CAPITULO 37

El invierno no llegó a las tierras altas como un visitante, sino como un invasor implacable, cubriendo los riscos con un manto de nieve tan espeso que el silencio se volvió absoluto, un vacío blanco que amenazaba con devorar nuestras esperanzas antes que a nuestros cuerpos. Las cuevas de los Ecos, que antes nos parecieron un refugio seguro, se habían transformado en un sepulcro de piedra fría donde la humedad se filtraba por las grietas, convirtiendo cada aliento en una nube de vapor y cada sue
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