Mundo ficciónIniciar sesiónEn el campus de la Universidad de Crestview, el poder no solo se mide en puntos dentro del campo de juego, sino en los secretos que eres capaz de guardar. Valeria Ross es una experta en pasar desapercibida. Como estudiante becada, ha sobrevivido bajo el radar vendiendo su intelecto a quienes tienen más dinero que cerebro. Cuando su exnovio la traiciona, Valeria decide que es hora de dejar de ser una víctima y empezar a contraatacar. Lo que no esperaba era que su única salida fuera pactar con el hombre más peligroso del campus. Dante Valerius es el capitán invicto, el ídolo de masas con un apellido que es ley. Todos creen conocerlo, pero nadie ve al hombre que observa desde las sombras, al estratega que controla cada movimiento en la universidad. Dante tiene un plan, y Valeria es la pieza que le faltaba.
Leer másEl valle de Cala Silencio no se despertó con el estruendo de los cañones, sino con un silencio tan denso que parecía una presencia física, una tregua otorgada por la nieve que empezaba a cubrir las cenizas del motín. Me encontraba en la entrada del hospital de campaña, observando cómo los carruajes blancos de la corona, con sus sellos de cera roja y sus escoltas de coraceros, serpenteaban por el desfiladero como una hilera de perlas sobre un paño de luto. La llegada de la delegación real no era el alivio que esperábamos; era el juicio final sobre nuestra audacia, la respuesta de un trono que no entendía de pestes ni de hambre, sino de obediencia y decretos.—Míralos, Valeria, traen más seda en sus capas que comida en sus carros, vienen a juzgar si nuestra supervivencia fue un acto de rebeldía o una necesidad —susurró Dante a mi lado, con las manos aún manchadas por el hollín de las barricadas y los ojos cargados de una fatiga que ninguna corona podría recompensar.—Vienen por el Tes
El viento del norte traía consigo un lamento que no era el de los lobos ni el de la ventisca, sino el llanto de una tropa que se desmoronaba por dentro, una melodía de agonía que subía desde los valles bajos hasta nuestras cuevas como un recordatorio de que la muerte no tiene bandera ni partido político. Me encontraba frente a la mesa de piedra, donde los libros de botánica de mi padre permanecían abiertos bajo la luz parpadeante de las últimas velas de sebo, buscando en las ilustraciones de plantas medicinales una respuesta que la diplomacia no me daba. La carta que encontramos en el almacén sobre la peste no era solo un arma de chantaje, era una sentencia de muerte para toda la región si no actuábamos con una osadía que rozaba la locura, porque dejar que los soldados de Aranda murieran pudriéndose en sus tiendas significaba que la enfermedad, tarde o temprano, saltaría nuestras barricadas de nieve.—No podemos simplemente verlos morir, Dante, porque cuando el último soldado caiga,
El invierno se había vuelto un enemigo más feroz que los propios soldados de Aranda, transformando el valle en un desierto de cenizas blancas y troncos ennegrecidos tras el gran incendio que casi nos consume en las cuevas. El aire, que antes olía a pino y a tierra mojada, ahora transportaba un rastro constante de madera quemada que se pegaba a la ropa y a la piel, recordándonos que los bosques, nuestra principal fuente de calor y refugio, eran ahora esqueletos de carbón que crujían bajo el peso de la nieve. Las provisiones que Elara había rescatado de la granja de los sauces se agotaban con una rapidez aterradora, y el hambre, ese dolor sordo que empieza en el estómago y termina nublando la razón, se había convertido en el habitante más fiel de nuestra comunidad subterránea.—Si no conseguimos comida y leña seca en las próximas cuarenta y ocho horas, Valeria, no necesitaremos que Aranda dispare un solo mosquete más para acabar con nosotros, porque el frío hará el trabajo sucio por él
El primer indicio del desastre no fue el ruido, sino un cambio sutil en la temperatura del aire que entraba por las fisuras de la roca, un calor seco y extraño que transportaba un perfume dulzón de resina hirviendo y hojas de pino consumidas por la rabia del fuego. Me desperté con el pecho oprimido, sintiendo que el oxígeno se volvía pesado, mientras un velo de humo grisáceo empezaba a serpentear por el techo de la Cueva de los Ecos, transformando nuestro refugio en una trampa de asfixia. Aranda, despechado por la resistencia del invierno y por la pureza recuperada de nuestras aguas, había decidido que, si no podía gobernarnos, nos convertiría en ceniza, ordenando a sus soldados prender fuego a los bosques que rodeaban la entrada de la montaña, aprovechando una racha de viento que empujaba las llamas directamente hacia nuestras gargantas de piedra.—¡Valeria, levanta a los niños, el humo está bajando por la chimenea principal y en menos de una hora este lugar será un horno sin salida
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