El amanecer sobre Crestview no trajo la claridad que esperaba, sino una luz pálida y enferma que se filtraba entre las gárgolas de la rectoría, bañando los restos de la batalla con una indiferencia que me resultaba insultante. Tenía el teléfono apretado entre las manos, sintiendo cómo el metal vibraba contra mis palmas sudorosas mientras la imagen de Marcus, sentado en aquella cafetería de Saint-Marie, quemaba mis retinas con la fuerza de una verdad imposible. Dante estaba a mi lado, observando