Mundo ficciónIniciar sesiónEl estruendo del helicóptero sobre nuestras cabezas era una maza rítmica que golpeaba el aire, dispersando el polvo acumulado de décadas en la estación vieja y convirtiendo la visibilidad en un caos de partículas brillantes bajo el foco cegador. Corrimos por el borde de las vías, sintiendo el metal frío de los raíles bajo nuestras botas, mientras las órdenes de Silas, amplificadas por los altavoces, se filtraban por las grietas del techo derruido como el veneno de una serpiente que sabe que tiene a su presa acorralada. El anuncio de la muerte de Marcus pesaba sobre nosotros más que la propia amenaza de los guardias; era un ancla de dolor que Dante arrastraba en cada zancada, una furia silenciosa que lo transformaba, despojándolo de la elegancia del capitán para dejar solo al hombre que ya no tenía nada que perder excepto a la mujer que le apretaba la mano.
—¡No te detengas, Valeria! —su voz fue un rugido que apenas logré distinguir sobre el tableteo de las aspas.
Saltamos sobre una pila de maderas podridas y nos internamos de nuevo en la boca del túnel de mantenimiento, el único refugio donde el foco del helicóptero no podía alcanzarnos. La oscuridad nos recibió como una vieja amiga, pero esta vez no había calma en ella, solo el eco de nuestros pasos apresurados y el goteo incesante de las filtraciones que parecían llorar por la sangre derramada en la cabaña. El aire se volvió pesado, cargado de un olor a ozono y a tierra removida, mientras nos alejábamos de la estación vieja para emprender el camino de regreso al corazón del imperio de Silas.
—Dante, si Marcus de verdad... si lo que dijo Silas es cierto... —empecé a decir, pero me detuve al sentir cómo su agarre se tensaba hasta casi hacerme daño.
—Marcus no habló, Valeria, Silas lo mató porque era el último testigo de su pecado original y ahora intenta usarnos para que nos entreguemos por pura desesperación —respondió él, sin mirar atrás, sus ojos fijos en la penumbra del túnel— mi padre cree que el miedo es la única moneda que circula en este mundo, pero ha olvidado que hay cosas que queman más que el miedo.
Caminamos durante lo que parecieron horas, aunque mi sentido del tiempo estaba tan fragmentado como los cristales del teatro. El túnel de las vías se estrechaba a medida que nos acercábamos al campus, convirtiéndose en una arteria de ladrillo y hierro que pasaba justo por debajo de los campos de entrenamiento. Podía oír, muy por encima de nosotros, el sordo retumbar de los generadores y el murmullo de una universidad que, aunque sumida en el caos de la búsqueda, intentaba mantener una fachada de normalidad para el mundo exterior.
—La biblioteca antigua está conectada a este nivel por la cámara de ventilación del ala sur —dije, tratando de orientarme en la penumbra— si logramos entrar por ahí, estaremos a pocos metros del despacho privado de Silas, pero Dante, si Marcus está muerto, ¿quién era el que nos vigilaba en la plaza?
Recordé la figura apoyada en la estatua, el saludo burlón de aquel hombre que juraría que era Marcus. Si Silas no mentía sobre su muerte, entonces quien vi en la plaza era un fantasma o alguien diseñado para quebrantar mi cordura.
—No lo sé, Valeria, pero en este lugar las apariencias son la única moneda de cambio —Dante se detuvo frente a una escalera de hierro oxidada que subía hacia un tragaluz empañado—prepárate, una vez que salgamos de este túnel, ya no seremos fugitivos en las sombras; seremos el incendio que Silas no podrá apagar.
Subimos la escalera con cautela, sintiendo cada peldaño vibrar bajo nuestro peso. Al llegar arriba, Dante empujó la rejilla con una lentitud desesperante, evitando cualquier chirrido que pudiera delatarnos. Salimos a un pequeño patio interior, oculto entre los contrafuertes de la biblioteca y los muros de la facultad de derecho, un rincón olvidado donde la maleza crecía sin control y las estatuas de los fundadores nos miraban con sus ojos de piedra vacíos.
El campus era un campo de batalla emocional. Desde nuestra posición, podíamos ver las luces de las linternas barriendo los jardines y oír los gritos de los estudiantes que, divididos entre la lealtad al apellido Valerius y la indignación por el despliegue policial, empezaban a formar grupos de protesta en las cercanías de la rectoría. El aire estaba cargado de una tensión eléctrica, una premonición de que algo estaba a punto de romperse definitivamente.
—Mira allí —susurró Dante, señalando hacia la entrada principal de la biblioteca.
Rodrigo Leal estaba allí, rodeado de cuatro guardias armados, con esa expresión de perro de presa que busca recuperar el favor de su amo. Ya no quedaba rastro del chico arrogante que me engañó; ahora era un peón desesperado, consciente de que, si nosotros lográbamos exponer la verdad, él caería junto con los Valerius.
—Sabe que vendremos aquí —dije, sintiendo un nudo en la garganta— Silas no es tonto, sabe que la biblioteca es el único lugar donde guardamos nuestras últimas cartas.
—Entonces entraremos por donde él no espera que un Valerius entre jamás —Dante me guio hacia una pequeña ventana circular, situada a ras de suelo, que daba a los sótanos de la sección de libros prohibidos— por la cocina de servicio de los antiguos conserjes.
Nos deslizamos por la abertura, cayendo sobre un suelo de baldosas ajedrezadas cubierto de polvo. El silencio de la biblioteca era distinto al del túnel; era un silencio sagrado, denso, cargado con el peso de miles de páginas que contenían verdades y mentiras a partes iguales. Caminamos por los pasillos oscuros, rodeados de estanterías que se alzaban hasta el techo como gigantes que guardaban secretos, hasta que llegamos a la gran puerta de roble del despacho privado de Silas.
—El medallón, Valeria —pidió Dante, extendiendo su mano.
Me quité la cadena y se la entregué, él se acercó a la cerradura de combinación, una pieza de relojería antigua que requería una precisión absoluta. Sus dedos largos se movieron con una delicadeza que me recordó a un cirujano, encajando los relieves del medallón en las muescas del metal. Un clic sordo, profundo, resonó en el despacho, y la puerta se abrió con una pesadez majestuosa.
El interior olía a tabaco de pipa y a cuero viejo, era el santuario de un hombre que amaba el poder más que a las personas. Dante se dirigió directamente hacia un panel de madera detrás del escritorio, donde un cuadro de la fundadora presidía la estancia, al presionar un punto oculto en el marco, el panel se deslizó, revelando un gramófono antiguo y una serie de cilindros de cera numerados.
—Mi madre decía que Silas grababa sus reuniones más importantes para usarlas como chantaje —Dante buscó el cilindro marcado con la fecha de la ruina de mi padre— aquí está, 19 de enero.
Colocó el cilindro en el aparato y giró la manivela con mano firme, el sonido del rascado de la aguja llenó la habitación, seguido por una voz que reconozco al instante. Era la de mi padre, joven, llena de una integridad que me hizo saltar las lágrimas.
—Silas, no puedes hacer esto, los terrenos pertenecen a la fundación, no a tu inmobiliaria. Si sigues adelante, denunciaré la falsificación del testamento ante el consejo —decía mi padre, su voz firme a pesar del peligro.
—Nadie te creerá Ross, eres un contable de tercera en una oficina llena de hombres que me deben la vida. Si hablas, borraré tu nombre de la historia de esta ciudad —la voz de Silas sonaba fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad— y si intentas acudir a la policía, Marcus se encargará de que tu hija nunca llegue a la universidad.
Me tapé la boca con la mano, ahogando un sollozo. Allí estaba, la prueba definitiva de la extorsión y la amenaza, pero la grabación continuó y lo que escuchamos a continuación nos dejó paralizados.
—Marcus no hará nada, Silas —dijo una tercera voz, una voz que me resultó familiar pero que no lograba identificar— porque Marcus sabe que, si tú caes, él cae conmigo, pero yo no tengo nada que perder.
—¿Y quién eres tú para amenazarme en mi propio despacho? —preguntó Silas.
—Soy el hombre que ha estado vigilando tus sombras durante años, el hombre que sabe que Marcus no es el único que tiene una cuenta pendiente contigo.
La grabación terminó abruptamente con el sonido de un forcejeo y un golpe seco, Dante y yo nos miramos, con la piel de gallina. No era Marcus el único aliado o enemigo de Silas; había alguien más, alguien que había estado en ese despacho hace diez años y que, probablemente, seguía moviendo los hilos.
—Esa voz... —susurró Dante— me resulta familiar, pero suena más joven, más...
—Es la voz de un Valerius —concluí yo, sintiendo que una nueva pieza del rompecabezas caía sobre nosotros con la fuerza de un meteorito— pero no es la tuya, ni la de Silas.
—Mi tío... el hermano de Silas que desapareció poco después —Dante palideció— siempre me dijeron que se había ido al extranjero por un escándalo financiero, pero Silas nunca hablaba de él.
De repente, las luces del despacho se encendieron de golpe, cegándonos momentáneamente. En el umbral de la puerta, Silas Valerius nos miraba con una expresión que ya no era de diversión, sino de una furia gélida y letal. Detrás de él, Rodrigo Leal sostenía una pistola con mano temblorosa, apuntando directamente a mi pecho.
—Han sido unos niños muy curiosos —dijo Silas, entrando en la habitación con paso lento y medido— y la curiosidad, en esta familia, siempre ha tenido un precio muy alto.
—Se acabó, Silas —Dante se puso frente a mí, su cuerpo bloqueando la línea de visión de Rodrigo— lo tenemos todo. La grabación, el testamento, la confesión de la amenaza a Ross. No saldrás de esta.
Silas se rió, un sonido que me heló la sangre, se acercó a su escritorio y se sentó en su silla de cuero como si estuviéramos en una reunión de negocios ordinaria.
—¿De verdad creéis que un cilindro de cera y unos papeles amarillentos van a detener la maquinaria que he construido durante treinta años? —Silas nos miró con desprecio— Rodrigo, por favor, termina con esto, ya hemos tenido suficiente drama por una noche.
Rodrigo apretó el gatillo, pero antes de que la bala saliera, una sombra cruzó la ventana del despacho, rompiendo el cristal con un estruendo ensordecedor. Un hombre entró en la habitación con la agilidad de un gato, golpeando a Rodrigo en la muñeca y haciendo que el arma volara por los aires. Era el tirador del bosque, el hombre que vi en la plaza.
Se quitó la máscara táctica y nos miró, no era Marcus, tampoco era el tío de Dante. Era un hombre con el rostro surcado de cicatrices, pero con unos ojos que yo conocía mejor que los míos propios.
—¿Papá? —mi voz fue un susurro que apenas pude pronunciar.
Mi padre no estaba muerto. Había estado oculto en las sombras del campus, vigilando, esperando el momento en que Dante y yo fuéramos lo suficientemente fuertes como para enfrentar la verdad. Su mirada se cruzó con la mía, llena de una tristeza infinita y de una resolución que me hizo comprender que la verdadera guerra acababa de empezar.
—Perdóname Valeria —dijo él, su voz ahora áspera por los años de silencio— pero Silas tenía que creer que me había destruido para que yo pudiera convertirme en su peor pesadilla.
Silas se levantó de su silla, su rostro transformándose en una máscara de terror absoluto al ver al hombre que creía haber asesinado hace una década. El castillo de naipes de los Valerius se tambaleaba, y el aire del despacho se llenó con el aroma de la justicia que estaba a punto de cobrarse su deuda.
—Tú... deberías estar bajo tierra —tartamudeó Silas, retrocediendo hacia la pared.
—La tierra no acepta a los hombres que tienen una promesa que cumplir, Silas —mi padre se acercó a él, y en ese momento comprendí que el misterioso tirador del bosque no quería matar a Dante; quería protegerlo, porque Dante era la llave para que yo pudiera recuperar mi vida.
Dante me miró, y vi en sus ojos una mezcla de alivio y pavor. El juego del silencio se había roto, y lo que emergía de sus cenizas era una verdad tan poderosa que amenazaba con quemarnos a todos. El campus, afuera, seguía sumido en el caos, pero aquí, en el despacho privado de los Valerius, la historia estaba siendo reescrita con la sangre y las lágrimas de dos familias unidas por el odio y redimidas por el amor.







