El viento del norte traía consigo un lamento que no era el de los lobos ni el de la ventisca, sino el llanto de una tropa que se desmoronaba por dentro, una melodía de agonía que subía desde los valles bajos hasta nuestras cuevas como un recordatorio de que la muerte no tiene bandera ni partido político. Me encontraba frente a la mesa de piedra, donde los libros de botánica de mi padre permanecían abiertos bajo la luz parpadeante de las últimas velas de sebo, buscando en las ilustraciones de pl