El primer indicio del desastre no fue el ruido, sino un cambio sutil en la temperatura del aire que entraba por las fisuras de la roca, un calor seco y extraño que transportaba un perfume dulzón de resina hirviendo y hojas de pino consumidas por la rabia del fuego. Me desperté con el pecho oprimido, sintiendo que el oxígeno se volvía pesado, mientras un velo de humo grisáceo empezaba a serpentear por el techo de la Cueva de los Ecos, transformando nuestro refugio en una trampa de asfixia. Arand