Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl caos era una melodía que Diego Valdivia dominaba a la perfección. Mientras el cristal de las ventanas seguía lloviendo sobre ellos, él no se inmutó. Su cuerpo era un escudo de músculo y seda italiana sobre Lucía y Mateo.
—¡Cúbrelos! —rugió Diego a sus hombres, su voz cortando el estruendo de los disparos de los Lozano.
Lucía sentía el corazón de Diego latiendo contra su espalda, un ritmo salvaje y constante. Quería apartarse, quería gritarle que todo esto era su culpa, pero el miedo por Mateo la mantenía inmóvil.
—Tengo que sacar a mi hijo de aquí —jadeó Lucía, su voz quebrada por el pánico.
Diego se giró hacia ella, sus ojos grises brillando con una intensidad depredadora. Con una mano, sacó su pistola; con la otra, tomó el rostro de Lucía, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien, Lucía. No dejaré que le toquen un solo cabello. Pero si quieres que salgamos vivos, vas a hacer exactamente lo que te diga. ¿Entendido?
—No recibo órdenes de ti —escupió ella, incluso con el sabor a pólvora en la lengua.
Diego apretó ligeramente su mandíbula, una sonrisa oscura asomando en sus labios. —Esa lengua sigue siendo tu mejor arma y tu mayor pecado. Ahora, ¡corre!
Salieron por la puerta trasera justo cuando una granada de humo estallaba en el interior de La Esperanza. El aire afuera estaba cargado de plomo. Los hombres de Diego formaron un muro humano mientras se dirigían hacia una camioneta blindada que rugía a pocos metros.
Diego subió a Mateo primero, casi lanzándolo al asiento trasero con una brusquedad protectora. Luego, tomó a Lucía por la cintura. Ella intentó zafarse, pero él la levantó en vilo como si no pesara nada, metiéndola en el habitáculo de cuero antes de subir tras ella y cerrar la puerta con un golpe seco.
Las balas rebotaban contra el blindaje como granizo metálico.
—¡Arranca! —ordenó Diego.
La camioneta salió disparada, levantando una nube de polvo rojizo. Lucía abrazó a Mateo, escondiendo el rostro del niño en su pecho. El pequeño temblaba, pero no lloraba; tenía la misma mirada fija y valiente que su padre.
—Estás loco —siseó Lucía, mirando a Diego mientras él recargaba su arma con una calma insultante—. Los trajiste aquí. Expusiste a Mateo. Si algo le pasa, juro por Dios que te mataré mientras duermes.
Diego dejó la pistola a un lado y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta que Lucía sintió el calor de su aliento. La atmósfera en la camioneta se volvió densa, cargada de una electricidad que no tenía nada que ver con la guerra afuera.
—¿Crees que no lo sé? —susurró él, su voz vibrando con una posesividad que la hizo estremecer—. He pasado cinco años buscándote, Lucía. He quemado ciudades enteras preguntando por ti. ¿Crees que permitiría que unos sicarios de segunda te quiten de mi lado ahora que finalmente te tengo en mis manos?
—No soy un objeto que puedas recuperar, Diego. No soy tu propiedad.
—Tu cuerpo dice otra cosa —él bajó la mirada hacia donde el pecho de Lucía subía y bajaba con rapidez, rozando accidentalmente el brazo de Diego—. Tu pulso está acelerado, reina. Y no es solo por los disparos.
Lucía levantó la mano para abofetearlo, pero él la atrapó en el aire, entrelazando sus dedos con los de ella y presionándolos contra el asiento. El contraste entre la violencia de afuera y la tensión íntima de adentro era asfixiante.
—Suéltame —ordenó ella, con los ojos ardiendo de odio y deseo contenido.
—Nunca más —respondió él.
De repente, un impacto violento sacudió la camioneta. Un vehículo de los Lozano los había embestido por el costado, intentando sacarlos del camino hacia el barranco que bordeaba la carretera.
—¡Señor, perdemos el control! —gritó el conductor.
La camioneta empezó a patinar. Diego soltó la mano de Lucía solo para envolverla en un abrazo protector, cubriendo a la madre y al hijo con su propio cuerpo mientras el vehículo daba un giro violento de 180 grados.
El silencio que siguió fue interrumpido solo por el siseo del motor dañado. Estaban al borde del precipicio.
Diego abrió la puerta a patadas y salió, ofreciendo su mano a Lucía. Pero antes de que ella pudiera tomarla, una luz roja de un puntero láser apareció en el pecho de Diego.
—¡Francotirador! —gritó Lucía.
Un disparo resonó en el cañón, pero no fue dirigido a Diego. El neumático delantero estalló, y la camioneta empezó a inclinarse lentamente hacia el vacío.







