El invierno no llegó a las tierras altas como un visitante, sino como un invasor implacable, cubriendo los riscos con un manto de nieve tan espeso que el silencio se volvió absoluto, un vacío blanco que amenazaba con devorar nuestras esperanzas antes que a nuestros cuerpos. Las cuevas de los Ecos, que antes nos parecieron un refugio seguro, se habían transformado en un sepulcro de piedra fría donde la humedad se filtraba por las grietas, convirtiendo cada aliento en una nube de vapor y cada sueño en una lucha contra la hipotermia. El ejército de la capital, incapaz de tomarnos por la fuerza tras el fracaso de su falso heredero, había optado por la estrategia más cruel de todas: rodear la montaña, bloquear los pasos con empalizadas de madera y esperar a que el hambre hiciera el trabajo que sus bayonetas no pudieron terminar.
—Si no conseguimos sacar algo de grano de la granja de los sauces antes de que la nieve bloquee el desfiladero del este, para la próxima luna estaremos hirviendo