Mundo ficciónIniciar sesiónEl brillo anaranjado de la llama, pequeña y vacilante al principio, se reflejó en el cristal de mi ventana como una advertencia silenciosa de que mi vida, tal como la conocía, se estaba reduciendo a cenizas antes incluso de que el primer objeto ardiera. Me quedé petrificada, con el sobre de Dante Valerius apretado contra mi pecho, sintiendo cómo el frío de la habitación se transformaba en un calor opresivo que no venía del exterior, sino del pánico que me subía por la garganta. Rodrigo estaba allí abajo, convertido en una sombra deformada por el odio, agitando aquel encendedor con la torpeza de un hombre que ha perdido el juicio al perder el control sobre su posesión más valiosa: yo.
—¡Baja ahora mismo, Valeria! —su voz, quebrada y estridente, rasgó el silencio del callejón—¡devuélveme lo que es mío o juro que esta noche te quedarás sin un lugar donde esconderte!
Mis manos temblaban tanto que casi dejo caer la nota de Dante, esa lista de nombres que ahora parecía arder en mis dedos con una importancia aterradora. Sabía que Rodrigo no se detendría, lo conocía lo suficiente como para entender que su arrogancia no le permitiría aceptar que una becada invisible lo hubiera dejado en evidencia. El olor a gasolina empezó a filtrarse por las rendijas de la vieja ventana de madera, un aroma dulce y mortal que me espabiló de golpe, obligándome a reaccionar antes de que el primer piso del edificio se convirtiera en una pira.
No podía llamar a la seguridad del campus, no después de lo que Dante me había revelado sobre la corrupción de los directivos, ya que probablemente Rodrigo era el protegido de aquellos que querían mi pasado enterrado. Agarré mi mochila desgastada, metí el sobre de Dante, un par de libros y la única fotografía que conservaba de mi madre, y me calcé las botas con la rapidez de quien huye de un naufragio. Tenía que salir de allí, pero no por la puerta principal, donde Rodrigo me esperaba con su furia líquida.
Salí al pasillo, que estaba sumido en una penumbra inquietante, y corrí hacia la escalera de incendios del final del corredor. Mis pulmones ardían, no por el humo que aún no llegaba, sino por la adrenalina que me dictaba que cada segundo contaba. Al abrir la puerta metálica, el aire frío de la noche me golpeó la cara, mezclándose con la lluvia que no había dejado de caer y que, irónicamente, era mi única esperanza para que el fuego no se propagara.
Bajé los peldaños de hierro con cuidado, tratando de no hacer ruido, mientras observaba desde la altura cómo Rodrigo vertía el contenido del bidón sobre los arbustos que rodeaban la entrada de mi bloque. Estaba fuera de sí, murmurando insultos que el viento se llevaba, mientras Bianca, apoyada en su coche deportivo a unos metros de distancia, observaba la escena con una sonrisa gélida, como quien mira una función de teatro especialmente entretenida.
Justo cuando mis pies tocaron el suelo mojado del callejón trasero, un estallido sordo me hizo saltar. El fuego se había prendido, una llamarada azulada y amarilla que devoraba la hiedra seca de la pared, iluminando el rostro de Rodrigo con una luz diabólica. Eché a correr en dirección opuesta, hacia el bosque que bordeaba la universidad, sintiendo cómo el barro se pegaba a mis suelas y cómo el miedo me empujaba a no mirar atrás.
—¡Allí está! —gritó Bianca, su voz aguda perforando el estrépito de la lluvia— ¡Rodrigo, se escapa por la arboleda!
El corazón me dio un vuelco, me habían visto. No me detuve a comprobar si me seguían, simplemente me interné en la oscuridad de los árboles, donde las ramas me azotaban la cara y la humedad se filtraba por mi chaqueta. Conocía este bosque, lo había recorrido cientos de veces cuando necesitaba escapar de la presión de los exámenes, pero nunca lo había visto tan hostil, tan lleno de sombras que parecían querer atraparme.
Corrí hasta que mis piernas flaquearon, hasta que el sonido de los gritos de Rodrigo se perdió tras el muro de agua y viento. Me detuve jadeando, apoyada contra el tronco rugoso de un roble milenario, intentando calmar los latidos de mi pecho que sonaban como tambores de guerra en mis oídos. Estaba sola, empapada y, por primera vez en mi vida, no tenía un plan. Mi habitación era mi refugio, mi trabajo fantasma era mi sustento, y ahora ambos estaban bajo el ataque de un despechado.
—Corres bien, Ross, pero tu dirección es un desastre —una voz masculina, profunda y cargada de una calma exasperante, emergió de la oscuridad a mis espaldas.
Me giré con un grito ahogado, levantando mi mochila como si pudiera usarla de escudo. Dante Valerius estaba allí, apoyado contra un árbol, tan impecable como si estuviera en un salón de baile en lugar de en medio de un bosque bajo una tormenta. No llevaba paraguas, pero la lluvia parecía respetar su presencia, deslizándose por su abrigo oscuro con una elegancia que me hizo sentir aún más miserable.
—¿Me estabas siguiendo? —pregunté, tratando de que mis dientes no castañetearan por el frío.
—Digamos que sabía que Leal no aceptaría tu renuncia con una caja de bombones —respondió él, dando un paso hacia la luz mortecina que se filtraba entre las copas de los árboles— y por lo que veo, ha decidido que el pirómano le sienta mejor que el papel de novio despechado.
—¡Ha quemado mi casa, Dante! ¡Todo lo que tenía estaba allí! —mi voz se quebró, y por un momento, la fortaleza que tanto me había costado construir amenazó con desmoronarse.
Dante acortó la distancia entre nosotros con una zancada decidida. No me tocó, pero su presencia me envolvió, creando una burbuja de seguridad que me permitió respirar por primera vez en toda la noche. Sus ojos grises, intensos y analíticos, recorrieron mi rostro, buscando señales de heridas físicas, pero solo encontraron el rastro del terror.
—Las cosas se reemplazan, Valeria —dijo él, con una dureza que no era contra mí, sino contra la situación— pero tu vida y lo que sabes no tienen precio. Rodrigo es un animal herido, y los animales heridos son predecibles, lo que no es predecible es lo que tú vas a hacer ahora.
—¿Y qué se supone que haga? No tengo a dónde ir, y ese sobre que me diste... si lo que dice es cierto, no puedo confiar en nadie en esta universidad —le espeté, apretando la mochila contra mi vientre.
Dante se inclinó, obligándome a sostenerle la mirada. En la penumbra, su rostro parecía tallado en piedra, pero había una chispa de algo humano, de una comprensión compartida, que me impidió apartarme.
—Puedes confiar en mí, porque nuestros enemigos son los mismos —su voz bajó de volumen, volviéndose un murmullo que solo yo podía escuchar sobre el rugido de la tormenta— esos nombres en la lista no solo te quitaron tu pasado Valeria, también están intentando moldear mi futuro como si fuera un títere de su equipo de fútbol. Me quieren como su imagen pública mientras ellos se llenan los bolsillos con la miseria de personas como tu familia.
—¿Por qué me cuentas esto a mí? Soy una don nadie —murmuré, sintiendo el peso de mi propia insignificancia.
—Porque una don nadie ha logrado burlar el sistema académico de Crestview durante tres años sin que nadie la atrape —rebatió él, con un deje de admiración que me hizo arder las mejillas—porque tienes el espíritu de resistencia que a mí me falta para romper mis propias cadenas. Yo tengo el poder y el apellido, pero tú tienes la mente que puede desmantelar este imperio desde adentro.
Dante me tendió la mano, una palma grande, marcada por el esfuerzo físico del deporte, pero que ofrecía una alianza que parecía el único bote salvavidas en medio del océano.
—Ven conmigo, tengo un lugar donde Rodrigo nunca se atreverá a buscarte, un sitio que no figura en los registros de la universidad —propuso, y por un instante, el miedo fue reemplazado por una curiosidad peligrosa.
—¿A tu casa? La familia Valerius es la dueña de la mitad del campus Dante sería como meterme en la boca del lobo —dije, aunque mi mano ya se movía inconscientemente hacia la suya.
—Mi familia no vive aquí, viven en su arrogancia —respondió él con una amargura que me sorprendió— hablo de la antigua cabaña del guardabosque, en el límite norte. Es mi refugio personal, nadie sabe que la restauré, allí podrás estar a salvo mientras trazamos el plan para que Rodrigo pague por lo de esta noche.
Dudé, aceptar su ayuda significaba entregarle mi autonomía a un hombre que apenas conocía, a un hombre que representaba todo lo que yo despreciaba, pero al mirar hacia atrás y ver el resplandor rojizo que aún se alzaba sobre los techos de la universidad, supe que no tenía elección. Puse mi mano sobre la suya, sintiendo su calor instantáneo filtrándose por mis dedos entumecidos.
—Si esto es una trampa, Valerius, te juro que seré la peor pesadilla que hayas tenido —le advertí, tratando de mantener un resto de mi orgullo.
—No esperaba menos de ti, Ross —contestó él, cerrando sus dedos sobre los míos con una firmeza que me hizo temblar por razones que no tenían nada que ver con el frío.
Caminamos a través del bosque durante lo que parecieron horas, evitando los senderos principales y moviéndonos como sombras entre las sombras. Dante conocía el terreno a la perfección, guiándome con una seguridad que me hacía preguntarme cuántas noches había pasado él escapando de su propia vida dorada. No hablamos mucho; el silencio entre nosotros era denso, lleno de preguntas que ninguno se atrevía a formular y de una tensión que crecía con cada paso que dábamos juntos.
Finalmente, llegamos a una pequeña construcción de madera y piedra, casi oculta por una espesa cortina de pinos. Era modesta pero sólida, con una chimenea que prometía un calor que mi cuerpo reclamaba a gritos. Dante sacó una llave de hierro antigua, abrió la puerta y me indicó que entrara primero.
El interior olía a madera de cedro y a libros viejos, no había rastro de la opulencia que uno esperaría del heredero de los Valerius; era el hogar de alguien que buscaba la sencillez y el aislamiento. Dante encendió un par de lámparas de aceite, llenando la estancia con una luz cálida y temblorosa que hizo que el lugar pareciera sacado de otra época.
—Quítate esa chaqueta mojada, hay mantas en el arcón y algo de té en la cocina —ordenó, moviéndose hacia la chimenea para preparar el fuego— necesito que entres en calor antes de que el cuerpo se te rinda.
Me quedé allí parada, observándolo mientras se arrodillaba frente al hogar, manejando los troncos con una destreza que no encajaba con la imagen de estrella del fútbol. Era un hombre de contradicciones, un estratega oculto bajo un casco de guerrero.
—¿Por qué haces todo esto, Dante? —pregunté finalmente, envuelta en una de las mantas de lana que me había indicado— ¿qué es lo que realmente quieres de mí?
Él se detuvo, con una cerilla encendida en la mano, y me miró por encima del hombro, la luz del fuego naciente iluminó sus facciones, dándole un aspecto casi salvaje, más real que cualquier cosa que hubiera visto en el campus.
—Quiero que les quites la máscara, Valeria —respondió, su voz resonando en la pequeña cabaña con una fuerza arrolladora— quiero que uses esa pluma que tienes como un bisturí para abrir las mentiras de Crestview. Y quiero que, en el proceso, me ayudes a descubrir quién fue el que dio la orden de destruir a tu padre hace diez años.
Me quedé sin respiración, él sabía lo de mi padre, el secreto que yo había guardado bajo siete llaves, la razón por la que mi apellido real era un estigma que me obligaba a vivir en la oscuridad.
—¿Cómo lo sabes? —susurré, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.
Dante se levantó, acercándose a mí con una lentitud que me hizo retroceder hasta golpear la pared. Puso una mano a cada lado de mi cabeza, acorralándome con su calor y su determinación.
—Porque mi padre fue el que firmó la orden, Valeria —confesó, y sus ojos grises se llenaron de una tormenta de culpa y desafío— y llevo diez años esperando encontrar a alguien con el valor suficiente para ayudarme a hundirlo.
Justo en ese momento, un golpe violento resonó en la puerta de madera de la cabaña, seguido de un grito que me heló la sangre. Era la risa de Bianca Sterling, una carcajada estridente que no debería estar allí.
—¡Dante, querido! ¡Sé que estás ahí con esa rata de biblioteca! —gritó ella desde el exterior— ¡abre la puerta o tendré que decirle a tu padre que has estado escondiendo a la hija de un criminal!
Miré a Dante con puro terror, sintiendo que la traición me golpeaba una vez más, él me miró a los ojos, y por un segundo, vi una sombra de pánico cruzar su rostro, algo que nunca esperé ver en el gran Dante Valerius.
—No abras —supliqué, agarrando su camisa con desesperación.
Él no respondió. Se dirigió a la puerta, pero antes de poner la mano en el cerrojo, se giró hacia mí y me lanzó un objeto pequeño que llevaba en el cuello: un medallón de plata antigua.
—Escóndete en la bodega, bajo las tablas del suelo —susurró con urgencia— si no salgo en cinco minutos, vete por el túnel que lleva al arroyo, no confíes en lo que escuches a partir de ahora.
Abrió la puerta de golpe, y antes de que yo pudiera reaccionar, el sonido de una bofetada y el grito de Bianca llenaron el aire, seguidos por una voz masculina que no era la de Rodrigo, sino una mucho más madura, fría y poderosa. Una voz que yo recordaba de mis peores pesadillas.







