El primer indicio del desastre no fue el ruido, sino un cambio sutil en la temperatura del aire que entraba por las fisuras de la roca, un calor seco y extraño que transportaba un perfume dulzón de resina hirviendo y hojas de pino consumidas por la rabia del fuego. Me desperté con el pecho oprimido, sintiendo que el oxígeno se volvía pesado, mientras un velo de humo grisáceo empezaba a serpentear por el techo de la Cueva de los Ecos, transformando nuestro refugio en una trampa de asfixia. Aranda, despechado por la resistencia del invierno y por la pureza recuperada de nuestras aguas, había decidido que, si no podía gobernarnos, nos convertiría en ceniza, ordenando a sus soldados prender fuego a los bosques que rodeaban la entrada de la montaña, aprovechando una racha de viento que empujaba las llamas directamente hacia nuestras gargantas de piedra.
—¡Valeria, levanta a los niños, el humo está bajando por la chimenea principal y en menos de una hora este lugar será un horno sin salida