CAPITULO 38

El primer indicio del desastre no fue el ruido, sino un cambio sutil en la temperatura del aire que entraba por las fisuras de la roca, un calor seco y extraño que transportaba un perfume dulzón de resina hirviendo y hojas de pino consumidas por la rabia del fuego. Me desperté con el pecho oprimido, sintiendo que el oxígeno se volvía pesado, mientras un velo de humo grisáceo empezaba a serpentear por el techo de la Cueva de los Ecos, transformando nuestro refugio en una trampa de asfixia. Aranda, despechado por la resistencia del invierno y por la pureza recuperada de nuestras aguas, había decidido que, si no podía gobernarnos, nos convertiría en ceniza, ordenando a sus soldados prender fuego a los bosques que rodeaban la entrada de la montaña, aprovechando una racha de viento que empujaba las llamas directamente hacia nuestras gargantas de piedra.

​—¡Valeria, levanta a los niños, el humo está bajando por la chimenea principal y en menos de una hora este lugar será un horno sin salida
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