Chapter 6

El tiempo se detuvo en el jardín de la mansión Valdivia. El zumbido del reloj en la muñeca de Lorenzo era el único sonido, una cuenta regresiva hacia el infierno.

Diego tenía el cañón de su pistola incrustado en la sien de su hermano. Sus nudillos estaban blancos, su mandíbula tan apretada que parecía a punto de estallar. La lucha interna era visible: el Don quería sangre; el padre quería salvar a su hijo.

—Suéltalo, Diego —susurró Lucía, su voz temblando no de miedo, sino de una furia gélida—. Suéltalo ahora mismo.

—¡Va a matar a nuestro hijo, Lucía! —rugió Diego sin apartar la vista de los ojos burlones de Lorenzo.

—¡Por eso mismo! —Lucía dio un paso al frente, interponiéndose entre los dos hermanos, desafiando la línea de fuego—. Si lo matas, el control se activa. Si lo dejas ir, tenemos una oportunidad. ¡No seas un idiota orgulloso por una vez en tu vida y piensa como un padre, no como un gángster!

Lorenzo soltó una risa sangrienta. —Escúchala, hermanito. La camarera tiene más sesos que tú.

Diego soltó un rugido de frustración y, con un movimiento violento, bajó el arma y golpeó a Lorenzo en el estómago con la culata, dejándolo de rodillas en el suelo.

—Si Mateo tiene un solo rasguño —siseó Diego—, te despellejaré vivo delante de nuestro padre.

Diego se giró hacia sus hombres, que observaban desde las sombras. —¡Evacuen el ala este! ¡Busquen ese maldito artefacto! ¡Ahora!

Mientras los guardias corrían, Lucía no se quedó atrás. No esperó a Diego. Corrió hacia las escaleras, subiendo los peldaños de mármol de tres en tres, con el vestido de seda roja ondeando tras ella como una bandera de guerra.

Al llegar al pasillo del ala este, el silencio era aterrador. Entró en la habitación de Mateo. El niño seguía durmiendo, ajeno al monstruo que compartía su apellido. Lucía lo tomó en brazos, sintiendo su peso cálido y su respiración pausada.

—Ya te tengo, mi amor —susurró, besando su frente—. Ya estás a salvo.

Pero al girarse para salir, vio algo parpadeando debajo de la cama de roble. Una pequeña caja negra con cables expuestos. El tictac se aceleraba.

—¡Lucía, sal de ahí! —La voz de Diego retumbó en el pasillo. Él apareció en el marco de la puerta, con el rostro pálido al ver la bomba—. Dame al niño. ¡Sal de aquí!

—¡Lévatelo! —Lucía le entregó a Mateo, pero ella no se movió. Sus ojos estaban fijos en el artefacto—. Diego, vete. Lorenzo dijo que el control se activa si él lo suelta o si alguien intenta mover la bomba. ¡Saca a Mateo de la casa!

—¡No te voy a dejar aquí! —Diego intentó agarrarla del brazo, pero Lucía lo empujó con una fuerza que él no esperaba.

—¡Protege a nuestro hijo! ¡Es lo único que importa! ¡Vete!

Diego dudó. Por primera vez en su vida, el gran Don de Marbella se vio paralizado. Miró a su hijo dormido y luego a la mujer que amaba más que a su propia alma. El reloj marcó los últimos quince segundos.

Con un grito de agonía, Diego se dio la vuelta y corrió por el pasillo con Mateo en brazos.

Lucía se quedó sola con la bomba. Pero no se rindió. Vio un jarrón de plata pesada sobre la cómoda. Recordó lo que su padre, el contable de los carteles, le había dicho una vez sobre los hombres como Lorenzo: "Siempre dejan una salida de emergencia para ellos mismos".

Vio un pequeño interruptor manual en el costado de la caja. Un seguro de desactivación.

Afuera, Diego llegó al jardín justo cuando un estruendo sacudió los cimientos de la mansión. No fue la habitación de Mateo. Fue el coche de Lorenzo, estacionado en la entrada, el que saltó por los aires en una bola de fuego naranja.

El humo llenó el aire. Diego cayó de rodillas en el césped, protegiendo a Mateo con su cuerpo, convencido de que Lucía acababa de morir.

—¡LUCÍA! —el grito de Diego desgarró la noche, lleno de una desesperación pura.

De entre la nube de humo y polvo de la entrada principal, surgió una figura. Lucía caminaba lentamente, con el vestido rojo rasgado y cubierto de hollín, pero con la cabeza alta. En su mano derecha, sostenía el arma que le había arrebatado a uno de los guardias en el pasillo.

Se detuvo frente a Diego, que la miraba como si estuviera viendo a un fantasma.

—La próxima vez que me digas qué hacer en mi propia casa —dijo Lucía, su voz firme y afilada—, asegúrate de que no soy yo la que tiene el arma.

Diego se puso de pie, entregando a Mateo a su guardaespaldas de confianza. Se acercó a Lucía, la tomó del rostro con ambas manos y la besó con una ferocidad que sabía a ceniza y a vida.

—Estás loca —susurró él contra sus labios—. Eres la mujer más peligrosa que he conocido.

—Aprendo rápido de los peores —respondió ella.

De repente, un aplauso lento y sarcástico rompió el momento. Vicente, el viejo Don, apareció en el balcón superior, mirando el coche en llamas de su hijo menor y la unión de su hijo mayor con la "rata".

—Bravo, Diego —dijo Vicente—. Has salvado a la chica. Has salvado al niño. Pero has dejado que Lorenzo escape. Y Lorenzo no es un hombre que perdone una humillación.

Diego miró a su padre, luego a Lucía, y finalmente a la oscuridad donde su hermano había desaparecido.

—Lorenzo no llegará a la frontera —dijo Diego, con una frialdad que hizo que incluso Lucía se estremeciera—. Porque esta noche, Marbella ha dejado de ser su hogar. Ahora es su tumba.

Lucía mira su mano, que todavía tiembla por la adrenalina. Al bajar la vista al arma, nota algo extraño. No es la pistola de un guardia común. Tiene grabado el emblema de la familia Lozano... el cartel mexicano que los persiguió en el Capítulo 1.

Lucía se da cuenta de la verdad: La traición no es solo interna. Lorenzo no está trabajando solo; se ha aliado con los enemigos más sangrientos de México para derrocar a Diego. Y el precio de esa alianza... es la cabeza de Lucía.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App