El valle de Cala Silencio no se despertó con el estruendo de los cañones, sino con un silencio tan denso que parecía una presencia física, una tregua otorgada por la nieve que empezaba a cubrir las cenizas del motín. Me encontraba en la entrada del hospital de campaña, observando cómo los carruajes blancos de la corona, con sus sellos de cera roja y sus escoltas de coraceros, serpenteaban por el desfiladero como una hilera de perlas sobre un paño de luto. La llegada de la delegación real no era