Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido de la voz de Silas Valerius atravesó la madera de la cabaña como un rayo de hielo, congelándome la sangre en las venas y obligándome a retroceder hasta que mi espalda golpeó la pared de piedra fría. No era una voz que se olvidara fácilmente; era una vibración profunda, cargada de una autoridad absoluta que no necesitaba gritar para imponerse, la misma voz que, diez años atrás, había dictado la sentencia de ruina para mi familia desde la comodidad de un despacho forrado en cuero. Me quedé allí, temblando, con el medallón de plata que Dante me había arrojado apretado contra la palma de mi mano, sintiendo cómo los bordes metálicos se me clavaban en la piel como un recordatorio de que ya no había vuelta atrás.
—Dante, qué decepción encontrarte en un lugar tan... rústico —dijo Silas, y pude imaginar perfectamente su sonrisa gélida, la misma que aparecía en las portadas de los diarios cuando hablaba de filantropía mientras destruía vidas en las sombras.
—No recuerdo haberte invitado a mi propiedad, padre —respondió Dante, y su tono me sorprendió por la mezcla de desprecio y control que contenía, una máscara de acero que apenas dejaba entrever la urgencia que me había transmitido segundos antes.
—Esta universidad es mi propiedad, Dante, y por extensión, todo lo que hay en ella me pertenece, incluyendo tus pequeños escondites —la voz de Silas se acercó, y escuché el crujido de sus zapatos caros sobre el suelo de madera de la entrada— ahora, quita esa cara de mártir y dime dónde está la chica, Bianca me ha contado una historia fascinante sobre una estudiante que parece haber olvidado cuál es su lugar.
Me deslicé hacia el suelo, buscando a tientas la trampilla de la bodega que Dante me había mencionado. Mis dedos palparon las tablas hasta encontrar una muesca disimulada bajo una alfombra de piel de oveja. Con un esfuerzo sobrehumano para no hacer ruido, levanté la madera y me colé en el hueco oscuro, un espacio angosto que olía a tierra húmeda y a moho, justo en el momento en que escuché la puerta principal abrirse de par en par.
—No hay ninguna chica aquí Silas, solo yo intentando tener una noche de paz antes del partido —la voz de Dante sonaba ahora directamente sobre mi cabeza, separada solo por unos centímetros de madera— si Bianca tiene alucinaciones, deberías llevarla a un especialista, no interrumpir mi descanso.
—No me mientas, Dante, sabes que detesto que me traten como a un idiota —el tono de Silas cambió, volviéndose más agudo, más peligroso— huelo el miedo en esta habitación, y huelo ese perfume barato de biblioteca. Rodrigo Leal dice que ella le robó documentos importantes, documentos que pertenecen a la administración. Si la estás protegiendo, te estás convirtiendo en cómplice de una ladrona de poca monta.
—Rodrigo Leal es un imbécil que no sabe cuidar lo que tiene, y tú lo sabes mejor que nadie —replicó Dante, y escuché el sonido de un cristal chocando contra otro, como si se estuviera sirviendo un trago con una calma exasperante— si quieres buscar a alguien, busca a los que están incendiando dormitorios de estudiantes en tu campus, eso sí que daña la imagen de la universidad, ¿no crees?
Me acurruqué en la oscuridad de la bodega, abrazándome las rodillas, tratando de controlar mi respiración que amenazaba con delatarme en medio del silencio que siguió a las palabras de Dante. Podía oír el latido de mi propio corazón, un tambor desbocado que parecía retumbar en todo el sótano. ¿Qué documentos quería Rodrigo? ¿Acaso se refería a las pruebas que yo misma había borrado de su sistema, o había algo más que yo ignoraba?
—No me obligues a registrar este lugar, hijo —dijo Silas, y escuché sus pasos moviéndose por la estancia, acercándose peligrosamente a la zona donde yo estaba escondida— ambos sabemos quién es ella en realidad. Es la hija de Ross, el hombre que intentó morderme la mano hace una década, los genes de la traición corren por sus venas, y no permitiré que ensucie nuestro apellido vinculándose contigo.
—Tú fuiste quien lo destruyó, Silas —la voz de Dante se volvió un susurro cargado de veneno— no fue traición, fue supervivencia. Él sabía lo que estabas haciendo con los fondos de la beca de excelencia, y lo aplastaste porque no podías comprarlo. No me hables de genes, cuando tú eres el que tiene las manos manchadas de sangre vieja.
Un silencio pesado, asfixiante, cayó sobre la cabaña. Sentí un nudo en la garganta al escuchar la confirmación de lo que siempre había sospechado, mi padre no era un criminal; era un testigo que Silas Valerius había decidido eliminar socialmente. Las lágrimas, calientes y amargas, empezaron a resbalar por mis mejillas, pero las limpié con rabia. No era el momento de llorar, era el momento de sobrevivir.
—Es una lástima que seas tan sentimental, Dante —escuché decir a Silas finalmente— esa debilidad te hará perder el Draft este año. Si esa chica aparece, la entregaré a la policía por robo y fraude. Y si tú estás con ella, te aseguro que tu carrera terminará antes de que puedas poner un pie en el estadio nacional, vámonos Bianca, este lugar me da náuseas.
Los pasos se alejaron, la puerta se cerró con un golpe seco y, tras unos minutos de un silencio absoluto que se sintió como una eternidad, escuché el sonido de un motor alejándose en la distancia. Me quedé inmóvil, sin atreverme a salir, temiendo que fuera una trampa, hasta que la trampilla se abrió de golpe, bañándome con la luz tenue de las lámparas de aceite.
Dante me miró desde arriba, con el rostro pálido y el cabello revuelto, extendiéndome la mano para ayudarme a subir. Sus dedos estaban fríos, pero su agarre fue más firme que nunca.
—Se han ido —dijo, con una voz que sonaba agotada, como si hubiera estado conteniendo un peso inmenso durante horas— pero no tenemos mucho tiempo, Silas no es de los que se rinde fácilmente; mandará a alguien a vigilar los alrededores en cuanto se le pase el primer arranque de ira.
Salí del agujero, sacudiéndome el polvo de la ropa, y lo miré con una mezcla de gratitud y sospecha. El medallón seguía en mi mano, y se lo extendí para devolvérselo, pero él cerró mis dedos sobre el metal.
—Quédatelo —insistió— es de mi madre, es lo único que Silas no pudo arrebatarme, y contiene algo que vas a necesitar si alguna vez nos separan. Hay un compartimento oculto en el cierre, pero no lo abras hasta que estés a salvo de verdad.
—¿Por qué me confesaste lo de tu padre frente a él? —pregunté, sintiendo que la curiosidad me quemaba por dentro— ahora él sabe que tú sabes, estás en peligro por mi culpa Dante.
Él caminó hacia la ventana, observando la oscuridad del bosque con una expresión melancólica. La lluvia había disminuido a una llovizna persistente, pero el viento seguía aullando entre los pinos.
—Él ya lo sabía Valeria, Silas siempre sabe lo que pienso, pero cree que soy demasiado cobarde para actuar contra él —respondió, girándose hacia mí con una determinación que me hizo estremecer— lo que no sabe es que he estado esperando a la pieza adecuada en el tablero y esa pieza eres tú. No solo por lo que escribes, sino por lo que representas, eres la prueba viviente de su mayor pecado.
—¿Y qué se supone que hagamos ahora? No puedo volver a los dormitorios, y si Silas controla la universidad, no tengo a dónde huir —dije, sintiendo cómo la magnitud del peligro empezaba a hundirme de verdad.
Dante se acercó a la chimenea y arrojó un papel al fuego, era el sobre que me había dado antes, o al menos una copia.
—No vas a huir Valeria, vas a esconderte a plena vista —dijo, y una sonrisa astuta, casi cruel, cruzó sus labios— mañana volverás a clase, te quedarás en la habitación de invitados de una de las profesoras de literatura, alguien que le debe un favor muy grande a mi familia y que odia a Silas tanto como nosotros, te convertirás en la sombra que él no puede tocar porque todos los ojos estarán sobre ti.
—¿Estás loco? Si me quedo, Rodrigo intentará terminar lo que empezó —protesté, pensando en la imagen del fuego en mi ventana.
—Rodrigo no se acercará a ti si cree que estás bajo mi protección oficial —Dante dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de nuevo, pero esta vez no retrocedí— mañana, frente a toda la universidad, vamos a anunciar que somos pareja.
El aire se escapó de mis pulmones. ¿Pareja? ¿Dante Valerius y la becada invisible? Era el plan más absurdo y peligroso que había escuchado en mi vida. Los malentendidos se multiplicarían, Bianca nos perseguiría con más saña y estaríamos en el ojo del huracán.
—Es la única forma, Valeria —continuó él, como si leyera mis pensamientos— como mi novia, eres intocable para la administración y para tipos como Rodrigo. Silas no podrá mover un dedo contra ti sin que la prensa se entere, y él odia los escándalos más que a nada en el mundo, nos dará el tiempo que necesitamos para reunir las pruebas finales.
—¿Y qué pasa si me enamoro de esta mentira? —la pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera filtrarla, cargada de una vulnerabilidad que me avergonzó al instante.
Dante guardó silencio por un momento, observándome con una intensidad que me hizo sentir que podía leer cada uno de mis secretos. Su mano subió lentamente hasta acariciar mi mejilla, con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que emanaba de él.
—Entonces será el malentendido más peligroso de nuestras vidas Ross —susurró, inclinándose hacia mí hasta que nuestras frentes se tocaron— porque en este juego, el corazón es lo único que no podemos permitirnos perder.
El calor de su cuerpo me envolvía, y por un segundo, olvidé el incendio, a Silas y la ruina de mi familia. Solo existía el roce de su piel contra la mía y el aroma a leña y tormenta que lo rodeaba, pero el momento se rompió cuando un ruido metálico resonó en el exterior, cerca de la ventana trasera.
Dante reaccionó al instante, apagando la lámpara de aceite con un soplido y empujándome hacia las sombras. Se asomó con cautela, y su mandíbula se tensó al ver lo que había afuera.
—¿Qué pasa? —pregunté en un susurro apenas audible.
—Es Rodrigo —respondió Dante, su voz cargada de una furia gélida— pero no está solo, ha traído a los miembros de la hermandad, creen que este es un territorio sin ley.
Me asomé por encima de su hombro y vi a un grupo de cinco hombres, todos con las chaquetas del equipo de fútbol, rodeando la cabaña con bates y cadenas. No buscaban hablar; buscaban venganza por la humillación que Rodrigo había sufrido en los vestidores.
—Valeria, escucha bien —Dante se giró hacia mí, agarrándome por los hombros— vas a salir por el túnel ahora mismo que lleva al arroyo, no te detengas hasta llegar a la carretera principal, allí habrá un coche negro esperándote, el conductor se llama Marcus, es de mi total confianza.
—¿Y tú? No puedes enfrentarte a todos ellos solo —dije, sintiendo que el pánico me cerraba la garganta.
—Tengo que hacerlo, si huyo con todo esto, sabrán que la cabaña es importante —Dante me dio un rápido beso en la frente, un gesto cargado de una urgencia desesperada— vete ahora, confía en mí Ross, es el inicio del juego.
Me empujó hacia la trampilla de nuevo, pero esta vez hacia un pasaje lateral que no había visto antes. Con el corazón en la boca, me interné en el túnel oscuro mientras escuchaba cómo los cristales de la ventana de la cabaña estallaban bajo el primer impacto de un b**e. El ruido de la madera rompiéndose y los gritos de Rodrigo me perseguían mientras gateaba por la tierra, sintiendo que el mundo se derrumbaba a mis espaldas.
Cuando finalmente salí al exterior, cerca del arroyo que rugía por la lluvia, miré hacia atrás y vi la silueta de la cabaña envuelta en el caos. Dante estaba en la puerta, enfrentándose al primer atacante con una ferocidad que nunca hubiera imaginado en él, pero lo que me detuvo el corazón fue ver a una segunda silueta moviéndose entre los árboles, apuntando hacia Dante con algo largo y metálico que brilló bajo la luz de la luna, no era un b**e, era un rifle de caza.
—¡Dante, cuidado! —grité, pero mi voz fue devorada por el estruendo del arroyo y el estallido de un disparo que rasgó la noche.







