Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl mundo se inclinó. El chirrido del metal contra las rocas anunció el final del camino: la camioneta blindada estaba cediendo al abismo.
—¡Mateo! ¡Dame la mano! —gritó Lucía, estirándose desesperadamente hacia el niño mientras la gravedad la empujaba hacia la puerta que colgaba sobre el vacío.
Diego no lo pensó. Ignoró el punto rojo del francotirador que bailaba sobre su hombro y se lanzó al interior del vehículo en declive. Sus botas se anclaron en el marco de la puerta. Con un rugido de esfuerzo puro, agarró a Mateo por el cinturón y lo lanzó hacia sus hombres, que esperaban fuera del radio de peligro.
—¡Ténganlo! —bramó Diego.
Pero el peso se desplazó. La camioneta se sacudió violentamente. Lucía resbaló, sus dedos perdiendo tracción en el cuero del asiento.
—¡Diego! —El grito de Lucía fue puro instinto. El odio había sido reemplazado por el terror más primario.
Diego se arrojó hacia adelante, atrapando la muñeca de Lucía justo cuando el vehículo se deslizaba otros treinta centímetros. Sus ojos se encontraron. En ese segundo de muerte inminente, no había mentiras. Había una posesividad tan feroz que asustaba más que la caída.
—Te tengo —gruñó él, con los dientes apretados—. No te vas a librar de mí tan fácil, Lucía.
Con un tirón brutal que amenazaba con dislocarle el hombro, Diego la arrastró hacia fuera, rodando con ella por el suelo de grava justo cuando la camioneta caía al vacío, estallando en una bola de fuego cientos de metros más abajo.
El estruendo de la explosión fue opacado por un segundo disparo del francotirador. La bala impactó en el hombro de Diego. Él ni siquiera gimió; solo se giró, cubriendo el cuerpo de Lucía con el suyo, protegiéndola de la metralla y de los tiradores.
—Estás herido —susurró Lucía, viendo la mancha roja expandirse por la seda de su camisa.
—Es solo sangre, reina —respondió él, con una sonrisa fría y letal—. He derramado más por mucho menos.
Sus hombres respondieron al fuego, neutralizando la amenaza en los riscos. Diego se puso de pie con esfuerzo, arrastrando a Lucía con él. No la soltó. Sus dedos se cerraron alrededor de su brazo como grilletes de hierro.
—Al helicóptero. Ahora.
Diez minutos después, el ruido de las hélices era lo único que llenaba el aire. Dentro del jet privado de la familia Valdivia, el caos de México parecía un sueño lejano. Pero para Lucía, la verdadera pesadilla estaba empezando.
El jet era una oda al exceso: cuero crema, acabados en madera de nogal y una iluminación tenue que hacía que Diego pareciera un dios oscuro herido en su trono.
Mateo se había quedado dormido por el agotamiento emocional en uno de los sofás cama del fondo. Lucía lo observaba, sintiéndose pequeña en aquel palacio volador.
Diego estaba sentado frente a ella. Se había quitado el saco y la camisa estaba abierta, dejando ver el vendaje improvisado en su hombro. El aire acondicionado del avión no lograba enfriar la tensión entre ellos.
—¿A dónde nos llevas, Diego? —preguntó Lucía, su lengua recuperando su filo ahora que el peligro de muerte había pasado.
—A Marbella. A mi casa. A tu casa.
—Esa no es mi casa. Es tu fortaleza. Yo tengo una vida, Diego. Tengo un trabajo, tengo amigos...
—Tenías —la interrumpió él, sirviéndose un whisky con la mano derecha, la que no estaba herida—. Ahora tienes una protección que el dinero no puede comprar. Y tienes un hijo que necesita heredar un imperio, no servir mesas en un pueblo que se desmorona.
Lucía se levantó, caminando hacia él hasta quedar a pocos centímetros. El olor a hierro y perfume caro la mareó. —No puedes comprarnos. No soy una de tus empresas.
Diego dejó el vaso de cristal y se puso de pie, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. A pesar de la herida, su presencia era abrumadora.
—No te compré, Lucía. Te reclamé. Hay una diferencia —él bajó la voz, volviéndose peligrosamente suave—. Intentaste ocultarme lo más valioso que tengo. Mi propio hijo. ¿Sabes lo que le hago a la gente que me roba?
—Yo no te robé nada. Te salvé de ti mismo —siseó ella—. No quería que Mateo creciera con las manos manchadas de sangre como las tuyas.
Diego la tomó por la cintura, acercándola tanto que sus cuerpos se sellaron. Lucía pudo sentir el calor de su piel y la dureza de su determinación.
—Demasiado tarde. Lleva mi apellido. Lleva mi cara. Y tú... —él deslizó su mano por la espalda de ella, una caricia que era a la vez una promesa y una amenaza—, tú llevas mi marca en tu memoria. No importa cuántos años pasen, sé que todavía sientes lo mismo cuando te toco.
Lucía quiso golpearlo, pero su cuerpo la traicionó. Un escalofrío recorrió su columna. —Te odio, Diego Valdivia.
Él se inclinó, rozando sus labios con los de ella, sin llegar a besarlos, torturándola con la cercanía. —Ódiame todo lo que quieras, mi vida. Pero lo harás desde mi cama.
Justo en ese momento, la puerta de la cabina de comunicación se abrió. El rostro del guardaespaldas principal estaba pálido.
—Señor... tenemos un problema. No somos los únicos que sabían que Lucía estaba en México. Su padre... el Don... acaba de aterrizar en Marbella.
El rostro de Diego se transformó en una máscara de piedra. La mano que sostenía a Lucía se tensó tanto que dolió.
—Él no debería saberlo todavía —gruñó Diego.
—Él no solo lo sabe, señor —añadió el hombre—. Ha enviado un mensaje. Dice que el niño es propiedad del Clan, y que Lucía... no está invitada a entrar en la mansión.







