Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido de la alarma institucional, una sirena monótona y estridente que solía anunciar simulacros de incendio, ahora hería el aire con un propósito mucho más siniestro, transformando la atmósfera de la universidad en una cacería humana en cuestión de segundos. El agarre de Dante en mi mano se volvió tan fuerte que sentí sus huesos contra los míos, una conexión de puro instinto mientras los guardias de seguridad, hombres que hasta hace un momento le pedían autógrafos, empezaban a converger hacia la plaza principal con sus porras desenvainadas. Vi a Rodrigo Leal a lo lejos, señalándonos con una sonrisa de triunfo que le deformaba el rostro, gritando órdenes que nadie necesitaba escuchar para saber que nuestra caída era la única prioridad del rector Valerius.
—¡Por aquí! —grité, tirando de Dante antes de que el primer círculo de uniformados lograra cerrarse sobre nosotros.
No corrimos hacia el aparcamiento, donde nuestro coche ya estaría bloqueado, ni hacia las puertas principales que Silas controlaba con un solo movimiento de dedo. En lugar de eso, nos lanzamos hacia el ala antigua de la biblioteca, un edificio de piedra oscura y gárgolas desgastadas que la mayoría de los estudiantes evitaba por su aspecto lúgubre y sus pasillos interminables. Dante confiaba en su fuerza y en su velocidad de atleta, pero en este terreno, su potencia física no servía de nada contra un sistema que acababa de declararlo proscrito; aquí en las entrañas de Crestview, yo era la que tenía el mapa grabado en el cerebro.
—¡Valeria, las puertas de la biblioteca están bloqueadas por código manual! —jadeó Dante mientras subíamos los escalones de tres en tres, con el estruendo de los perseguidores pisándonos los talones.
—Para el resto del mundo, sí, pero no para la chica que ordenó los archivos del siglo diecinueve durante dos veranos seguidos —respondí rodeando el edificio hacia una pequeña entrada de servicio oculta tras una cortina de hiedra tan espesa que parecía parte de la pared.
Me arrodillé, ignorando el vestido que Silas tanto despreciaba, y tanteé la piedra hasta encontrar una palanca de hierro oxidada que solo se veía si sabías exactamente dónde mirar. Con un crujido seco, una pequeña puerta de madera reforzada se abrió, revelando un túnel que olía a polvo, humedad y tiempo detenido. Empujé a Dante al interior y cerré tras nosotros justo cuando la primera patrulla doblaba la esquina de la plaza, gritando mi nombre como si fuera un conjuro de odio.
La oscuridad nos envolvió de golpe, un silencio denso que solo era roto por nuestras respiraciones desbocadas y el goteo de alguna tubería vieja en algún lugar de las profundidades. Saqué una caja de cerillas de mi bolsillo y encendí una, la pequeña llama revelando las paredes de ladrillo visto y las estanterías llenas de legajos que nadie había tocado en décadas.
—¿Cómo conoces este lugar, Ross? —preguntó Dante, su voz resonando en el túnel con un matiz de asombro que no pudo ocultar.
—Cuando no tienes dinero para una habitación propia y necesitas un sitio donde escribir sin que nadie te haga preguntas, aprendes a explorar los cimientos de tu prisión —dije empezando a caminar con la seguridad de quien recorre el pasillo de su casa— este pasaje conecta el sótano de la biblioteca con los túneles de vapor que pasan por debajo de la rectoría, es la única forma de cruzar el campus sin ser vistos por las patrullas de Silas.
Caminamos por el pasillo angosto, agachándonos para evitar las vigas de madera que crujían sobre nuestras cabezas. Dante me seguía de cerca, su presencia imponente llenando el espacio reducido, y por un momento me resultó irónico que el rey de la universidad estuviera siendo guiado por los túneles de las sombras por la chica que él mismo consideraba invisible.
—Valeria, lo de Marcus... —empezó a decir, y sentí cómo su voz se quebraba ligeramente— él ha estado con mi familia desde que yo era un niño. No entiendo cómo pudo estar en ese bosque, cómo pudo disparar.
Me detuve y me giré para mirarlo, la luz de la cerilla proyectando sombras alargadas sobre su rostro cansado. Ver la decepción en sus ojos me dolió más de lo que esperaba; era el primer golpe real que recibía en su armadura de invencibilidad.
—Silas no compra solo lealtades Dante, compra recuerdos —dije con suavidad, poniendo una mano sobre su brazo— Marcus probablemente cree que te está protegiendo de ti mismo, o quizá Silas tiene algo sobre él que no podemos imaginar, pero ahora sabemos que no podemos volver atrás. El tirador no era un extraño, era alguien que sabía exactamente dónde golpear para asustarnos sin matarte... todavía.
Dante apretó los puños, su mandíbula tensándose tanto que temí que se le rompiera. El dolor de la traición se estaba transformando en una furia fría, una energía que sabía que necesitaríamos para lo que venía.
—Mi padre siempre decía que el control total requiere el sacrificio de los afectos —murmuró él, más para sí mismo que para mí— supongo que Marcus fue su último sacrificio para demostrarme que no tengo aliados en su mundo.
Continuamos avanzando hasta llegar a una bifurcación donde el aire se sentía más cálido. Aquí los túneles eran más amplios, con tuberías de metal que vibraban bajo nuestros pies. El sonido del campus, de los coches de patrulla y de los gritos, se escuchaba como un murmullo lejano a través de las rejillas de ventilación.
—Si seguimos hacia el norte, saldremos cerca del teatro de la universidad —expliqué, señalando el camino de la izquierda— desde allí hay un sendero que lleva a la estación de tren vieja, es nuestra oportunidad para usar la llave del medallón Dante. Si Silas ha lanzado esta alerta, es porque sabe que estamos cerca de algo que lo aterroriza.
—¿Crees que el medallón abre algo que pueda detenerlo de verdad? —preguntó él, su mirada fija en la joya que yo todavía llevaba colgada al cuello.
—Tu madre no se habría arriesgado a dejarte esto si fuera solo un recuerdo sentimental —respondí con convicción— ella sabía quién era Silas y mi padre también lo sabía. El hecho de que Marcus estuviera allí para detenernos prueba que esa llave es la mayor amenaza para el imperio Valerius.
De pronto, un ruido metálico resonó por las tuberías, un eco rítmico que no pertenecía al funcionamiento del vapor. Alguien estaba golpeando el metal, no por accidente, sino como una señal. Nos quedamos inmóviles, conteniendo el aliento, mientras el sonido se repetía: tres golpes secos, una pausa, y otros tres.
—Viene del nivel superior —susurró Dante, pegando el oído a una de las tuberías— alguien sabe que estamos aquí abajo.
—Es imposible, nadie conoce este tramo excepto... —me callé al darme cuenta de que mis propios diarios, esos que Silas tenía en su poder, describían mis exploraciones por el sótano.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Silas no necesitaba saber dónde estábamos por instinto; yo misma le había dado el mapa de mi escondite en mis momentos de mayor vulnerabilidad. Rodrigo debía de estar arriba, guiando a los guardias hacia los puntos de salida que yo misma había documentado.
—Tenemos que movernos, ahora —dije, tirando de la manga de Dante.
Aceleramos el paso, casi corriendo por el suelo resbaladizo, mientras el sonido de los golpes se hacía más fuerte y se mezclaba con el eco de voces humanas que se filtraban por las rejillas. Silas estaba moviendo sus piezas con una velocidad aterradora, cerrando las salidas antes de que pudiéramos alcanzarlas.
Llegamos a la esclusa que conectaba con el teatro, pero al intentar mover la rueda de hierro para abrirla, esta no cedió ni un milímetro. Estaba bloqueada desde el otro lado con un perno de seguridad exterior.
—Estamos atrapados —murmuré, sintiendo que el pánico intentaba nublar mi juicio— Rodrigo debe de haber cerrado esta sección, sabe que es mi ruta habitual.
Dante se colocó frente a la rueda, sus músculos tensándose bajo la camisa blanca mientras aplicaba toda su fuerza para intentar romper el mecanismo. Sus venas se marcaron en su cuello y un gruñido de puro esfuerzo escapó de sus labios, pero el hierro, forjado hace casi un siglo, no cedió.
—No pierdas fuerzas Dante, está soldada o bloqueada con una barra de acero —le dije, buscando desesperadamente otra opción— hay una salida de emergencia por los conductos de ventilación del escenario, pero está a cuatro metros de altura.
Dante me miró y luego miró hacia arriba, donde una rejilla rectangular dejaba pasar un hilo de luz artificial desde el interior del teatro.
—Súbete a mis hombros —ordenó, colocándose debajo de la rejilla con las piernas firmes— si logras abrirla, yo te seguiré.
No perdí tiempo en dudas. Me subí a su espalda y luego a sus hombros, sintiendo su estabilidad inquebrantable a pesar de las heridas de la noche anterior, mis dedos alcanzaron la rejilla de metal, que estaba cubierta de una capa gruesa de polvo y óxido. Con el corazón latiendo en la garganta, empujé con todas mis fuerzas hasta que los tornillos cedieron y el panel cayó hacia el interior del escenario con un estruendo que me pareció ensordecedor en medio de aquel silencio.
Me encumbré con dificultad, rasgándome el vestido y la piel de las manos en el proceso, y llegué a la superficie del escenario, justo detrás de las pesadas cortinas de terciopelo rojo. Me asomé con cautela y vi que el teatro estaba vacío, sumido en una penumbra artificial, pero las luces de los pasillos laterales estaban encendidas.
—¡Dante, dame la mano! —grité en un susurro, asomándome de nuevo por el agujero del conducto.
Él saltó, logrando agarrarse al borde del metal, y con un esfuerzo sobrehumano de sus brazos, logró izarse hasta quedar a mi lado. Estábamos jadeando, cubiertos de hollín y grasa, pero por un momento nos miramos y una pequeña chispa de triunfo compartido brilló entre nosotros.
—No celebres todavía, Ross —dijo Dante, señalando hacia el fondo del teatro.
Desde las puertas principales, la silueta de Silas Valerius apareció, recortada por la luz del pasillo. No venía con guardias, ni con Rodrigo. Venía solo, caminando por el pasillo central con una tranquilidad que me resultó más aterradora que cualquier persecución armada. Se detuvo a mitad del patio de butacas y nos miró directamente, como si estuviéramos en medio de una función privada.
—Debo reconocer, Valeria, que tus diarios son una lectura fascinante, aunque un poco melodramática en las partes donde hablas de la libertad —dijo Silas, su voz proyectándose con una acústica perfecta por toda la sala— pero has olvidado un detalle crucial sobre este teatro, fue donado por mi bisabuelo, y conozco cada rincón, cada sombra y cada debilidad de estos cimientos mejor de lo que tú podrías soñar en toda una vida de exploraciones.
Dante dio un paso adelante, protegiéndome con su cuerpo, pero Silas solo se rio, un sonido seco y desprovisto de humor.
—Dante, hijo, deja de jugar al caballero andante, Marcus te disparó al aire como una advertencia, pero el siguiente no será tan benevolente si no entregas esa llave ahora mismo —Silas extendió la mano hacia nosotros, su rostro ensombrecido por las luces del escenario— entrega el medallón y dejaré que ella se vaya. Podrá empezar una vida nueva lejos de aquí, con un nombre falso que yo mismo le proporcionaré, es el mejor trato que vas a recibir en toda tu existencia.
Dante me miró por un segundo, y vi la duda cruzar sus ojos grises, era la oferta que nos salvaría la vida, pero que nos arrebataría la justicia. Silas sabía exactamente dónde presionar: en el amor de Dante por mí y en mi deseo de paz.
—No lo hagas, Dante —susurré, apretando el medallón contra mi piel— si se lo das, nada impedirá que nos elimine a los dos en cuanto tenga lo que quiere, un hombre que destruye familias no sabe lo que es cumplir una promesa.
Dante se volvió hacia su padre y, con un movimiento lento y deliberado, se desabrochó el primer botón de su camisa, dejando ver el vendaje manchado de sangre en su hombro.
—Me has enseñado muchas cosas, Silas, pero la más importante es que el poder sin honor es solo una tumba decorada —la voz de Dante era ahora firme como el acero— no te voy a dar la llave, y no voy a dejar que vuelvas a tocar a Valeria. Si quieres el medallón, tendrás que bajar aquí y quitármelo tú mismo.
Silas suspiró con una fingida tristeza y sacó un silbato metálico de su bolsillo. Al soplarlo, un sonido agudo y discordante llenó el teatro, y de los palcos superiores empezaron a bajar cuerdas y escaleras. Una decena de hombres de negro, profesionales que no eran los guardias habituales del campus, empezaron a rodear el escenario.
—Lástima, siempre fuiste demasiado parecido a tu madre en el sentimentalismo —sentenció Silas, dándose la vuelta para salir del teatro— acaben con esto, pero traiganme el medallón intacto.
En ese momento, cuando los hombres de Silas estaban a punto de saltar sobre el escenario, una sombra se movió entre las bambalinas superiores. No era un enemigo, una lluvia de focos pesados y decorados de madera empezó a caer desde la parrilla del techo, golpeando a los atacantes y creando una barrera de escombros entre nosotros y ellos.
—¡Por aquí, ahora! —una voz de mujer, autoritaria y familiar, resonó desde las alturas.
Era la profesora Elena Vance, estaba en la cabina de control de los tramoyistas, operando las palancas con una destreza feroz. Nos hizo una señal hacia la trampilla del escenario, la que se usaba para las desapariciones dramáticas de los actores.
—¡Salten! —gritó ella.
Dante y yo no lo pensamos dos veces, saltamos hacia la oscuridad del foso justo cuando los hombres de Silas lograban sortear los escombros. La trampilla se cerró sobre nosotros, y el sonido de los disparos contra la madera fue lo último que escuché antes de que el mundo volviera a sumirse en las sombras.
Estábamos en el nivel más bajo del teatro, un sótano que conectaba directamente con la antigua estación de tren. Elena Vance había preparado nuestra huida, pero al mirar hacia el pasillo que nos quedaba por recorrer, vi una figura esperándonos al final, apoyada contra un pilar de piedra. Era Marcus. Y esta vez, no tenía el rifle en la mano; tenía una carpeta azul, la misma que mi padre solía llevar al trabajo.
—Dante, Valeria... tenéis que escucharme antes de que Silas llegue aquí —dijo Marcus con una voz cargada de una urgencia que no parecía falsa— lo del bosque fue un teatro para Silas, para que creyera que yo estaba de su lado. Lo que hay en esta carpeta es la pieza que falta en el rompecabezas de vuestro padre.
Me quedé helada. ¿Era Marcus un aliado secreto o el traidor definitivo jugando su última carta? Dante dio un paso hacia él, pero yo lo detuve, sintiendo que el medallón en mi pecho empezaba a vibrar con una intensidad extraña, como si la verdad estuviera a punto de estallar frente a nosotros.







