El aire en la fortaleza del Rif era gélido, pero Lucía sudaba. Tenía a Mateo en sus brazos, sintiendo el calor febril que emanaba del cuerpo del niño tras su desmayo. Con manos temblorosas, separó el cabello oscuro detrás de la oreja derecha de su hijo. Allí, justo debajo de la cicatriz de la primera extracción, palpitaba una protuberancia del tamaño de un grano de arroz, pero de un color ámbar eléctrico.
No era un chip de rastreo. Era un puente neuronal biológico.
—Él no solo lo escucha, Sandr