Mundo ficciónIniciar sesión«No solo le rompí el corazón; le robé su futuro». Hace cinco años, Lucía Vega desapareció de la cama de Diego Valdivia, dejando atrás nada más que un anillo manchado de sangre y una mentira. Cambió la jaula dorada de la mafia por una vida tranquila en México, criando al hijo que Diego nunca supo que existía. Pero no se puede escapar eternamente de un depredador. Cuando Diego la encuentra, no quiere explicaciones. Ni siquiera quiere su amor. Quiere a su heredero. Los arrastra de vuelta a su fortaleza en España con un frío ultimátum: «Dame un año de tu vida o perderás a tu hijo para siempre». > En un mundo de balas de plata y sábanas de seda, Lucía debe decidir: ¿es prisionera de Diego o es la única mujer capaz de poner de rodillas al rey de Marbella?
Leer másEl calor en San Cristóbal no solo se sentía; empujaba. Golpeaba contra las paredes amarillentas de la cafetería La Esperanza y contra el nacimiento del cabello de Lucía, quien equilibraba tres platos de chilaquiles en su brazo.
—Mateo, mi amor, quédate detrás del mostrador —murmuró Lucía, con los ojos escaneando la calle a través de la puerta de malla.
Era un hábito que no podía romper. Cinco años mirando por encima del hombro. Cinco años saltando ante el sonido de neumáticos pesados sobre la grava.
—Pero mamá, el gato…
—Ahora, Mateo. —Su voz no era ruda; era acero envuelto en terciopelo. El niño de cinco años refunfuñó pero obedeció, desapareciendo sus rizos oscuros y rebeldes tras el refrigerador de refrescos.
Entonces, el mundo se quedó en silencio.
Las cigarras dejaron de gritar. Los ancianos que jugaban dominó en el porche se callaron. Una camioneta negra mate, totalmente fuera de lugar en un pueblo donde lo más caro era la campana de la iglesia, se detuvo frente al local.
La puerta se abrió y un par de botas de cuero italiano pulido tocaron la tierra.
El corazón de Lucía no solo latía; golpeaba sus costillas como un prisionero intentando escapar. Conocía esas botas. Conocía la forma en que el aire parecía inclinarse ante la presencia de ese hombre.
La puerta de malla crujió. Diego Valdivia entró, llenando la pequeña cafetería con el aroma a sándalo caro y a ruina inminente. Se veía exactamente igual, pero más frío. Su traje a medida era una mancha oscura contra la luz del sol.
No miró el menú. No miró a los clientes. Sus ojos, del color de un mar mediterráneo en plena tormenta, se clavaron en Lucía.
—Cinco años, Lucía —dijo Diego. Su voz era un ronroneo bajo y peligroso que erizó los vellos de sus brazos—. Te has vuelto mejor escondiéndote. Pero yo me he vuelto mejor cazando.
Lucía apretó el borde del mostrador hasta que sus nudillos se tornaron blancos. No dejaría que la viera temblar. Hoy no.
—La cocina está cerrada, Diego —espetó ella, con la lengua lo suficientemente afilada como para sacar sangre—. Y mi vida también. Lárgate antes de que llame a los federales.
Diego soltó una carcajada seca y sin humor, acercándose hasta que ella quedó atrapada entre el mostrador y su cuerpo imponente. Se inclinó, irradiando un calor posesivo y sofocante.
—Los federales de este pueblo están en mi nómina desde hace veinte minutos —susurró él, levantando la mano para acortar la distancia, aunque sin tocarla—. Huyiste con mi corazón, reina. Casi podría perdonar eso.
Su mirada se desvió. Miró por encima del hombro de ella, hacia el refrigerador donde asomaban unos pequeños tenis.
—Pero huyiste con mi sangre.
Lucía se interpuso en su línea de visión, con los ojos echando chispas. —Él es mío. No tiene nada que ver contigo ni con tu mundo de cementerios y dinero ensangrentado. No eres un padre, Diego. Eres un monstruo.
La mandíbula de Diego se tensó. Estiró la mano y finalmente rozó la mandíbula de ella; un toque agonizantemente tierno para un hombre que mataba para vivir.
—Soy ambas cosas —gruñó—. Y ya deberías saberlo, Lucía... Nunca dejo lo que me pertenece tirado en el polvo.
Él se enderezó y silbó. Dos hombres masivos con equipo táctico entraron en la cafetería.
—¡Diego, no! —Lucía se lanzó hacia él, pero él le atrapó las muñecas con una sola mano, inmovilizándolas contra su pecho con una fuerza natural y aterradora. La pegó contra él, con los ojos oscurecidos por una mezcla de furia y un hambre que no podía ocultar.
—No pelees conmigo, Lucía. Solo hace que quiera romperte más.
—¿Mamá? —La pequeña voz de Mateo rompió el silencio.
Diego se congeló. Soltó las muñecas de Lucía y se giró lentamente hacia el niño. El rostro del depredador se suavizó en algo irreconocible: un asombro puro y aterrador.
—Mateo —susurró Diego.
—¿Quién eres tú? —preguntó el niño, saliendo de las sombras.
Diego hincó una rodilla en el suelo, ignorando la tierra en sus pantalones de mil dólares. Miró al niño y luego a Lucía con una mirada que prometía que ella jamás volvería a ver el exterior de una propiedad Valdivia.
—Soy el hombre que los llevará a casa —dijo Diego.
Afuera, el sonido de un helicóptero empezó a zumbar en la distancia, haciendo vibrar las ventanas de la cafetería.
—Recoge sus cosas, Lucía —ordenó Diego, poniéndose de pie, con su mano protectora ya descansando en la nuca de Mateo—. O no lo hagas. Puedo comprarle una vida nueva. Pero vendrás conmigo, aunque tenga que subirte a ese pájaro encadenada.
Lucía miró hacia la puerta, luego hacia el arma guardada en el cinturón de Diego y, finalmente, a su hijo.
—Tendrás que matarme primero —siseó ella.
Diego se inclinó, rozándole la oreja con los labios. —Matarte es fácil, mi amor. Mantenerte viva mientras me odias... esa va a ser la parte divertida.
De repente, la puerta trasera de la cafetería estalló. Un disparo destrozó el ventanal delantero.
—¡Al suelo! —rugió Diego, lanzando su cuerpo sobre Lucía y Mateo mientras el vidrio llovía como diamantes.
—¡Nos encontraron! —gritó uno de los hombres de Diego—. ¡El Cártel de los Lozano! ¡Nos siguieron hasta aquí!
Diego sacó una pistola cromada de su funda, con los ojos convertidos nuevamente en el cristal frío de un asesino. Miró a Lucía, apretándole el brazo con fuerza.
—Parece que tu vida tranquila acaba de convertirse en una zona de guerra. Quédate detrás de mí si quieres que el niño viva.
El aire en la fortaleza del Rif era gélido, pero Lucía sudaba. Tenía a Mateo en sus brazos, sintiendo el calor febril que emanaba del cuerpo del niño tras su desmayo. Con manos temblorosas, separó el cabello oscuro detrás de la oreja derecha de su hijo. Allí, justo debajo de la cicatriz de la primera extracción, palpitaba una protuberancia del tamaño de un grano de arroz, pero de un color ámbar eléctrico.No era un chip de rastreo. Era un puente neuronal biológico.—Él no solo lo escucha, Sandro —susurró Lucía, mirando al Ciego que permanecía impasible en las sombras—. Él está dentro de él. Vicente está usando la plasticidad cerebral de Mateo para procesar sus propios datos. Mi hijo es el servidor externo de un monstruo.Sandro "El Ciego" golpeó el suelo con su bastón de madera de olivo. —Entonces tienes menos tiempo del que pensaba, Reina. Si el Patriarca ha logrado vincularse con el cachorro, pronto podrá descargar su conciencia completa en él si su cuerpo actual —el de Diego— falla
El interceptor furtivo sobrevolaba las costas de Marruecos, cortando las nubes como un espectro negro. Lucía apretaba el auricular contra su oído, repitiendo una y otra vez la grabación de Cero. La voz digitalizada del joven clon resonaba en su cabeza como una sentencia: "El ADN que Arturo usó... no era de Diego. Era de Vicente".Lucía miró sus propias manos, las mismas que habían acariciado el rostro quemado del hombre en la base naval. Sintió una náusea física. Si Cero tenía razón, el hombre que acababa de masacrar a los Lozano no era su esposo renacido, sino el monstruo de su suegro, Vicente Valdivia, habitando la biología de su hijo. Una transmigración genética. El patriarca definitivo regresando desde el infierno.—Mamá... ¿por qué lloras? —la voz de Mateo la sacó de su estupor.Lucía se secó las lágrimas con un movimiento brusco. No podía permitirse el lujo del colapso. —No es nada, Leo. Solo estoy cansada. Necesitamos un lugar donde aterrizar que no aparezca en los mapas de la
El estruendo del asalto de los Lozano resonaba en los niveles superiores de la base de Rota, un coro de ráfagas de AK-47 y gritos de guerra que marcaban el fin del orden de la Hermandad. Pero en el centro de mando, el tiempo se había espesado como el mercurio.Lucía permanecía de rodillas, sosteniendo la cabeza del joven Cero, cuyas cuencas oculares aún humeaban por la sobrecarga neuronal. A pocos metros, el hombre del traje de neopreno avanzaba por el muelle empapado. Su presencia era magnética, pesada, cargada de una violencia que no era mecánica, sino puramente animal.—¿Diego? —el nombre salió de los labios de Lucía como un susurro aterrado.El hombre se detuvo bajo la luz estroboscópica de las alarmas rojas. Su rostro era una cartografía de dolor: la mitad izquierda estaba cubierta por una máscara de tejido cicatrizado y quemaduras de tercer grado, recuerdo del colapso del Palacio de los Espejos. Su brazo derecho colgaba con una rigidez metálica, sugiriendo una prótesis de campo
El puesto de avanzada, una estructura de hormigón devorada por el desierto, temblaba bajo la invisible presión del satélite Génesis. El punto rojo en el pecho de Lucía no era solo una mira telescópica; era un escáner de frecuencia neuronal. El sistema estaba intentando "mapear" su conciencia para que Lucía II, la copia perfecta, pudiera absorber los últimos fragmentos de su voluntad.—Cero, si vas a hacerlo, hazlo ahora —susurró Lucía, manteniendo el arma apuntada al corazón del joven Prototipo.Cero no la miraba a ella, sino a la consola de radio. Sus dedos volaban sobre las teclas, introduciendo códigos que solo un producto de los laboratorios de Arturo conocería.—Estoy desviando la señal de rastreo a un señuelo térmico en las dunas —dijo Cero, con la voz tensa—. La Primera Ministra cree que te he ejecutado. Tenemos exactamente cuarenta minutos antes de que el satélite recalibre su posición y descubra el engaño.El punto rojo desapareció del pecho de Lucía, barriendo el suelo y per
Último capítulo