El amanecer sobre Crestview no trajo la claridad que esperaba, sino una luz pálida y enferma que se filtraba entre las gárgolas de la rectoría, bañando los restos de la batalla con una indiferencia que me resultaba insultante. Tenía el teléfono apretado entre las manos, sintiendo cómo el metal vibraba contra mis palmas sudorosas mientras la imagen de Marcus, sentado en aquella cafetería de Saint-Marie, quemaba mis retinas con la fuerza de una verdad imposible. Dante estaba a mi lado, observando la pantalla con una fijeza que me asustaba, sus facciones endurecidas por una mezcla de esperanza y terror que amenazaba con quebrarlo definitivamente; Marcus, el hombre que Silas había declarado muerto en un arranque de sadismo, aparecía allí, sosteniendo un periódico con la fecha de hoy, como un fantasma que se niega a abandonar el mundo de los vivos.
—Es una trampa, Valeria —murmuró Dante, aunque su voz carecía de la convicción habitual, rompiéndose en las notas más altas— mi padre es capaz