EPILOGO

El valle de Cala Silencio no se despertó con el estruendo de los cañones, sino con un silencio tan denso que parecía una presencia física, una tregua otorgada por la nieve que empezaba a cubrir las cenizas del motín. Me encontraba en la entrada del hospital de campaña, observando cómo los carruajes blancos de la corona, con sus sellos de cera roja y sus escoltas de coraceros, serpenteaban por el desfiladero como una hilera de perlas sobre un paño de luto. La llegada de la delegación real no era el alivio que esperábamos; era el juicio final sobre nuestra audacia, la respuesta de un trono que no entendía de pestes ni de hambre, sino de obediencia y decretos.

​—Míralos, Valeria, traen más seda en sus capas que comida en sus carros, vienen a juzgar si nuestra supervivencia fue un acto de rebeldía o una necesidad —susurró Dante a mi lado, con las manos aún manchadas por el hollín de las barricadas y los ojos cargados de una fatiga que ninguna corona podría recompensar.

​—Vienen por el Tes
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