El invierno se había vuelto un enemigo más feroz que los propios soldados de Aranda, transformando el valle en un desierto de cenizas blancas y troncos ennegrecidos tras el gran incendio que casi nos consume en las cuevas. El aire, que antes olía a pino y a tierra mojada, ahora transportaba un rastro constante de madera quemada que se pegaba a la ropa y a la piel, recordándonos que los bosques, nuestra principal fuente de calor y refugio, eran ahora esqueletos de carbón que crujían bajo el peso de la nieve. Las provisiones que Elara había rescatado de la granja de los sauces se agotaban con una rapidez aterradora, y el hambre, ese dolor sordo que empieza en el estómago y termina nublando la razón, se había convertido en el habitante más fiel de nuestra comunidad subterránea.
—Si no conseguimos comida y leña seca en las próximas cuarenta y ocho horas, Valeria, no necesitaremos que Aranda dispare un solo mosquete más para acabar con nosotros, porque el frío hará el trabajo sucio por él