CAPITULO 36

El eco de las gotas de agua chocando contra las estalactitas se había convertido en el metrónomo de nuestra resistencia, un sonido constante que nos recordaba que, aunque estábamos bajo tierra, el corazón del valle seguía latiendo con una fuerza que ni los cañones de la capital habían logrado silenciar. Habíamos convertido las galerías profundas de la Cueva de los Ecos en un gobierno provisional, un laberinto de piedra donde las mesas de los consejos eran tablones sobre barriles y las leyes se escribían a la luz de las antorchas, mientras afuera, la nieve empezaba a cubrir las cenizas del Cruce de los Tres Caminos.

Me encontraba sentada en un rincón, con el diario de la fundadora abierto sobre las rodillas, sintiendo el frío de la roca filtrarse por mi ropa, cuando Dante entró en la cámara central con una expresión que me hizo cerrar el libro de golpe, presintiendo que la tregua armada que vivíamos estaba a punto de romperse.

​—Valeria, los emisarios han vuelto a la entrada de la garg
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