El eco de las gotas de agua chocando contra las estalactitas se había convertido en el metrónomo de nuestra resistencia, un sonido constante que nos recordaba que, aunque estábamos bajo tierra, el corazón del valle seguía latiendo con una fuerza que ni los cañones de la capital habían logrado silenciar. Habíamos convertido las galerías profundas de la Cueva de los Ecos en un gobierno provisional, un laberinto de piedra donde las mesas de los consejos eran tablones sobre barriles y las leyes se