugar: "El Sanctum". Motivo: "Reunión con Jorge Ibañez".  

Ni se volvió para darme todas esas órdenes, simplemente siguió mirando por la ventana.  

—Sí, tengo una nueva asistente. Esta noche la llevaré, por lo cual no insistas en ponerme una de tus chicas como acompañante.  

La frase me dejó helada; intenté negar lo que me había parecido esa frase. Por un lado, me había nombrado como su asistente; por otro lado, lo de “no insistas en ponerme una de tus chicas como acompañante” me sonó a “ya llevo mi prostituta de casa”.  

Cuando finalmente terminó la conversación y se volvió hacia mí, se paralizó un momento, para acercarse hasta mí y recoger una lágrima con uno de sus dedos de mi cara.  

—¿Algún problema con Mónica?  

Negué con la cabeza sin atreverme a decir todo lo que estaba pasando por mi cabeza.  

—¿Entonces? ¿Por qué estas lágrimas?  

Temblé ante sus palabras. Mi cabeza era un hervidero de pensamientos, a cual más cruel, pero no me atrevía a decir la verdad.  

—Son de felicidad por ser su asistente.  

Romano rio de forma ruidosa, cogió la taza de su expreso y se sentó tras su escritorio.  

—No mientes bien. Dime el motivo y siéntate. Disfruta de tu capuchino.  

Cogí la otra taza de café sentándome enfrente de él. Miré un momento la espuma, pensando cómo organizar todo en mi cabeza para expresarlo.  

—Son varias cosas acumuladas. La primera, ¿por qué me besó si tiene una prometida? La segunda: ¿Soy su amante? ¿Seré su juguete sexual en la reunión de esta noche?  

El gesto de Romano se transformó en el serio que me tenía acostumbrada.  

—Lo de mi prometida es un asunto que no te concierne, y el beso no fue una decisión que te debiera explicar. En cuanto a tu segunda preocupación. Eres mi asistente y sí, esta noche en “El Sanctum” te quiero conmigo. Amable, servicial, pero sin entrar en algo sexual. No eres mi amante, no eres mi juguete sexual, pero me servirás de escudo ante otras mujeres en ese local. 

Mis manos temblaron al escuchar las palabras de Romano. No lo decía aparentemente, pero en mi cabeza sonaba a: te usaré como me plazca y no puedes quejarte. 

—Lo comprendo, señor, pero entonces no me pregunte por qué lloro. Hace unos días encontré a mi ex en brazos de tu secretaria; no quiero ser la otra como ella. 

—Y no lo eres. 

No explicó más detalles, solo pasó a preguntar sobre el incidente. Yo le conté todo, desde el despertador que no sonó, hasta cómo terminé acudiendo a la fiesta donde mi vida terminó de cambiar al caer en sus manos. 

Tras esto simplemente me dijo que no me preocupara. Ahora él cuidaba de mí y no permitiría que sufriera daño alguno, pero no era consciente del daño que él me hacía al tenerme como una esclava. 

Esa tarde, tras arreglarme como si fuera de fiesta, nos montamos en coche dirección “El Sanctum”. No me había explicado mucho sobre el sitio, pero cuando el coche se adentró en las calles de la colonia de Santa Paula y no precisamente hacia la zona portuaria, mis alarmas se dispararon. 

“La Colonia” o “Santa Paula”, como la gente se refiere a esa población costera lindante con Malecia, no era precisamente un lugar recomendable para una persona respetable. Sí, cerca del puerto había una zona de ocio barata popular entre los jóvenes de Malecia, pero todos sabíamos que no debías alejarte de las cuatro calles que rodeaban al puerto. 

En la zona por la que discurríamos se veían prostitutas callejeras y drogadictos tirados por las calles. La basura estaba por doquier. Aun así, los dos coches de alta gama se desplazaban por esta zona sin parecer preocupar a sus demás ocupantes. Solo yo estaba muerta de miedo. 

El coche se paró delante de una antigua nave industrial de hormigón. Solo un pequeño cartel con el nombre del local “El Sanctum” y una puerta con dos porteros indicaban que eso era un local de algún tipo. 

Romano y yo descendimos del primer coche y dos de los guardaespaldas del segundo. Pude ver cómo los porteros me devoraban con la mirada mientras nos acercábamos. 

—Buenas noches, Señor Romano. El señor Ibáñez lo está esperando en la sala de costumbre. 

Los cuatro cruzamos las puertas y mi cara se sonrojó al ver el interior. Era un lugar destinado al placer sexual. El color rojo y negro era el predominante en toda la sala central. Camareros, tanto hombres como mujeres sin camisa, servían las mesas, mientras que mujeres y hombres realizaban bailes sexuales quitándose la ropa en diversos escenarios. 

Miré hacia el suelo, intentando escapar de la escena. Asustada por poder ser confundida con una de las prostitutas que trabajaban en el local. Me pegué a Romano y él pasó su mano por mi cintura. Mientras nos dirigíamos con paso firme hacia una escalera donde otros dos hombres montaban guardia. 

Tragué saliva preparándome para lo peor. Si aquí abajo pude ver cómo alguna mujer de moral distraída ya estaba encima de un hombre, ¿qué podría encontrarme en una sala privada?

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