Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la casa de la profesora Vance con una crueldad innecesaria, iluminando el polvo que flotaba en el aire y recordándome que el mundo seguía girando a pesar de que el mío se había reducido a escombros y barro. Me desperté con los músculos agarrotados y el corazón latiendo contra mis costillas como un animal enjaulado, sintiendo todavía el peso del medallón de plata sobre mi pecho. Dante seguía allí, sentado en el suelo con la espalda contra la cama, aunque ahora tenía la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, revelando una vulnerabilidad que solo el sueño profundo podía arrancarle a un hombre como él.
—Dante —susurré, estirando la mano para tocar su hombro.
Se despertó al instante, con una rapidez que me asustó, sus ojos grises enfocándose en mí con una claridad absoluta, sin rastro de desorientación. No dijo nada, pero apretó mi mano con una firmeza que me devolvió a la realidad de lo que estábamos a punto de hacer. Hoy era el día en que dejaría de ser la sombra invisible de la biblioteca para convertirme en el blanco principal de los Valerius.
La profesora Vance nos esperaba en la cocina con el rostro serio y un ejemplar del boletín interno de la universidad que se distribuía cada mañana. No hacían falta palabras para entender que la maquinaria de Silas ya se había puesto en marcha.
—Han publicado un aviso oficial —dijo ella, dejando el papel sobre la mesa de madera— se busca a Valeria Ross para un interrogatorio administrativo por el presunto robo de documentos de la oficina de deportes. Si pones un pie en el campus sola, los guardias te detendrán antes de que cruces el arco de entrada.
Dante se acercó a la mesa, leyó el aviso y una risa amarga escapó de sus labios.
—Documentos robados, qué falta de imaginación tiene mi padre —comentó, mirando a Elena con una complicidad antigua— ¿tienes la ropa que te pedí?
Elena asintió y me entregó una bolsa, dentro había un vestido que nunca me habría atrevido a usar: negro, elegante, de una sencillez que gritaba dinero y estatus, diseñado para alguien que no tiene miedo de ser el centro de atención. Dante, por su parte, se puso una camisa blanca impoluta que Elena le había guardado, ocultando los vendajes que cubrían las heridas de la noche anterior.
—Si vamos a entrar en la guarida del lobo Ross, lo haremos con estilo —me dijo, y por un momento, su mirada recorrió mi rostro con una intensidad que me hizo olvidar que todo esto era, en teoría, un movimiento estratégico.
El trayecto hacia la Universidad de Crestview fue un silencio tenso, solo roto por el sonido del motor y el murmullo de mis propios pensamientos. Al llegar a la entrada principal, vi a los guardias de seguridad en sus uniformes impecables, revisando cada vehículo con una minuciosidad sospechosa. Dante no se detuvo; simplemente bajó la ventanilla y dejó que su rostro fuera su pase de entrada. Los guardias, al reconocer al capitán Valerius, se cuadraron y nos abrieron paso sin preguntas, aunque sus miradas se clavaron en mí con una curiosidad maliciosa.
El campus hervía con la energía previa al gran partido de la semana, pero el ambiente se transformó en cuanto bajamos del coche frente al edificio central de la rectoría. Los estudiantes se detuvieron, los susurros empezaron a correr como pólvora mojada y las cámaras de los periódicos universitarios empezaron a flashear. Dante bajó del coche, rodeó el capó y, ante la mirada atónita de cientos de personas, me ofreció su brazo.
—Camina con la frente en alto, Valeria —me susurró al oído— a partir de ahora, el escenario es nuestro.
Caminamos hacia las escaleras de mármol, donde un grupo de administrativos y miembros de la hermandad, liderados por un Rodrigo Leal que lucía una venda en la mano y una expresión de triunfo, nos esperaba. Rodrigo dio un paso adelante, dispuesto a increparme, pero se detuvo en seco al ver la mano de Dante descansando posesivamente sobre mi cintura.
—Dante, qué sorpresa —dijo Rodrigo, aunque su voz temblaba ligeramente— parece que has encontrado a nuestra pequeña fugitiva, los guardias la están buscando por robo, así que haz el favor de entregarla.
Dante no se inmutó, se colocó frente a Rodrigo con esa elegancia peligrosa que lo caracterizaba y le dedicó una mirada de absoluto desprecio.
—Valeria Ross no es ninguna fugitiva Rodrigo, y mucho menos una ladrona —la voz de Dante se proyectó por toda la plaza, asegurándose de que cada estudiante presente escuchara cada palabra— lo que ha ocurrido es un malentendido monumental provocado por tu incapacidad para aceptar que nuestra relación es oficial.
Un murmullo ensordecedor recorrió la multitud, nuestra relación, las palabras flotaron en el aire como una granada que acababa de perder su seguro. Bianca Sterling, que estaba unos metros atrás, palideció hasta quedar del color de la tiza, sus manos apretándose en puños mientras nos miraba con un odio puro.
—¿Tu relación? —tartamudeó Rodrigo— Dante estás loco, ella es... ella es una becada, una nadie que me hacía los trabajos.
—Ella es la mujer que ha estado a mi lado en secreto durante meses, y la razón por la que he mantenido mi rendimiento a pesar de las presiones —continuó Dante, mintiendo con una convicción que casi me hizo creerlo a mí también— y si alguien tiene que dar explicaciones sobre robos o incendios eres tú, Leal. Porque si vuelves a ponerle una mano encima o a inventar calumnias sobre mi prometida, te aseguro que tu carrera terminará antes de que puedas decir tu propio nombre.
Prometida, Dante había subido la apuesta de una forma que no habíamos planeado. El peso de esa palabra me dejó sin aliento, pero mantuve la mirada fija en el horizonte, fingiendo una seguridad que estaba lejos de sentir.
—¡Basta de este circo! —una voz autoritaria cortó el aire como un látigo.
Silas Valerius salió de las sombras del pórtico de la rectoría, caminando con una parsimonia que helaba los huesos. No parecía enfadado; parecía divertido, lo cual era mucho más aterrador. En su mano derecha sostenía una carpeta de cuero desgastada, una carpeta que reconocí al instante y que hizo que mi mundo se detuviera por completo. Mis diarios, los cuadernos donde había volcado cada secreto, cada debilidad y la verdad sobre la muerte de mi padre.
—Hijo, tu sentido del drama siempre ha sido excelente, pero me temo que esta vez te has enamorado de un espejismo —dijo Silas, acercándose a nosotros mientras la multitud guardaba un silencio sepulcral— Valeria Ross es una joven muy talentosa, es cierto, tan talentosa que ha pasado años escribiendo una obra de ficción fascinante en estos cuadernos.
Silas abrió la carpeta y sacó una de las hojas, agitándola levemente en el aire.
—Aquí dice, por ejemplo, que su verdadero nombre no es Ross, sino que es la hija de un hombre que malversó fondos públicos hace una década —Silas me miró directamente a los ojos, y vi la crueldad absoluta brillando en su mirada— y también describe, con un detalle conmovedor, cómo planeaba seducir al heredero de los Valerius para vengarse de una injusticia que solo existe en su cabeza.
El murmullo de la multitud cambió de tono, volviéndose oscuro, hostil. Sentí cómo la tierra desaparecía bajo mis pies. Silas no solo tenía mis secretos; los estaba usando para destruir mi credibilidad frente a todos, incluyéndome a mí misma.
—Esa carpeta es propiedad privada padre, y sabes perfectamente que obtenerla mediante un incendio y un robo es un delito —la voz de Dante se volvió gélida, su cuerpo tensándose a mi lado como una cuerda a punto de romperse.
—Lo que es un delito, querido Dante, es el fraude académico y la usurpación de identidad —replicó Silas con suavidad— pero como soy un hombre compasivo, estoy dispuesto a no presentar cargos si la señorita Ross abandona el campus inmediatamente y no vuelve a acercarse a ti ni a esta institución.
Miré a mi alrededor. Rodrigo sonreía con suficiencia, Bianca parecía haber recuperado el aliento y los estudiantes que hace un momento nos miraban con admiración ahora me observaban con desprecio. Era el fin, Silas había ganado la primera ronda utilizando mi propio corazón contra mí.
—No —mi voz salió pequeña, pero firme, rompiendo el hechizo de Silas.
—¿Perdona? —Silas enarcó una ceja, fingiendo sorpresa.
—He dicho que no —repetí, dando un paso adelante, alejándome del refugio del brazo de Dante— puede leer mis diarios todo lo que quiera, señor Valerius. Puede decirle al mundo quién era mi padre, pero lo que no puede borrar es lo que está escrito en las páginas que usted todavía no ha leído.
Dante me miró, confundido, pero le hice una seña para que confiara en mí. Sabía que Silas era un hombre meticuloso, pero también era arrogante, y su arrogancia le impedía creer que alguien como yo pudiera haberme adelantado a sus movimientos.
—En el diario que tiene en la mano falta la entrada del último mes —dije, sintiendo cómo mi espíritu de resistencia se encendía de nuevo— esa entrada está en manos de la profesora Vance y de un notario fuera de esta universidad. En ella se detalla no solo mi identidad, sino los números de cuenta donde usted desvió el dinero de las becas de excelencia para pagar las deudas de juego de Rodrigo Leal y otros miembros de la hermandad.
La cara de Silas cambió por una fracción de segundo, una grieta en su máscara de perfección que solo alguien que lo estuviera observando de cerca podría notar.
—Eso es una calumnia absurda —siseó, aunque su voz ya no tenía la misma seguridad.
—¿Lo es? —saqué el medallón de Dante de debajo de mi vestido y lo mostré a la multitud— su esposa sabía la verdad Silas y Dante me dio la llave que abre la caja donde ella guardó las pruebas físicas. Usted podrá destruir mi reputación, podrá decir que soy una mentirosa, pero no podrá destruir los registros bancarios firmados con su propio sello.
Dante me miró con una mezcla de asombro y adoración. No teníamos todas esas pruebas todavía, la llave seguía siendo un misterio en gran parte, pero el farol era lo suficientemente sólido como para hacer que Silas retrocediera. El silencio que siguió fue electrizante, Silas cerró la carpeta de golpe, sus nudillos volviéndose blancos.
—Esto no ha terminado, Valeria —murmuró Silas, tan bajo que solo nosotros pudimos oírlo— me has desafiado frente a mi gente, y eso es algo que no perdonaré jamás.
—Entonces estamos a mano, porque yo no le he perdonado lo que le hizo a mi padre —respondí, sintiendo una satisfacción amarga recorriéndome las venas.
Silas se dio la vuelta y entró en el edificio sin decir una palabra más, dejando a Rodrigo y Bianca desprotegidos bajo el sol. Dante soltó un suspiro de alivio que pareció durar una eternidad y me rodeó con sus brazos de nuevo, esta vez con una calidez que me hizo temblar.
—Eso ha sido... increíble —susurró contra mi oído— pero ahora Silas va a ir a por todas, ya no hay reglas, Ross.
—Nunca las hubo para nosotros, Dante —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro mientras los periodistas empezaban a rodearnos de nuevo.
Pero en medio del caos de las cámaras y las preguntas, vi algo que me hizo volver a la realidad de golpe. Al otro lado de la plaza, apoyado contra una estatua, el hombre que había estado en el bosque estaba allí. Ya no llevaba la capucha, y su rostro no era el de una mujer, ni el de un estudiante. Era Marcus, el conductor de total confianza de Dante, el hombre que se suponía que debía salvarnos. Me miró fijamente, se llevó dos dedos a la sien en un saludo burlón y desapareció entre la multitud antes de que yo pudiera gritar.
Dante me apretó más fuerte, ignorando mi tensión, mientras la multitud empezaba a vitorear nuestro nombre. Estábamos en la cima del mundo, rodeados de enemigos disfrazados de amigos, y acababa de descubrir que el mayor aliado de Dante era, en realidad, el hombre que nos quería muertos.
—Dante —murmuré, mi voz temblando de nuevo.
—¿Qué pasa?
—Tenemos que irnos de aquí, ahora.
Pero antes de que pudiéramos dar un paso, el altavoz del campus emitió un pitido ensordecedor y la voz de la jefa de seguridad resonó por todo el recinto: "Atención a todas las unidades, se ha producido un robo en la caja fuerte de la oficina de la rectoría, los sospechosos son Dante Valerius y Valeria Ross, deténganlos inmediatamente".
Silas no había retrocedido; simplemente había cambiado de estrategia. Ya no éramos amantes perseguidos, ahora éramos criminales en fuga en nuestro propio territorio. Dante me miró, y por primera vez, vi una chispa de auténtico miedo en sus ojos.
—Corre, Valeria —dijo, agarrando mi mano mientras los guardias empezaban a cerrar el círculo a nuestro alrededor— y esta vez, no mires atrás.







