El interceptor furtivo sobrevolaba las costas de Marruecos, cortando las nubes como un espectro negro. Lucía apretaba el auricular contra su oído, repitiendo una y otra vez la grabación de Cero. La voz digitalizada del joven clon resonaba en su cabeza como una sentencia: "El ADN que Arturo usó... no era de Diego. Era de Vicente".
Lucía miró sus propias manos, las mismas que habían acariciado el rostro quemado del hombre en la base naval. Sintió una náusea física. Si Cero tenía razón, el hombre