El viento del norte traía consigo un lamento que no era el de los lobos ni el de la ventisca, sino el llanto de una tropa que se desmoronaba por dentro, una melodía de agonía que subía desde los valles bajos hasta nuestras cuevas como un recordatorio de que la muerte no tiene bandera ni partido político. Me encontraba frente a la mesa de piedra, donde los libros de botánica de mi padre permanecían abiertos bajo la luz parpadeante de las últimas velas de sebo, buscando en las ilustraciones de plantas medicinales una respuesta que la diplomacia no me daba. La carta que encontramos en el almacén sobre la peste no era solo un arma de chantaje, era una sentencia de muerte para toda la región si no actuábamos con una osadía que rozaba la locura, porque dejar que los soldados de Aranda murieran pudriéndose en sus tiendas significaba que la enfermedad, tarde o temprano, saltaría nuestras barricadas de nieve.
—No podemos simplemente verlos morir, Dante, porque cuando el último soldado caiga,