El estruendo del asalto de los Lozano resonaba en los niveles superiores de la base de Rota, un coro de ráfagas de AK-47 y gritos de guerra que marcaban el fin del orden de la Hermandad. Pero en el centro de mando, el tiempo se había espesado como el mercurio.
Lucía permanecía de rodillas, sosteniendo la cabeza del joven Cero, cuyas cuencas oculares aún humeaban por la sobrecarga neuronal. A pocos metros, el hombre del traje de neopreno avanzaba por el muelle empapado. Su presencia era magnétic