Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido del disparo no fue un estallido seco, sino un latigazo metálico que pareció desgarrar el tejido mismo de la noche, silenciando por un instante el rugido del arroyo y los gritos de la hermandad. Me quedé petrificada a la salida del túnel, con el barro calándome hasta los huesos y el sabor metálico del miedo pegado al paladar, mientras el eco de la detonación rebotaba entre los troncos de los pinos como una sentencia de muerte. Mi primer instinto, ese impulso primario de supervivencia que me había mantenido viva durante años, me gritó que corriera hacia la carretera, que buscara ese coche negro y desapareciera en la oscuridad, dejando atrás el caos de los Valerius.
Pero entonces, a través de la maleza, vi a Dante.
Se había desplomado sobre una rodilla en el porche de la cabaña, no porque la bala lo hubiera alcanzado, sino por el impacto de la sorpresa, o quizá por el peso de saber que el juego había escalado hacia un terreno donde las reglas del fútbol ya no servían para nada. Rodrigo y sus amigos se habían dispersado como ratas asustadas al oír el tiro, dándose cuenta de que una cosa era una pelea de matones y otra muy distinta verse envueltos en un intento de asesinato. Sin embargo, la silueta entre los árboles no se movió; permaneció allí, con el cañón del rifle todavía humeante, apuntando directamente hacia el pecho de Dante.
—¡Vete, Valeria! —el grito de Dante llegó a mis oídos, ronco y desesperado, rompiendo mi parálisis.
No le hice caso, no pude. En ese momento, algo dentro de mí, esa parte de mi espíritu de resistencia que odiaba ver a los poderosos aplastando a los que intentaban ser justos, tomó el control de mis piernas. No regresé por la puerta principal, sino que me deslicé por el borde del arroyo, utilizando las sombras y el ruido del agua para ocultar mis pasos. Si seguía hacia el coche, Dante moriría solo, y yo pasaría el resto de mi vida sabiendo que mi libertad se había comprado con su sangre.
Me acerqué a la posición del tirador por el flanco izquierdo, arrastrándome sobre el lodo, sintiendo cómo las espinas me desgarraban las manos. La lluvia, que antes me parecía una maldición, ahora era mi mejor aliada, borrando mi rastro y ocultando mi presencia. A medida que la distancia se acortaba, la silueta del tirador se hizo más clara. No era Silas, ni era ninguno de los matones de Rodrigo. Era alguien más pequeño, más ágil, con una chaqueta impermeable que brillaba bajo la luz de la luna.
Cuando estuve a escasos metros, recogí una piedra del suelo, pesada y de bordes afilados. El tirador estaba concentrado en Dante, ajustando la mira para un segundo disparo definitivo. El tiempo pareció ralentizarse; escuché mi propia respiración, el crujido de las hojas bajo mi cuerpo y el clic metálico del rifle al recargarse. Con un impulso que no sabía que tenía, me puse en pie y me lancé contra el desconocido, golpeando con la piedra la culata del arma justo cuando el dedo apretaba el gatillo.
El segundo disparo se desvió hacia el cielo, perdiéndose en las nubes, y ambos rodamos por la pendiente de barro, forcejeando entre gruñidos y golpes ciegos. La persona era fuerte, mucho más de lo que aparentaba su tamaño, y me golpeó en las costillas con un codo de acero que me dejó sin aire. En el forcejeo, la capucha de su chaqueta se deslizó hacia atrás, revelando un rostro que me hizo soltar un grito de puro asombro.
—¿Bianca? —mi voz salió como un hilo de aire.
No era Bianca Sterling, era su hermana menor, una chica que siempre había pasado desapercibida, la que todos consideraban la dulce y callada, pero que ahora me miraba con unos ojos inyectados en odio y una locura que no conocía límites.
—Tenías que morir tú, no él —siseó, tratando de recuperar el rifle que había quedado a medio camino entre nosotras— si tú desapareces, Dante volverá a ser quien era, si tú mueres, mi familia no perderá su lugar en la mesa de los Valerius.
Entendí entonces la magnitud de la red en la que estaba atrapada, no se trataba solo de amor o de celos; era una cuestión de castas, de dinastías que se desmoronaban si una pieza externa como yo lograba entrar. Ella volvió a abalanzarse sobre mí, pero un par de manos poderosas la sujetaron por detrás, levantándola en vilo con la facilidad con la que se levanta a una muñeca de trapo.
Dante estaba allí, con el rostro ensangrentado por un corte en la frente y la mirada más aterradora que jamás le hubiera visto. No dijo nada, simplemente le arrebató el rifle a la chica y lo lanzó con desprecio hacia el fondo del arroyo, donde el agua se lo tragó al instante.
—Vete a casa, antes de que decida que la lealtad familiar no vale lo suficiente como para perdonarte esto —le dijo Dante, con una voz tan baja y peligrosa que la chica se encogió de hombros y salió corriendo hacia el bosque, desapareciendo como un fantasma.
Me quedé sentada en el barro, temblando violentamente, sintiendo cómo el frío finalmente ganaba la batalla contra la adrenalina. Dante se dejó caer a mi lado, sin importarle la suciedad ni la lluvia, y me envolvió en sus brazos con una fuerza que me hizo sollozar.
—Te dije que huyeras, Valeria —murmuró contra mi cabello— te dije que te fueras.
—No sé obedecer órdenes Valerius, deberías saberlo ya —respondí entre dientes, aferrándome a su camisa empapada como si fuera lo único sólido en un mundo que se deshacía.
Permanecimos así un largo rato, dos náufragos en medio de una tormenta que apenas estaba empezando. Dante me ayudó a levantarme y me guio de vuelta a la cabaña, que ahora era un desastre de cristales rotos y muebles volcados. Sin embargo, no entramos. Él me llevó directamente hacia un camino oculto que yo no había visto, donde un todoterreno antiguo, sin insignias ni lujos, nos esperaba oculto bajo unas redes de camuflaje.
—Marcus no llegará a tiempo, y el coche negro es un objetivo demasiado obvio ahora —explicó mientras me subía al asiento del copiloto— tenemos que movernos. Si ella ha llegado a este extremo, es porque Silas le ha dado luz verde para hacer lo que sea necesario.
—¿Tu propio padre permitiría que te dispararan? —pregunté, sin poder creer que la maldad de Silas llegara a tanto.
—Silas no cree que yo pueda morir, se cree un dios que controla hasta las balas —respondió Dante, arrancando el motor, que rugió con una potencia industrial— para él, esto es solo una lección de disciplina, cree que el miedo me hará volver al redil.
Conducía con una mano en el volante y la otra sujetando la mía, como si necesitara comprobar constantemente que yo seguía allí. Salimos de la propiedad de los Valerius por senderos de tierra que no figuraban en ningún mapa oficial, saltando sobre baches y esquivando ramas caídas. El silencio en el habitáculo era denso, roto solo por el sonido del limpiaparabrisas y mi propia respiración entrecortada.
—¿A dónde vamos? —pregunté después de un rato, cuando las luces de la universidad quedaron como un resplandor lejano en el retrovisor.
—A un lugar donde la ley de Silas no llega —dijo él, mirándome de reojo— a la casa de la mujer que te mencioné, la profesora Elena Vance. Ella fue la amante de mi padre hace años, y la única que conoce dónde guarda los archivos físicos que no se atreve a destruir.
—¿Por qué me ayudas tanto, Dante? —la pregunta volvió a surgir, esta vez con más fuerza— podrías haberme entregado a Rodrigo o a tu padre y tu vida seguiría siendo perfecta, serías el héroe, el profesional, el Valerius dorado.
Dante detuvo el coche en el arcén de una carretera secundaria, apagó las luces y se giró hacia mí. La penumbra resaltaba las sombras bajo sus ojos, haciéndolo parecer mucho más viejo de lo que era.
—Porque mi vida perfecta era una mentira, Valeria —confesó, acercándose a mí hasta que nuestras respiraciones se mezclaron— cada vez que saltaba al campo de juego, sentía que estaba actuando para un público que me odiaría si supiera la verdad y cuando te vi a ti, escribiendo en esa biblioteca con esa mirada de resistencia... sentí que por fin veía algo real. No te ayudo por caridad Ross, te ayudo porque eres el único espejo donde no me veo como un monstruo.
Sus labios buscaron los míos en un beso que no tuvo nada de romántico y todo de desesperado. Sabía a lluvia, a sangre y a una promesa silenciosa de que, si caíamos, lo haríamos juntos. Fue un contacto breve pero devastador, que me dejó más confundida y conectada a él de lo que jamás hubiera admitido.
—No te enamores de mí, Dante —susurré cuando nos separamos, aunque mis propias palabras me sonaron a mentira— soy una chica con un pasado roto y una lista de enemigos que crece cada hora.
—Es demasiado tarde para advertencias, Valeria —respondió él, volviendo a poner el coche en marcha— ahora saca el medallón y abrelo.
Recordé el objeto que me había dado. Busqué el pequeño resorte en el lateral de la plata antigua y, con un clic seco, el medallón se abrió. No había una foto, ni un mechón de pelo. Había una pequeña llave de latón, grabada con un número de serie que parecía muy antiguo.
—Es la llave de una caja de seguridad en la estación de tren vieja —explicó— mi madre la dejó allí antes de morir. Ella sabía lo que Silas estaba haciendo, y sabía que algún día yo necesitaría una salida. Lo que hay en esa caja es el motivo por el que tu padre fue silenciado, no eran solo las becas, Valeria. Era algo mucho más grande, algo relacionado con los terrenos donde se construyó el estadio nacional.
El corazón me dio un vuelco. Mi padre siempre me había dicho que había descubierto una "grieta en los cimientos de la ciudad", pero yo siempre pensé que era una metáfora. Ahora, comprendía que la verdad era física, tangible y lo suficientemente peligrosa como para matar.
—Mañana iremos a por ella —dije, cerrando el medallón con firmeza— pero primero, tenemos que lidiar con la universidad, dijiste que anunciaríamos que somos pareja. Si lo hacemos, Bianca y Rodrigo irán a por nosotros con todo lo que tienen.
—Que vengan —sentenció Dante, y por primera vez en toda la noche, vi una chispa de auténtica diversión en sus ojos— me he pasado la vida jugando a la defensa Ross, ya es hora de que aprenda a jugar al ataque.
Llegamos a una pequeña casa de piedra envuelta en hiedra a las afueras del condado, una mujer de cabello cano y mirada afilada nos esperaba en el porche, con una escopeta apoyada contra la pared y dos tazas de café humeante. Era Elena Vance, no necesitó explicaciones; nos vio llegar, vio el barro y la sangre, y simplemente asintió con una gravedad que me infundió un respeto inmediato.
—Pasen —dijo con voz de fumadora— Silas ha puesto precio a vuestras cabezas en el mundo de los susurros. Mañana será el día más largo de vuestras vidas, así que mejor que durmáis un par de horas si no queréis que el cansancio os mate antes que los Valerius.
Dante me guió a una pequeña habitación en la planta alta, solo había una cama, estrecha y firme. Me senté en el borde, sintiendo cómo el cansancio finalmente me derrumbaba. Él se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el colchón, protegiendo la puerta como un perro guardián que no pensaba cerrar los ojos.
—Duerme, Valeria —murmuró— yo vigilo.
—Dante... —lo llamé en la oscuridad.
—¿Dime?
—Gracias, por no dejarme huir.
No respondió con palabras, pero sentí cómo apretaba mi mano por encima de la colcha. Me quedé dormida con el sonido de su respiración y el peso del medallón contra mi pecho sabiendo que, al despertar, la becada invisible moriría para dar paso a una mujer que no se detendría ante nada.
Pero lo que no sabía era que, mientras nosotros dormíamos, Rodrigo Leal estaba en la oficina de Silas Valerius, entregándole una carpeta que yo había olvidado en la cabaña.







