Mundo ficciónIniciar sesiónEn el campus de la Universidad de Crestview, el poder no solo se mide en puntos dentro del campo de juego, sino en los secretos que eres capaz de guardar. Valeria Ross es una experta en pasar desapercibida. Como estudiante becada, ha sobrevivido bajo el radar vendiendo su intelecto a quienes tienen más dinero que cerebro. Cuando su exnovio la traiciona, Valeria decide que es hora de dejar de ser una víctima y empezar a contraatacar. Lo que no esperaba era que su única salida fuera pactar con el hombre más peligroso del campus. Dante Valerius es el capitán invicto, el ídolo de masas con un apellido que es ley. Todos creen conocerlo, pero nadie ve al hombre que observa desde las sombras, al estratega que controla cada movimiento en la universidad. Dante tiene un plan, y Valeria es la pieza que le faltaba.
Leer másEl aire en los pasillos de la Facultad de Letras siempre olía a papel viejo y a sueños que se deshacen, pero hoy mientras apretaba aquel fajo de hojas contra mi pecho, el olor me resultaba insoportable, casi tanto como el nudo que se me instalaba en la boca del estómago cada vez que recordaba a quién le pertenecían esas palabras. Mis pasos, ligeros y apresurados, resonaban en las baldosas blancas, recordándome que era una intrusa en este mundo de apellidos dorados y futuro asegurado, una sombra que se deslizaba entre las grietas de la Universidad de Crestview para que otros, como Rodrigo, pudieran brillar sin el menor esfuerzo.
Había pasado las últimas tres noches en vela, alimentándome de café amargo y de la desesperación por terminar el ensayo que salvaría el semestre de mi novio, aunque llamarlo así empezaba a sentirse como una mentira que me repetía frente al espejo. Yo era la becada, la chica que tomaba apuntes en los márgenes de los libros prestados, mientras él era el heredero de una inmobiliaria que apenas sabía conjugar un verbo, pero el amor, o lo que yo creía que era amor, me había vuelto ciega y, sobre todo, útil.
Caminé hacia el ala de los atletas, un edificio que se alzaba con una arrogancia de mármol y cristal, donde el silencio de la biblioteca era reemplazado por el eco de risas estruendosas y el olor a cuero de los balones de fútbol americano. Sabía que Rodrigo estaría allí, celebrando alguna victoria que no le pertenecía, probablemente fanfarroneando sobre una inteligencia que yo le suministraba por goteo a cambio de un poco de su atención.
Al llegar a la puerta de los vestidores, el corazón me dio un vuelco, una advertencia que ignoré por pura inercia, y empujé la madera pesada con la intención de dejar el manuscrito y marcharme antes de que el ambiente me asfixiara del todo. El silencio que encontré no era el de una habitación vacía, sino uno denso, cargado de una humedad que no venía de las duchas, sino de la traición pura y dura.
—¿Rodrigo? —murmuré, con la voz apenas audible, mientras mis ojos se ajustaban a la penumbra de la oficina del entrenador, situada al fondo del pasillo.
No hubo respuesta, solo un susurro ahogado y el roce de la ropa contra el cuero de los asientos. Avancé, sintiendo cómo el frío me subía por los tobillos, y al asomarme por la rendija de la puerta, el mundo que había construido con tanto sacrificio se hizo añicos. Allí estaba él, con su chaqueta de capitán y su sonrisa de ganador, pero sus manos no buscaban mis libros, ni su boca pronunciaba mi nombre. Bianca Sterling, la mujer que representaba todo lo que yo nunca podría ser, estaba enredada entre sus brazos, riendo con una malicia que me atravesó como una lanza.
—Ella no tiene por qué enterarse, tonto —decía Bianca, con esa voz de seda que ocultaba colmillos— total, solo es tu asistente personal con beneficios, ¿no?
—Valeria es útil, Bianca, nada más —respondió Rodrigo, y el sonido de mi nombre en sus labios me dio náuseas— me escribe los trabajos, me mantiene el promedio y es lo suficientemente ingenua como para creer que tenemos un futuro, pero en cuanto me gradúe, no será más que un recuerdo borroso de mi época universitaria.
Sentí un vacío helado en el pecho, una sensación de irrealidad que me mantuvo paralizada por un segundo eterno, hasta que la rabia, una furia antigua y caliente que no sabía que poseía, comenzó a hervir en mis venas. No lloré, no esta vez, porque las lágrimas son para los que pierden algo valioso, y yo acababa de darme cuenta de que lo que tenía no valía nada.
Empujé la puerta de par en par, dejando que el golpe contra la pared anunciara mi presencia. Rodrigo se separó de ella de un salto, con el rostro pálido y los ojos desencajados, mientras Bianca simplemente se arreglaba el cabello con una suficiencia que me dio ganas de abofetearla.
—Valeria, no es lo que parece... —empezó él, usando el guion más viejo del mundo.
—No te atrevas a terminar esa frase —le corté, caminando hacia el centro de la habitación con una calma que lo aterrorizó más que cualquier grito— no te atrevas a usar una sola de las palabras que yo te enseñé para intentar engañarme otra vez.
Lancé el fajo de papeles al suelo, justo entre ellos dos, y antes de que pudiera decir nada más, levanté mi pie y lo pisoteé con toda la fuerza de mi desprecio.
—Ese es tu examen final, Rodrigo —dije, sintiendo cómo algo en mi interior se liberaba— y ese es el último gramo de inteligencia que vas a recibir de mi parte. A partir de hoy, eres libre de demostrarle al mundo lo vacío que estás por dentro.
—No puedes hacerme esto, Valeria, tu beca depende de mi recomendación ante el comité —me amenazó él, recuperando su tono arrogante ahora que se sentía acorralado.
—Mi beca depende de mi cerebro, no de tu boca infiel —le espeté, dándome la vuelta para salir de aquel lugar que apestaba a mentira.
Salí al pasillo casi corriendo, con el pulso martilleando en mis sienes y la visión nublada por la adrenalina. La puerta principal de los vestidores estaba a pocos metros, pero el destino, que parece disfrutar de los choques frontales, decidió que mi salida no sería solitaria. Al cruzar el umbral hacia el exterior, donde la lluvia empezaba a caer con una furia liberadora, choqué de lleno contra un muro de acero cubierto de tela oscura.
Unas manos firmes, de dedos largos y callosos, me sujetaron por los hombros para evitar que cayera al suelo empapado. Levanté la vista, dispuesta a gritarle a quien fuera que se cruzara en mi camino, pero las palabras se me atascaron en la garganta. Dante Valerius me sostenía, con su mandíbula marcada y esos ojos grises que parecían ver a través de las personas como si fuéramos de cristal.
—Cuidado, Ross —dijo, con una voz profunda que vibró en mi pecho— la lluvia está demasiado brava como para que salgas corriendo así.
Dante era el capitán del equipo, el hombre que todos temían y admiraban a partes iguales, pero había algo en su mirada, una inteligencia silenciosa que siempre me había inquietado, como si él supiera cosas que nadie más en esta universidad alcanzaba a comprender.
—Suéltame, Valerius —murmuré, intentando zafarme, aunque mis piernas flaqueaban por el choque emocional de hace un momento.
Él no me soltó, al contrario, me atrajo un poco más hacia la sombra del porche, protegiéndome de la cortina de agua que caía sin descanso. Su cercanía era abrumadora, olía a lluvia y a un perfume amaderado que nada tenía que ver con la vulgaridad de Rodrigo.
—Te vi entrar con ese montón de hojas y sales con las manos vacías —comentó él, con una media sonrisa que no llegaba a ser burlona, sino casi... cómplice— ¿finalmente te disté cuenta de que estás desperdiciando tu talento en un idiota que no sabe diferenciar un sustantivo de un adjetivo?
Me quedé helada. ¿Cómo lo sabía? Dante siempre estaba en primera fila, pero nunca hablaba, nunca participaba, solo observaba.
—No sé de qué estás hablando —mentí, aunque el temblor de mi voz me delataba.
Dante se inclinó un poco, rompiendo esa barrera de espacio personal que nos separaba, y su aliento cálido rozó mi mejilla, enviando un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío exterior.
—Sé que tú eres el Fantasma, Valeria —me susurró al oído, y mi corazón se detuvo por un segundo— sé quién escribe los discursos del decano y quién le hizo la tesis al hermano de Bianca el año pasado. Tienes un estilo que no puedes ocultar, por mucho que intentes ser invisible.
Me zafé de su agarre, retrocediendo un paso, sintiéndome más expuesta que cuando encontré a Rodrigo engañándome. Mi identidad oculta era mi único seguro de vida, la forma en que pagaba mis deudas y mantenía mi independencia en un lugar que devoraba a los humildes.
—¿Qué quieres? —le pregunté, con los puños cerrados— ¿vas a delatarme? ¿Vas a ir con el director y quitarme lo único que tengo?
Dante se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta, relajado, observándome con una intensidad que me hacía sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo.
—Delatarte sería un desperdicio de recursos —respondió, dando un paso hacia mí— lo que quiero es que dejes de jugar en la liga de los aficionados. Rodrigo es un error que acabas de corregir, Valeria, pero yo... yo puedo ser tu solución.
—No necesito que me salves, Valerius —dije, tratando de recuperar mi dignidad mientras la lluvia empapaba mi ropa.
—No quiero salvarte, Ross, quiero que juguemos juntos —sentenció, y por primera vez vi un destello de algo parecido a la ambición en sus ojos— necesito a alguien con tu mente para limpiar cierta suciedad en esta universidad, y a cambio, te daré la protección que un tipo como Rodrigo jamás podría ofrecerte. Nadie volverá a tocar tu beca, ni a usar tu nombre como si fueras un objeto.
De pronto, un grito enfurecido retumbó desde el interior de los vestidores. Era Rodrigo, había descubierto que el ensayo que yo había pisoteado no solo estaba sucio, sino que le faltaban las páginas clave, o quizá había descubierto que su computadora, donde guardaba el resto de mis trabajos, acababa de ser limpiada por mis propias manos antes de ir a verlo.
—¡Valeria! —bramó él, apareciendo en la puerta con el rostro desencajado por la rabia.
Hice ademán de huir, pero Dante volvió a sujetarme, esta vez con una suavidad que me sorprendió, poniéndose frente a mí, usándose a sí mismo como un escudo humano contra la furia de mi exnovio. La estatura de Dante y su sola presencia hicieron que Rodrigo se detuviera en seco, tragándose sus insultos antes de que pudieran salir.
—La conversación terminó, Leal —dijo Dante, con un tono gélido que no admitía réplicas— Valeria ya no escribe tus mentiras. A partir de ahora, ella está bajo mi supervisión.
Rodrigo apretó los dientes, mirando a Dante con un odio que solo el miedo puede engendrar. Bianca apareció detrás de él, observando la escena con una mezcla de sorpresa y envidia. Ver a Dante, el rey de la universidad, defendiendo a la becada invisible era algo que no entraba en sus planes de estatus.
—Esto no se va a quedar así, Valerius —amenazó Rodrigo, aunque su voz carecía de fuerza— ella tiene información que no debería tener.
Dante se rio, un sonido bajo y peligroso que me erizó los cabellos de la nuca.
—Entonces asegúrate de que no tenga razones para usarla —concluyó Dante, dándose la vuelta y obligándome a caminar junto a él bajo su gran paraguas negro, dejando a Rodrigo y Bianca atrás, bajo el escrutinio de la lluvia.
Caminamos en silencio por unos minutos, lejos del bullicio de los atletas, hacia la zona más antigua del campus, donde los árboles centenarios cubrían el camino como guardianes de piedra. Mi mente era un caos de alivio y terror. Había perdido mi seguridad, mi pareja y mi anonimato en menos de veinte minutos.
—¿Por qué me ayudas? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio cuando llegamos a la entrada de mi edificio de dormitorios.
Dante se detuvo y cerró el paraguas, dejándonos bajo el arco de piedra de la entrada. Me miró fijamente, y por un momento, la máscara de capitán desapareció, dejando ver a un hombre que parecía cargar con un peso tan grande como el mío.
—Porque ambos estamos rodeados de gente que no nos merece, Valeria —respondió, y por primera vez, su voz sonó sincera— y porque sé que tú eres la única persona en este lugar que no me mira y ve un trofeo, sino a alguien que también está escondiendo algo.
Sacó un pequeño sobre de su bolsillo interno y me lo entregó. Sus dedos rozaron los míos, y el contacto se sintió como una promesa o una advertencia, no estaba segura de cuál de las dos.
—Léelo cuando estés sola —añadió— es el primer paso de nuestro pacto. Si aceptas, mañana a las seis en la biblioteca antigua, en la sección de clásicos y Valeria... no vuelvas a agachar la cabeza frente a tipos como Rodrigo, no te queda bien.
Se dio la vuelta y se alejó en la oscuridad, fundiéndose con las sombras de la noche como si nunca hubiera estado allí. Subí a mi habitación con las piernas temblando, me encerré con doble llave y, sentada en el suelo frío, abrí el sobre con manos torpes.
Dentro, no había dinero, ni amenazas, ni poemas de amor. Había una lista de nombres de los directivos de la universidad y, junto a ellos, una cifra que no entendí al principio, hasta que vi la nota al pie escrita con la letra elegante de Dante: "Ellos creen que controlan tu futuro, pero yo tengo las pruebas de lo que hicieron con el pasado de tu familia. Es hora de que les devolvamos el golpe".
El aire se me escapó de los pulmones. ¿Cómo sabía Dante sobre mi familia? ¿Cómo sabía el secreto que me había obligado a cambiarme el nombre y a huir hacia esta universidad con una identidad falsa?
Un golpe seco en mi ventana me hizo saltar del suelo, vivía en un tercer piso, no debería haber nadie allí. Con el corazón en la garganta, me acerqué al cristal y vi una marca de barro fresca en el vidrio, como si alguien hubiera lanzado algo para llamar mi atención. Al mirar hacia abajo, hacia el callejón oscuro que daba a mi habitación, vi una silueta familiar. No era Dante, era Rodrigo, y no estaba solo, tenía un bidón en la mano y una mirada que decía que, si él se hundía, me llevaría con él a las profundidades.
—Si no puedes ser mía, no serás de nadie, Valeria —le oí gritar desde abajo, justo antes de ver la primera chispa de un encendedor brillar en la oscuridad
El valle de Cala Silencio no se despertó con el estruendo de los cañones, sino con un silencio tan denso que parecía una presencia física, una tregua otorgada por la nieve que empezaba a cubrir las cenizas del motín. Me encontraba en la entrada del hospital de campaña, observando cómo los carruajes blancos de la corona, con sus sellos de cera roja y sus escoltas de coraceros, serpenteaban por el desfiladero como una hilera de perlas sobre un paño de luto. La llegada de la delegación real no era el alivio que esperábamos; era el juicio final sobre nuestra audacia, la respuesta de un trono que no entendía de pestes ni de hambre, sino de obediencia y decretos.—Míralos, Valeria, traen más seda en sus capas que comida en sus carros, vienen a juzgar si nuestra supervivencia fue un acto de rebeldía o una necesidad —susurró Dante a mi lado, con las manos aún manchadas por el hollín de las barricadas y los ojos cargados de una fatiga que ninguna corona podría recompensar.—Vienen por el Tes
El viento del norte traía consigo un lamento que no era el de los lobos ni el de la ventisca, sino el llanto de una tropa que se desmoronaba por dentro, una melodía de agonía que subía desde los valles bajos hasta nuestras cuevas como un recordatorio de que la muerte no tiene bandera ni partido político. Me encontraba frente a la mesa de piedra, donde los libros de botánica de mi padre permanecían abiertos bajo la luz parpadeante de las últimas velas de sebo, buscando en las ilustraciones de plantas medicinales una respuesta que la diplomacia no me daba. La carta que encontramos en el almacén sobre la peste no era solo un arma de chantaje, era una sentencia de muerte para toda la región si no actuábamos con una osadía que rozaba la locura, porque dejar que los soldados de Aranda murieran pudriéndose en sus tiendas significaba que la enfermedad, tarde o temprano, saltaría nuestras barricadas de nieve.—No podemos simplemente verlos morir, Dante, porque cuando el último soldado caiga,
El invierno se había vuelto un enemigo más feroz que los propios soldados de Aranda, transformando el valle en un desierto de cenizas blancas y troncos ennegrecidos tras el gran incendio que casi nos consume en las cuevas. El aire, que antes olía a pino y a tierra mojada, ahora transportaba un rastro constante de madera quemada que se pegaba a la ropa y a la piel, recordándonos que los bosques, nuestra principal fuente de calor y refugio, eran ahora esqueletos de carbón que crujían bajo el peso de la nieve. Las provisiones que Elara había rescatado de la granja de los sauces se agotaban con una rapidez aterradora, y el hambre, ese dolor sordo que empieza en el estómago y termina nublando la razón, se había convertido en el habitante más fiel de nuestra comunidad subterránea.—Si no conseguimos comida y leña seca en las próximas cuarenta y ocho horas, Valeria, no necesitaremos que Aranda dispare un solo mosquete más para acabar con nosotros, porque el frío hará el trabajo sucio por él
El primer indicio del desastre no fue el ruido, sino un cambio sutil en la temperatura del aire que entraba por las fisuras de la roca, un calor seco y extraño que transportaba un perfume dulzón de resina hirviendo y hojas de pino consumidas por la rabia del fuego. Me desperté con el pecho oprimido, sintiendo que el oxígeno se volvía pesado, mientras un velo de humo grisáceo empezaba a serpentear por el techo de la Cueva de los Ecos, transformando nuestro refugio en una trampa de asfixia. Aranda, despechado por la resistencia del invierno y por la pureza recuperada de nuestras aguas, había decidido que, si no podía gobernarnos, nos convertiría en ceniza, ordenando a sus soldados prender fuego a los bosques que rodeaban la entrada de la montaña, aprovechando una racha de viento que empujaba las llamas directamente hacia nuestras gargantas de piedra.—¡Valeria, levanta a los niños, el humo está bajando por la chimenea principal y en menos de una hora este lugar será un horno sin salida
El invierno no llegó a las tierras altas como un visitante, sino como un invasor implacable, cubriendo los riscos con un manto de nieve tan espeso que el silencio se volvió absoluto, un vacío blanco que amenazaba con devorar nuestras esperanzas antes que a nuestros cuerpos. Las cuevas de los Ecos, que antes nos parecieron un refugio seguro, se habían transformado en un sepulcro de piedra fría donde la humedad se filtraba por las grietas, convirtiendo cada aliento en una nube de vapor y cada sueño en una lucha contra la hipotermia. El ejército de la capital, incapaz de tomarnos por la fuerza tras el fracaso de su falso heredero, había optado por la estrategia más cruel de todas: rodear la montaña, bloquear los pasos con empalizadas de madera y esperar a que el hambre hiciera el trabajo que sus bayonetas no pudieron terminar.—Si no conseguimos sacar algo de grano de la granja de los sauces antes de que la nieve bloquee el desfiladero del este, para la próxima luna estaremos hirviendo
El eco de las gotas de agua chocando contra las estalactitas se había convertido en el metrónomo de nuestra resistencia, un sonido constante que nos recordaba que, aunque estábamos bajo tierra, el corazón del valle seguía latiendo con una fuerza que ni los cañones de la capital habían logrado silenciar. Habíamos convertido las galerías profundas de la Cueva de los Ecos en un gobierno provisional, un laberinto de piedra donde las mesas de los consejos eran tablones sobre barriles y las leyes se escribían a la luz de las antorchas, mientras afuera, la nieve empezaba a cubrir las cenizas del Cruce de los Tres Caminos.Me encontraba sentada en un rincón, con el diario de la fundadora abierto sobre las rodillas, sintiendo el frío de la roca filtrarse por mi ropa, cuando Dante entró en la cámara central con una expresión que me hizo cerrar el libro de golpe, presintiendo que la tregua armada que vivíamos estaba a punto de romperse.—Valeria, los emisarios han vuelto a la entrada de la garg
Último capítulo