Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl silencio que siguió a la aparición de Isabella fue más pesado que el estruendo de los disparos. Lucía sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Su hermana, la que le enseñó a trenzarse el cabello, la que se sacrificó para que Lucía escapara de México hace una década... estaba allí, vestida de cuero negro y con el frío del desierto en los ojos.
—¿Isabella? —la voz de Lucía fue un susurro roto—. Te vimos morir. Mamá lloró sobre una tumba vacía durante años.
—Mamá siempre fue una dramática, Lucía —respondió Isabella, bajando de la lancha con una elegancia letal. Dos sicarios la seguían, con los rifles apuntando directamente al corazón de Diego—. No morí. Me reclutaron. Los Lozano vieron en mí algo que tú nunca tuviste: ambición.
Diego intentó dar un paso al frente, pero el punto rojo en su frente se volvió fijo. —Si eres su hermana, sabrás que no saldrás viva de Marbella si le tocas un cabello a Mateo —gruñó Diego, su mano apretando la culata de su arma oculta.
—Oh, Diego. Tan protector, tan... previsible —Isabella sonrió, una mueca que no llegaba a sus ojos—. No vengo a matarlos. Vengo a llevarme lo que es mío por derecho de sangre. Mateo no es solo un Valdivia; es un Lozano por parte de madre. Y el Cártel necesita un heredero puro, no un mestizo criado en la debilidad de España.
Lucía abrazó a Mateo con más fuerza, sintiendo el temblor del niño contra su pecho. —¡Él no es una propiedad, Isabella! ¡Es tu sobrino! ¿Cómo puedes hacernos esto después de todo lo que pasamos?
—Pasamos hambre, Lucía. Pasamos miedo —Isabella se acercó, quedando a pocos metros. Su perfume era caro, pero bajo él, Lucía aún podía oler la pólvora—. Yo elegí el poder. Tú elegiste ser una camarera y esconderte en la sombra de un hombre que te ve como un trofeo. Dame al niño y te dejaré vivir. Quédate con tu Don, si es que todavía lo quieres después de que su familia casi los vuela en pedazos.
Lucía miró a Diego. Vio la herida en su hombro, el cansancio en sus ojos y el amor feroz que lo mantenía en pie. Luego miró a su hermana, el reflejo oscuro de lo que ella misma pudo haber sido.
—No —dijo Lucía, su voz recuperando el filo de diamante—. Mateo se queda conmigo. Y si quieres llevártelo, tendrás que terminar el trabajo que empezaron los Lozano hace diez años. Tendrás que matarme tú misma.
Isabella suspiró, un sonido lleno de una falsa lástima. —Siempre fuiste la sentimental, hermanita.
Isabella hizo una señal a sus hombres. Pero antes de que pudieran disparar, un motor rugió en el agua. No era otra lancha de los Lozano. Era la guardia costera y los refuerzos de la familia Valdivia que Diego había convocado en secreto.
—¡Fuego! —gritó Diego, lanzándose sobre Lucía y Mateo para cubrirlos.
El muelle estalló en un nuevo tiroteo. Isabella se cubrió detrás de la borda de su lancha, disparando con una puntería aterradora. Lucía, viendo una oportunidad, soltó a Mateo cerca de uno de los contenedores blindados.
—¡Quédate aquí, Mateo! ¡No te muevas!
Lucía gateó entre el fuego cruzado, recuperando el arma de su suegro caído, el bastón de plata que Vicente había soltado. No era un bastón común; al presionar un resorte oculto, una hoja de acero toledano brilló bajo la luna.
—¡ISABELLA! —gritó Lucía, corriendo hacia la lancha mientras Diego eliminaba a los sicarios que intentaban flanquearlas.
Las dos hermanas se encontraron sobre la cubierta de la lancha que empezaba a alejarse del muelle. Fue una lucha visceral, carente de la elegancia de los hombres de la mafia. Era una pelea de gatas, de sangre y resentimiento acumulado durante una década.
Isabella sacó un cuchillo táctico, cortando el hombro del vestido rojo de Lucía. Lucía respondió con un golpe seco del pomo del bastón en la mandíbula de su hermana.
—¡Tuviste una oportunidad de ser libre! —gritó Isabella, lanzando una estocada que Lucía esquivó por milímetros—. ¡Pudiste haber sido una reina en México conmigo!
—¡Prefiero ser una camarera libre que una reina en un trono de cadáveres! —respondió Lucía, logrando desarmar a Isabella con un movimiento desesperado.
Ambas cayeron al suelo de la cubierta mientras la lancha ganaba velocidad hacia el mar abierto. Diego, viendo cómo la lancha se alejaba con las dos mujeres, no lo dudó. Saltó desde el muelle, logrando agarrarse a la barandilla trasera justo cuando el motor rugía al máximo.
En la cubierta, Lucía tenía a Isabella inmovilizada, la hoja de acero rozando el cuello de su propia hermana.
—Hazlo —desafió Isabella, con una sonrisa sangrienta—. Demuéstrame que eres una de nosotros, Lucía. Mátame y conviértete en lo que más odias.
Lucía temblaba. Sus dedos apretaban el mango de plata. Podía sentir el pulso de Isabella bajo el acero.
—No —susurró Lucía—. No soy como tú.
Lucía golpeó a Isabella en la sien con la empuñadura, dejándola inconsciente. Se giró para buscar a Diego y lo vio subiendo por la borda, empapado y con la mirada de un hombre que ha regresado del infierno por su mujer.
—¿Estás bien? —preguntó Diego, jadeando, revisando cada centímetro de ella.
—Tengo al topo, Diego —dijo Lucía, señalando a su hermana—. Y tengo a Mateo a salvo en el muelle.
Diego la tomó por la nuca y la besó, un beso que sabía a sal y a victoria. Pero la alegría duró poco. El motor de la lancha empezó a fallar y un humo negro comenzó a salir de la cabina.
—Lorenzo... —dijo Diego, mirando el panel de control—. El muy infeliz no solo puso una bomba en la casa. Puso una carga secundaria en su propia lancha de huida por si alguien la robaba.
Diego mira el temporizador en la consola del capitán. Quedan treinta segundos. El mecanismo de bloqueo de las puertas se ha activado y están atrapados en la cubierta superior. Isabella está inconsciente, y el muelle está demasiado lejos para volver nadando con ella a cuestas.
Diego mira a Lucía y luego al mar oscuro. Sabe que solo uno de los dos puede saltar lo suficientemente lejos para evitar la onda expansiva de los tanques de combustible.
—"Lucía, escucha bien... dile a Mateo que su padre lo amaba más que a su propio imperio."







