Mundo ficciónIniciar sesiónEl humo del coche de Lorenzo todavía se enroscaba en el aire como una serpiente negra cuando Lucía bajó la mirada hacia el arma que sostenía. El metal estaba caliente, pero lo que la hizo helarse fue el grabado en la culata de plata: Un sol sangriento sobre una calavera.
El emblema del Cártel de los Lozano.
—Diego —la voz de Lucía salió como un hilo de acero—. Mira esto.
Diego se acercó, su respiración aún agitada por la adrenalina. Al ver el símbolo, su rostro se transformó en una máscara de furia absoluta. Arrebató el arma de la mano de Lucía y la examinó bajo la luz de las llamas que aún consumían el vehículo de su hermano.
—Esos bastardos... —gruñó Diego—. Lorenzo no solo ha traicionado a la familia. Ha vendido nuestra ruta de Marbella a los carniceros de México.
—Eso explica cómo nos encontraron en San Cristóbal —dijo Lucía, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. Lorenzo no quería matarte allí, Diego. Quería que nos trajeras aquí para que los Lozano tuvieran una entrada limpia en España.
Diego se giró hacia sus hombres, que rodeaban el perímetro en silencio sepulcral. —¡Revisen a cada uno de los caídos! ¡Quiero saber quién de mis guardias llevaba este arma!
Mientras los hombres se movían con eficiencia militar, Diego tomó a Lucía del brazo, pero esta vez su toque no era de carcelero, sino de un hombre que sabe que el muro que construyó para protegerla tiene grietas.
—Entra en la casa, Lucía. Ahora mismo. —¡No me des órdenes, Diego! Estamos en esto porque tu hermano es un psicópata y tu padre un dinosaurio. Si los Lozano están aquí, vienen por mí. Yo soy el cabo suelto que conocen de México.
Diego la atrajo hacia su pecho, ignorando el hollín y el sudor. —Vienen por ti porque eres mi debilidad, Lucía. Y en este mundo, la debilidad se paga con sangre. No voy a perderte dos veces.
Entraron en el gran salón, donde el Viejo Don, Vicente, los esperaba sentado en su sillón de cuero, impasible ante el caos exterior.
—Parece que tu "heredero" ha traído más que una madre a nuestra puerta, Diego —dijo Vicente con una sonrisa venenosa—. Ha traído una guerra que no podemos ganar solos.
—La ganaré yo, padre. Tú quédate en las sombras, que es donde mejor te escondes —respondió Diego sin detenerse.
Subieron al despacho blindado de Diego. Él cerró la puerta y comenzó a teclear en su ordenador, activando las cámaras de seguridad de toda la costa de Marbella. En las pantallas, empezaron a aparecer imágenes de lanchas rápidas acercándose a los muelles privados. No eran guardias civiles. Eran soldados.
—Son ellos —susurró Lucía, señalando una de las pantallas—. Ese hombre de la cicatriz... es el jefe de sicarios de los Lozano.
De repente, las luces de la mansión parpadearon y se apagaron. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier disparo. El sistema de seguridad de última generación de los Valdivia acababa de ser hackeado desde dentro.
—El topo... —dijo Diego, sacando su segunda arma y entregándosela a Lucía—. No es Lorenzo. Lorenzo es solo la distracción.
Un ruido sordo se escuchó detrás de la estantería de libros del despacho. Una puerta secreta que solo la familia conocía se deslizó lentamente.
De la oscuridad salió una figura que Lucía nunca hubiera sospechado. Era Elena, la jefa de llaves, la mujer que había servido a los Valdivia durante treinta años y que había cuidado a Mateo esa misma tarde. Pero no traía una bandeja; traía una radio de comunicación y una mirada de absoluta frialdad.
—Lo siento, Don Diego —dijo Elena con una voz desprovista de emoción—. Pero los Lozano pagan el triple que usted, y ellos me prometieron que mi familia en México estaría a salvo.
—¿Dónde está Mateo? —gritó Lucía, lanzándose hacia la mujer, pero Diego la detuvo justo a tiempo cuando Elena levantó su propio arma.
—El niño ya está en camino al muelle —dijo Elena—. Si quieren volver a verlo, tendrán que entregar el código de acceso a la red de distribución de Europa. Tienen cinco minutos antes de que la lancha zarpe.
Diego tiene el código que mueve miles de millones en el mercado negro europeo. Lucía tiene un arma en la mano y el corazón roto por la traición de la mujer en la que confió a su hijo. Pero la verdadera sorpresa llega cuando la radio de Elena suena y se escucha la voz de Mateo, pero no está llorando. Está hablando con alguien...
—"¡Abuelo! ¿A dónde vamos?"
Lucía y Diego intercambian una mirada de horror. Vicente, el viejo Don, no está en el salón. Estaba con Mateo. El topo no trabajaba para Lorenzo, trabajaba para el Patriarca, quien ha decidido que la única forma de salvar el apellido es eliminando a Diego y a Lucía para criar al niño él mismo bajo las leyes de los Lozano.







