CAPITULO 7

El frío del foso del teatro se me filtraba por las plantas de los pies, una humedad ancestral que parecía emanar de los cimientos mismos de Crestview, mientras contemplaba la figura de Marcus recortada contra la luz mortecina del túnel. Dante se mantuvo tenso, un resorte a punto de quebrarse, con los puños cerrados y esa mirada de traición que le oscurecía el gris de los ojos, una tormenta contenida que amenazaba con estallar contra el hombre que había sido su sombra desde la infancia. Yo por mi parte, apretaba el medallón de plata contra mi esternón, sintiendo el metal frío como un ancla en medio de un mar de engaños, preguntándome si el hombre frente a nosotros era nuestro salvador o el verdugo final enviado por Silas para terminar el trabajo.

​—No des ni un paso más, Marcus —la voz de Dante retumbó en el sótano, cargada de una autoridad herida que hizo que el aire vibrara— ya jugaste a ser el tirador en el bosque, ya le entregaste mis secretos a mi padre, No te queda ni un gramo de mi confianza.

​Marcus no se movió, permaneció apoyado contra aquel pilar de piedra con una serenidad que resultaba insultante dadas las circunstancias, aunque al acercar la lámpara de aceite pude ver que sus manos, esas manos que siempre habían sido firmes, temblaban imperceptiblemente alrededor de la carpeta azul.

​—Si hubiera querido mataros en el bosque, Dante, estaríais bajo tierra antes de que el primer rayo de luna tocara el suelo —respondió Marcus, con esa voz áspera que me recordaba al sonido de la grava bajo las ruedas de un coche— Silas necesitaba ver sangre, necesitaba creer que yo era su perro fiel para que me dejara entrar en su despacho privado, Lo que hay aquí dentro es la única razón por la que todavía sigo respirando.

​—¿Y qué es lo que hay, Marcus? ¿Más mentiras para que Silas pueda dormir tranquilo? —espeté, dando un paso al frente, ignorando el tirón de advertencia que Dante me dio en el brazo.

​Marcus me miró, y por primera vez vi en sus ojos algo que no era obediencia ciega, sino un cansancio profundo, la mirada de un hombre que ha cargado con un pecado ajeno durante demasiado tiempo. Extendió la carpeta hacia mí, ignorando la postura defensiva de Dante.

​—Tu padre no murió por lo que descubrió sobre las becas, Valeria —dijo, y el sonido de mi nombre real en sus labios me estremeció— murió porque descubrió que los Valerius no son los dueños legítimos de los terrenos donde se asienta esta universidad. Esta carpeta contiene el testamento original de la fundadora, una mujer que dejó estipulado que Crestview pertenecería perpetuamente a una fundación benéfica para estudiantes sin recursos, no a una dinastía de aristócratas con delirios de grandeza.

​Me quedé sin aliento, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con una violencia aterradora. Mi padre no solo era un testigo de corrupción administrativa; era la amenaza directa al patrimonio total de los Valerius. Si esa carpeta salía a la luz, Silas no solo perdería el prestigio, perdería hasta el último ladrillo de su imperio.

​—¿Estás diciendo que todo esto, el estadio, la rectoría, las residencias... nada de esto le pertenece a mi padre? —Dante se acercó, su curiosidad venciendo finalmente a su desconfianza.

​—Exactamente —confirmó Marcus, abriendo la carpeta para mostrarnos unos documentos amarillentos, sellados con cera roja y escritos con una caligrafía elegante que pertenecía a otro siglo— tu padre, Silas, falsificó los documentos de propiedad hace treinta años, con la ayuda de un notario que casualmente desapareció poco después. El padre de Valeria encontró las copias originales en el archivo histórico y, antes de que pudiera hacer nada, Silas lo borró del mapa. Yo fui quien tuvo que limpiar aquel desastre Dante y llevo diez años guardando estos papeles en el único lugar donde Silas nunca miraría: en el fondo de mi propio baúl de servicio.

​Dante arrebató la carpeta de las manos de Marcus, sus ojos recorriendo las líneas de texto con una avidez desesperada. Yo me acerqué a él, leyendo por encima de su hombro, sintiendo cómo el peso de la injusticia me oprimía el pecho. Era verdad, todo estaba ahí, la letra pequeña, las cláusulas de herencia, la traición documentada.

​—¿Por qué ahora, Marcus? ¿Por qué has esperado tanto para dárnoslo? —pregunté, sintiendo una mezcla de alivio y rabia.

​—Porque hasta que Dante te conoció a ti, no era más que un Valerius en potencia —respondió Marcus, mirando a su pupilo con una mezcla de orgullo y tristeza— era fuerte y rápido, pero no tenía una razón para rebelarse. Tú eres el catalizador Valeria, eres la primera persona que le ha hecho ver que el apellido es una cadena, no una corona. Silas lo sabe, por eso te odia tanto, no porque seas pobre, sino porque eres libre.

​Un estruendo sordo en la parte superior del teatro nos recordó que el tiempo se nos agotaba, los hombres de Silas debían de estar rompiendo la trampilla del escenario, y no tardarían en encontrar el acceso al nivel inferior.

​—Tenemos que irnos por las vías —dijo Marcus, señalando hacia un arco oscuro al final del pasillo— el túnel lleva a la estación vieja. Si logramos llegar antes que los guardias de Silas, podréis salir de la ciudad con esos documentos.

​—¿Podréis? ¿Tú no vienes? —Dante agarró a Marcus por la chaqueta, su desconfianza regresando de golpe.

​—Alguien tiene que quedarse para sellar la entrada y distraerlos —Marcus sonrió, una mueca amarga y valiente— Silas cree que sigo siendo su hombre, si me encuentran aquí solo, les diré que os perdí el rastro en el arroyo, es vuestra única oportunidad de ganar ventaja.

​Dante vaciló, mirando al hombre que le había enseñado a lanzar su primer balón, al hombre que le había curado las rodillas raspadas cuando Silas estaba demasiado ocupado siendo importante. Vi una lucha interna en su rostro, una batalla entre el niño que amaba a Marcus y el hombre que sospechaba de todos.

​—Marcus... —Dante empezó a decir, pero el mayor lo interrumpió con un gesto seco.

​—Vete Dante, haz que lo que le hicieron al padre de esta chica no haya sido en vano —Marcus nos empujó hacia el túnel— y Valeria... cuida de él, es mucho más frágil de lo que su orgullo le permite admitir.

​Nos adentramos en la oscuridad de las vías del tren, un camino flanqueado por raíles oxidados que se perdían en el infinito. El aire aquí era gélido, moviéndose en corrientes caprichosas que transportaban el olor a hierro viejo y carbón extinguido hace décadas. Caminamos en silencio durante lo que parecieron horas, con la única luz de una pequeña linterna de mano que Marcus nos había entregado.

​—¿Confías en él, Dante? —pregunté finalmente, cuando el eco de nuestros pasos se volvió la única compañía.

​—No tengo otra opción —respondió él, su voz cargada de una pesadez emocional que me dolió— pero si esos documentos son reales, Marcus acaba de entregar su vida por nosotros, mi padre no le perdonará que haya ocultado esto durante diez años.

​—Dante, si logramos llegar a la estación y autentificar estos papeles, Silas irá a la cárcel —dije tratando de infundirle ánimos— podrás reconstruir esta universidad como siempre debió ser.

​—No quiero reconstruir nada, Valeria —se detuvo y se giró hacia mí, su rostro iluminado lateralmente por la linterna, dándole un aire de estatua trágica— quiero salir de aquí contigo, quiero quemar el apellido Valerius y empezar en un lugar donde nadie sepa quiénes somos. ¿Me seguirías, Ross? ¿O tu sed de justicia es más fuerte que lo que sentimos?

​Me quedé callada, sorprendida por la intensidad de su pregunta. La justicia por mi padre había sido el motor de mi vida durante una década, la razón por la que me levantaba cada mañana y me sumergía en libros y mentiras. Al mirar a Dante, vi a alguien que también había sido víctima de Silas, a alguien que merecía una oportunidad de ser simplemente él mismo, sin el peso de una corona de espinas.

​—Te seguiría a cualquier parte, Dante —susurré, y esta vez no era un malentendido ni una estrategia— pero no podemos ser libres si Silas sigue teniendo el poder de cazarnos, tenemos que terminar esto.

​Él asintió, una resolución amarga cruzando sus facciones, y seguimos avanzando por las vías hasta que el túnel empezó a ensancharse, revelando las plataformas abandonadas de la estación vieja. El lugar era una catedral de hierro y cristal roto, donde la maleza crecía entre los adoquines y los vagones olvidados parecían esqueletos de gigantes metálicos bajo la luz de la luna que se filtraba por el techo derruido.

​—La caja de seguridad de mi madre debe de estar en la oficina del jefe de estación —dijo Dante, señalando una pequeña construcción de ladrillo en el extremo de la plataforma 4— la llave del medallón tiene que abrir el compartimento número 48. Ella siempre decía que el 4 era su número de la suerte y el 8 era el infinito.

​Nos movimos con cautela, evitando las zonas de luz abierta, conscientes de que los guardias de Silas podrían haber llegado ya por la carretera de la superficie. La oficina estaba sumida en un silencio sepulcral, con el mobiliario cubierto por lonas grises que parecían fantasmas en la penumbra. Dante buscó la pared de cajas metálicas tras el mostrador y, con manos temblorosas, insertó la pequeña llave de latón en la cerradura 48.

​Un clic seco rompió el silencio. El compartimento se abrió, revelando una pequeña caja de madera de sándalo. Dentro no había más documentos legales, sino algo mucho más personal: un diario de cuero rojo y un fajo de cartas atadas con una cinta de seda azul.

​—Son las cartas de mi madre —susurró Dante, abriendo una de ellas con cuidado reverencial— ella sabía que Silas estaba matando gente Valeria, aquí dice que intentó advertir a tu padre, que intentó darle dinero para que huyera del país antes de que Silas lo atrapara.

​Sentí que el corazón se me encogía mi padre no había estado solo; había tenido una aliada en el corazón mismo del enemigo. Silas también la había silenciado a ella, quizá no con una bala, sino con el aislamiento y la tristeza que la llevaron a la tumba prematuramente.

​—Dante, mira esto —dije, señalando el diario rojo— hay una entrada fechada el día antes de que ella muriera.

​"Si estás leyendo esto Dante, es porque Valeria Ross ha llegado a tu vida, no me preguntes cómo lo sé; la sangre siempre busca la justicia. La prueba final no está en los papeles de Marcus, ni en esta caja. La prueba final está grabada en el reverso de la medalla que llevas al cuello, úsala para abrir el despacho secreto de Silas en la biblioteca antigua, allí está la grabación de la noche en que Silas confesó todo".

​Dante y yo nos miramos, estupefactos, el medallón que yo llevaba puesto no era solo una joya o una llave; era la herramienta definitiva, me quité la cadena y miramos el reverso de la plata. Al frotar el metal con un poco de aceite de la linterna, aparecieron unos relieves minúsculos, una especie de código binario mecánico que encajaba con las cerraduras de combinación de principios de siglo.

​—No podemos irnos de la ciudad —dije, sintiendo cómo el destino nos arrastraba de vuelta al centro del huracán— tenemos que volver a la biblioteca antigua, ahora mismo.

​—Es una misión suicida, Valeria —Dante me agarró de los hombros, sus ojos reflejando un pánico genuino— Silas tiene a todo el campus en alerta, Marcus puede haber ganado algo de tiempo, pero en cuanto descubran que no estamos en el túnel, cerrarán la biblioteca.

​—Es la única forma de que tú y yo seamos libres de verdad, Dante —respondí, poniendo mi mano sobre la suya— si nos vamos ahora, seremos fugitivos para siempre. Si volvemos, seremos los que terminen con la tiranía de los Valerius. ¿Estás conmigo?

​Él cerró los ojos un segundo, respirando hondo, y cuando los abrió, la duda había desaparecido, reemplazada por una determinación feroz.

​—Estoy contigo Ross, hasta el final del juego.

​Pero justo cuando nos disponíamos a salir de la oficina, una luz deslumbrante inundó la estación. Un helicóptero de la policía privada de los Valerius sobrevolaba el techo derruido, iluminando las vías con un foco cegador. Por los altavoces, la voz de Silas, distorsionada y fría, volvió a resonar.

​—Dante, Valeria... habéis llegado muy lejos, pero la estación vieja es un callejón sin salida, Marcus ha confesado todo antes de morir. No hay carpeta, no hay llave, no hay futuro para vosotros fuera de Crestview. Entreguen lo que tenéis y quizá, solo quizá, os permita vivir en el exilio.

​Dante me miró, y vi cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar la carpeta azul contra su pecho, Marcus había muerto, el peso de esa pérdida pareció darle a Dante una fuerza nueva, una rabia que ya no era silenciosa.

​—Miente —susurró Dante— Marcus no hablaría, Silas está intentando quebrarnos.

​—Lo sé —respondí, agarrando su mano con fuerza— pero ahora tenemos que correr más rápido que nunca.

​Salimos de la oficina justo cuando los primeros guardias empezaban a bajar por cuerdas desde el helicóptero. La persecución por las vías se convirtió en una carrera contra el tiempo y las balas, con el eco de los disparos rebotando en el hierro y el cristal. Estábamos en el corazón de la trampa, y la única salida era volver al lugar donde todo había empezado.

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