CAPITULO 9

El despacho de Silas, que hasta hacía unos segundos parecía una fortaleza inexpugnable de caoba y secretos, se convirtió de pronto en un escenario de pesadilla donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo, obligándome a mirar el rostro de un hombre que había enterrado en mis recuerdos más dolorosos. Me quedé allí, con los pulmones ardiendo y las manos entumecidas, contemplando la silueta de mi padre recortada contra la ventana rota, mientras el viento de la noche entraba con un silbido lúgubre, removiendo las cortinas de terciopelo y los papeles que Silas tanto se había esforzado por proteger. Mi padre estaba vivo; no era una alucinación nacida del agotamiento, ni un truco de la luz mortecina, sino una realidad de carne, hueso y cicatrices que me miraba con una mezcla de orgullo y una tristeza tan profunda que me partió el alma en dos.

​—¿Papá? —mi voz salió como un hilo de aire, una súplica que apenas rompió el silencio denso que nos envolvía.

​Él asintió lentamente, sin apartar los ojos de Silas, quien permanecía encogido contra la pared de su propio escritorio, con el rostro pálido y los ojos desencajados, como si estuviera viendo al mismísimo segador reclamando su deuda. Dante, a mi lado, estaba tan estupefacto como yo; su mano seguía apretando la mía, pero sentí cómo sus músculos se tensaban al procesar que el tirador que casi le quita la vida en el bosque era, en realidad, el hombre cuya ruina él había estado intentando vengar.

​—Valeria, hija, perdóname por el miedo, por los años de ausencia y por el disparo en la arboleda —dijo mi padre, su voz era ahora más ronca, cargada con el peso de una década de soledad y vigilancia en las sombras— pero Silas no podía sospechar nada, tuve que ser el fantasma que él mismo creó para poder llegar a este momento.

​—¡Es imposible! —bramó Silas, recuperando un poco de su arrogancia a través del pánico puro— ¡Marcus me dijo que te habías ido al fondo del río! ¡Yo vi los informes!

​—Marcus te dio los informes que yo mismo redacté, Silas —replicó mi padre, dando un paso hacia el escritorio, sus movimientos eran fluidos, calculados, los de un hombre que ha aprendido a cazar en la oscuridad de un campus que le fue robado— Marcus siempre supo que la única forma de salvar a Dante de tu influencia era manteniéndome cerca. Él fue mi único aliado, el hombre que sacrificó su reputación ante tus ojos para que hoy pudiéramos estar aquí.

​Dante soltó un gemido ahogado, una mezcla de alivio y dolor al comprender que Marcus no lo había traicionado por dinero, sino por una lealtad que iba mucho más allá de lo que cualquier Valerius podría comprender. Silas, viéndose acorralado y sin salida, dirigió su mirada hacia Rodrigo, quien permanecía en el suelo, gimiendo y sujetándose la muñeca fracturada por el golpe de mi padre.

​—¡Levántate, imbécil! —le gritó Silas a Rodrigo, con un desprecio que ya no ocultaba ni una pizca de la falsa caballerosidad que solía ostentar— ¡haz algo útil por una vez en tu miserable vida!

​En un movimiento desesperado y vil, Silas se lanzó sobre Rodrigo, agarrándolo por el cuello de su chaqueta de capitán y tirando de él hacia arriba, utilizándolo como un escudo humano mientras retrocedía hacia la puerta lateral que comunicaba con el balcón de la rectoría. Rodrigo, aturdido y muerto de miedo, apenas pudo oponer resistencia, convirtiéndose en el último peón de un rey que se negaba a aceptar su caída.

​—¡Si dais un paso más, lo lanzo por el balcón! —amenazó Silas, su voz vibrando con una locura que me hizo estremecer— ¡y tú, Ross, no te atreverás a disparar delante de tu hija!

​—Silas, suéltalo, ya no tienes a dónde ir, el campus está rodeado y la verdad ya no te pertenece —dijo Dante, intentando avanzar, pero Silas apretó más el agarre sobre Rodrigo, quien empezaba a ponerse azul por la falta de aire.

​—¿La verdad? —Silas se rió, una carcajada estridente y rota que resonó por toda la biblioteca— ¡yo soy la verdad en esta ciudad! ¡Sin los Valerius, Crestview no es más que un montón de piedras y libros viejos! ¡Si yo caigo, lo quemaré todo antes de que podáis celebrar vuestro pequeño triunfo!

​Mi padre levantó su arma, pero no apuntó a Silas; apuntó a las luces del despacho. En un parpadeo, la habitación se sumió en la oscuridad total, rota solo por los destellos de las alarmas del exterior. Escuché el forcejeo de Silas y el grito de Rodrigo, seguidos por el sonido de una puerta abriéndose de golpe.

​—¡Valeria, quédate con Dante! —me gritó mi padre antes de lanzarse hacia el balcón, persiguiendo a Silas en las sombras.

​Dante y yo corrimos tras ellos, tropezando con los muebles derribados en medio de la penumbra. Al salir al balcón de piedra, el aire gélido de la noche nos golpeó con fuerza. Abajo, en la plaza, miles de estudiantes se habían congregado, atraídos por las sirenas y el escándalo en el despacho del rector. Silas estaba allí, al borde del balcón, sujetando todavía a un Rodrigo que lloraba abiertamente, mientras mi padre lo apuntaba desde la entrada del despacho.

​—¡Mirad vuestro futuro! —gritó Silas hacia la multitud de abajo, su voz proyectándose por los amplificadores del sistema de emergencia que todavía funcionaba— ¡mirad al hijo que me ha traicionado y a la hija del hombre que quiere destruir vuestra universidad!

​La multitud guardó un silencio sepulcral, una marea de rostros iluminados por las luces azules y rojas de las patrullas. En ese momento, Dante se soltó de mi mano y caminó hacia el centro del balcón, bajo la luz de los focos que Silas solía usar para sus discursos triunfales.

​—¡La universidad no es tuya, Silas! —la voz de Dante fue como un trueno que recorrió toda la plaza— ¡nunca lo fue! ¡Este lugar pertenece a los estudiantes que tú has usado, a las familias que has destruido para alimentar tu ego! ¡Marcus está muerto por tu culpa, y mi madre murió de tristeza en una casa que tú convertiste en una cárcel!

​Dante se giró hacia la multitud, ignorando a su padre y el peligro de la situación.

​—¡Escuchadme! —continuó Dante, sus palabras resonando con una sinceridad que me hizo saltar las lágrimas— ¡el apellido Valerius no es un símbolo de grandeza, es una deuda de sangre que hoy queda saldada! ¡Valeria Ross no es una criminal, es la heredera del hombre que Silas intentó matar porque era el único que tenía el valor de decir no!

​Un rugido de apoyo empezó a subir desde la plaza, una vibración que hizo temblar las baldosas bajo mis pies. Silas, viéndose despojado de su última arma, el respeto de su pueblo, empujó a Rodrigo hacia un lado y se subió a la barandilla de piedra, mirando hacia el vacío con una expresión de absoluto vacío.

​—¡Si no puedo tenerlo todo, no tendréis nada de mí! —gritó Silas, pero antes de que pudiera saltar, mi padre se abalanzó sobre él, tacleándolo y llevándolo de vuelta al suelo del balcón.

​Dante y yo corrimos a ayudarlos, pero los guardias de seguridad del campus, que ahora se daban cuenta de que el viento había cambiado de dirección, irrumpieron en el balcón y se llevaron a Silas esposado, junto con un Rodrigo que no paraba de balbucear disculpas incoherentes.

​Me quedé allí, jadeando, mirando cómo se llevaban al hombre que había sido el monstruo de mis pesadillas durante diez años, pero entonces, sentí una mano cálida en mi hombro. Me giré y vi a mi padre, cubierto de polvo y sangre, pero con una luz en los ojos que no veía desde que era una niña pequeña.

​—Valeria... —me llamó, y esta vez me lancé a sus brazos, llorando con todo el dolor y el alivio que había acumulado durante mi vida de sombras.

​Nos abrazamos durante lo que pareció una eternidad, mientras el campus de Crestview celebraba una victoria que todavía no terminaba de asimilar. Dante se quedó a un lado, respetando nuestro momento, con la cabeza baja y los hombros caídos por el agotamiento emocional. Cuando finalmente me separé de mi padre, miré a Dante y vi en él a un hombre que acababa de perder su nombre para encontrar su alma.

​—¿Qué pasará ahora? —pregunté, mirando a mi padre y luego a Dante.

​—Ahora tenemos que reconstruir —respondió mi padre, mirando hacia la plaza— hay documentos que autentificar, tierras que devolver y nombres que limpiar, pero por hoy hija, solo tenemos que sobrevivir a esta noche.

​Dante se acercó a nosotros, mirando a mi padre con una mezcla de respeto y disculpa.

​—Señor Ross... lamento todo lo que mi familia le hizo —dijo Dante, su voz firme pero humilde— y lamento el malentendido en el bosque, si hubiera sabido que era usted...

​—En el bosque fuiste un oponente digno, Dante Valerius —dijo mi padre, con un asomo de sonrisa— protegiste a mi hija con tu propia vida, eso vale más para mí que cualquier apellido, pero Marcus no mentía; Silas tiene aliados poderosos fuera de este campus que no estarán felices con lo que ha pasado hoy.

​—¿Aliados? ¿Quiénes? —pregunté, sintiendo un escalofrío de nuevo.

​—La red de Silas es más profunda que una universidad, Valeria —mi padre nos hizo una señal para que entráramos de nuevo en el despacho— Marcus descubrió que Silas estaba lavando dinero para una organización que se encarga de limpiar pasados incómodos para políticos en todo el país, Silas era solo el banquero de un juego mucho más grande.

​Dante y yo nos miramos, el juego del silencio no había terminado; solo se había expandido, pero ahora, con mi padre de vuelta y la verdad sobre la mesa, ya no éramos dos adolescentes asustados en la biblioteca.

​—Dante, mira esto —dije, señalando el diario de su madre que todavía tenía en la mano— hay una página que no leímos.

​Dante abrió el diario rojo y leyó en voz alta con una voz que empezó a temblar.

​"Dante, si alguna vez llegas a este punto, busca a la mujer del tatuaje de la llave en el puerto de Saint-Marie. Ella tiene el último cilindro, el que Silas no sabe que grabé, es el cilindro donde confiesa quién dio la orden original, no fue Silas, Silas solo fue el ejecutor, el verdadero arquitecto de nuestra miseria es alguien que todavía vive en la casa blanca de la colina".

​—¿La casa blanca de la colina? —susurró Dante— esa es la residencia oficial del gobernador... el hombre que ha estado financiando la campaña de Silas para el senado.

​—Mi padre siempre decía que Silas era un títere de alguien superior —añadió mi padre, su rostro volviéndose sombrío— parece que la madriguera del conejo llega hasta la capital.

​Nos sentamos en el despacho de Silas, rodeados de los restos de su imperio, mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte, tiñendo el campus de un color dorado que parecía una promesa de redención. Estábamos cansados, heridos y marcados por la traición, pero por primera vez en mi vida, sentí que ya no tenía que esconderme.

​—¿Vendrás con nosotros? —le pregunté a mi padre.

​—No puedo Valeria, Silas tiene ojos en todas partes y mi muerte sigue siendo mi mejor arma para protegeros desde afuera —me dio un beso en la frente y se preparó para salir de nuevo por la ventana— vayan a Saint-Marie y busquen a esa mujer, y Dante... cuídala, ella es lo mejor que ha salido de este lugar maldito.

​Mi padre desapareció en las sombras de la madrugada antes de que pudiera decir nada más. Me quedé apoyada en el hombro de Dante, mirando el amanecer sobre Crestview, sintiendo que el peso del medallón ya no era una carga, sino un escudo.

​—¿Estás lista para nuestro proximo viaje, Ross? —preguntó Dante, entrelazando sus dedos con los míos.

​—Mientras sea contigo, Valerius, estoy lista para lo que sea —respondí, sabiendo que el camino hacia Saint-Marie sería peligroso, pero que ya no caminaríamos en silencio.

​Pero justo cuando nos disponíamos a salir de la rectoría, mi teléfono, aquel que había permanecido mudo durante toda la persecución, vibró en mi bolsillo. Era un mensaje anónimo, con una foto adjunta, la foto mostraba a Marcus vivo, sentado en una cafetería del puerto, sosteniendo un periódico con la fecha de hoy y una sola frase escrita en el margen: "El juego acaba de empezar de verdad, no confiéis en nadie, ni siquiera en sus propios ojos".

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