El invierno se había vuelto un enemigo más feroz que los propios soldados de Aranda, transformando el valle en un desierto de cenizas blancas y troncos ennegrecidos tras el gran incendio que casi nos consume en las cuevas. El aire, que antes olía a pino y a tierra mojada, ahora transportaba un rastro constante de madera quemada que se pegaba a la ropa y a la piel, recordándonos que los bosques, nuestra principal fuente de calor y refugio, eran ahora esqueletos de carbón que crujían bajo el peso