Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl aire en el despacho de Diego se volvió irrespirable. La revelación de que Vicente, el patriarca, estaba entregando a su propio nieto a los carniceros de México para salvar su imperio fue el golpe final.
—¡Elena, si ese niño sube a esa lancha, te juro que no habrá rincón en el infierno donde puedas esconderte! —rugió Diego, con la vena de su cuello latiendo con una violencia aterradora.
Elena, la mujer que los había visto crecer, apretó el gatillo, pero Lucía fue más rápida. No disparó a matar; disparó a la mano de la mujer. El estruendo del arma en el espacio cerrado fue ensordecedor. Elena soltó un grito y su pistola cayó al suelo alfombrado.
—¡Muévete, Diego! ¡Ahora! —gritó Lucía, sin esperar a que la jefa de llaves se recuperara.
Corrieron por el pasaje secreto que Elena había dejado abierto. Diego bajaba las escaleras de piedra de dos en dos, ignorando el dolor de su hombro herido que volvía a sangrar, manchando su camisa blanca de un carmesí denso. Salieron directamente al garaje subterráneo, donde un Lamborghini negro esperaba como una bestia agazapada.
—Sube y agárrate —ordenó Diego, encendiendo el motor con un rugido que hizo vibrar el cemento.
Salieron de la mansión quemando neumáticos, dejando atrás las llamas y los gritos. Marbella, a esa hora de la madrugada, era un laberinto de luces de neón y sombras alargadas. Diego conducía como un suicida, esquivando el tráfico nocturno de la Milla de Oro mientras mantenía el teléfono pegado a la oreja.
—¡Quiero a todos los hombres en el Puerto Banús! ¡Bloqueen las salidas de agua! ¡Si ven a mi padre, no disparen... todavía! —colgó y miró a Lucía—. Mi padre cree que los Lozano lo respetarán. No sabe que para ellos, él es solo un anciano estorbando en su nueva ruta.
Al llegar al muelle privado, el panorama era desolador. Tres lanchas rápidas de gran calado estaban encendidas, sus motores fuera de borda borboteando en el agua oscura. En el centro del muelle, bajo la luz mortecina de una farola, estaba Vicente Valdivia, sosteniendo la mano de Mateo. Frente a él, cuatro hombres con uniformes tácticos y el tatuaje del sol sangriento en el cuello: los Lozano.
Diego frenó en seco, haciendo derrapar el coche. Lucía bajó antes de que el vehículo se detuviera por completo.
—¡MATEO! —el grito de Lucía desgarró la brisa marina.
El niño intentó correr hacia su madre, pero uno de los sicarios de los Lozano lo agarró bruscamente por el brazo, levantándolo del suelo.
—¡Suéltalo! —rugió Vicente, golpeando el suelo con su bastón de plata—. ¡Acordamos que el niño se quedaba conmigo bajo la protección de su bandera!
El líder de los sicarios, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, soltó una carcajada ronca. —Viejo estúpido. ¿De verdad creíste que los Lozano comparten el poder? El niño es nuestro seguro de vida. Y tú... tú ya has vivido demasiado.
El sicario levantó su fusil hacia Vicente.
—¡NO! —Diego saltó del coche, disparando con una precisión quirúrgica mientras corría. La bala impactó en el hombro del sicario, obligándolo a soltar a Mateo.
—¡Corre, Mateo! ¡Con mamá! —ordenó Diego, posicionándose entre los sicarios y su familia.
El muelle se convirtió en un infierno de fuego cruzado. Lucía se arrastró por el suelo, esquivando las balas que impactaban en los yates de lujo, hasta que logró rodear con sus brazos a Mateo, cubriéndolo con su propio cuerpo detrás de una caja de suministros náuticos.
Diego estaba en su elemento. Era un torbellino de violencia controlada, moviéndose entre las sombras de las grúas, eliminando a los sicarios uno a uno. Pero entonces, Lorenzo emergió de la oscuridad de una de las lanchas, con el rostro desfigurado por la envidia y el odio. No apuntaba a Diego. Apuntaba a Lucía.
—Si no puedo tener el imperio, nadie tendrá nada —siseó Lorenzo, con el dedo apretando el gatillo.
Vicente, viendo cómo su ambición estaba a punto de destruir lo único que quedaba de su sangre, hizo lo impensable. El viejo Don se interpuso entre Lorenzo y Lucía justo cuando el disparo resonó en todo el puerto.
La bala impactó en el pecho de Vicente. El anciano cayó al suelo, su bastón de plata rodando por el muelle hasta caer al agua con un sonido sordo.
—¡PADRE! —el grito de Diego fue de pura agonía.
Lorenzo, horrorizado por lo que acababa de hacer, dudó un segundo. Fue el único segundo que Diego necesitó. El Don de Marbella le disparó tres veces en el pecho, enviando a su hermano al fondo del mar Mediterráneo.
Diego corrió hacia su padre, arrodillándose en la sangre mientras Lucía llegaba a su lado con Mateo. El viejo Don miró a su nieto, luego a Lucía, y finalmente a Diego.
—Mantenlos... a salvo... —susurró Vicente, su voz apagándose mientras la vida se le escapaba por los ojos—. No seas... como yo.
El silencio volvió al puerto, roto solo por el llanto suave de Mateo y el sonido de las olas. Diego se puso de pie, con el rostro bañado en una mezcla de sudor, pólvora y lágrimas. Miró a Lucía, y por primera vez, no hubo posesividad en su mirada. Hubo una entrega total.
—Se acabó —dijo Diego, extendiendo su mano hacia ella—. Se han ido todos.
Pero mientras Lucía iba a tomar su mano, una luz roja comenzó a bailar en la frente de Diego. Un nuevo puntero láser.
Desde la oscuridad de la lancha que Lorenzo había dejado atrás, una voz femenina y fría salió por los altavoces del puerto.
—"¿Realmente pensaron que los Lozano solo enviarían a unos cuantos sicarios? Diego, soy la Reina de los Lozano... y tú todavía tienes algo que me pertenece."







