El aire en el despacho de Diego se volvió irrespirable. La revelación de que Vicente, el patriarca, estaba entregando a su propio nieto a los carniceros de México para salvar su imperio fue el golpe final.
—¡Elena, si ese niño sube a esa lancha, te juro que no habrá rincón en el infierno donde puedas esconderte! —rugió Diego, con la vena de su cuello latiendo con una violencia aterradora.
Elena, la mujer que los había visto crecer, apretó el gatillo, pero Lucía fue más rápida. No disparó a mata