Chapter 5

Lucía guardó la fotografía en el bolsillo de su bata, sintiendo que el papel quemaba contra su piel. Lorenzo. El hermano menor de Diego, el hombre que siempre la había mirado como si fuera un estorbo en el camino hacia la fortuna familiar.

La noche de la cena de gala llegó con una atmósfera cargada de presagios. El vestido que Diego había elegido era de seda color sangre, con la espalda descubierta y un corte que desafiaba la gravedad. Al ponerse el collar de diamantes, Lucía sintió que se ponía una armadura de cristal.

Cuando bajó la gran escalinata de mármol, el murmullo de los capitanes de la mafia y sus esposas se extinguió. Diego la esperaba al final de los escalones. Estaba impecable en un esmoquin negro, pero su mirada, cuando se posó en ella, no fue de admiración. Fue de hambre.

—Te dije que parecías una reina —susurró él al oído de ella, rodeando su cintura con una mano que reclamaba propiedad absoluta ante los cincuenta hombres armados en el salón—. Pero te equivocaste en algo, Lucía. No te ves como una reina. Te ves como un pecado que estoy dispuesto a cometer una y otra vez.

—Suéltame, Diego. Hay demasiados ojos —siseó ella, manteniendo una sonrisa gélida para la galería.

—Que miren. Que sepan que el que te toque, muere.

La cena transcurrió bajo una cortesía tensa, hasta que las puertas dobles del comedor se abrieron de par en par. Un hombre más joven que Diego, con una sonrisa cínica y ojos que bailaban con una locura contenida, entró sin ser anunciado.

—Llego tarde, ¿verdad? Siempre me pierdo las reuniones familiares —dijo Lorenzo Valdivia, extendiendo los brazos.

Diego se tensó de tal manera que Lucía temió que rompiera la copa de cristal que sostenía. —Lorenzo. Creía que estabas ocupado "limpiando" nuestras rutas en Sicilia.

—Oh, las rutas están limpias, hermano. Pero me enteré de que habías encontrado un tesoro perdido en México... y no pude evitar venir a dar la bienvenida a la cuñada.

Lorenzo se acercó a la mesa y, antes de que Diego pudiera reaccionar, tomó la mano de Lucía y depositó un beso prolongado en sus nudillos. Sus ojos se clavaron en los de ella, y Lucía vio en ellos la misma promesa de muerte que había en la foto de su habitación.

—Estás radiante, Lucía. El aire de Marbella te sienta mejor que el polvo de las cantinas, ¿no crees? —dijo Lorenzo, con una voz cargada de doble sentido.

—El polvo es más limpio que algunas personas que he conocido aquí —respondió ella, retirando su mano con brusquedad.

Lorenzo soltó una carcajada que erizó la piel de todos los presentes. Se sentó a la derecha de su padre, Vicente, y durante toda la noche, sus ojos no abandonaron a Lucía.

Después de la cena, Diego fue arrastrado a una reunión privada en el despacho con los capitanes más antiguos. Lucía aprovechó el momento para escabullirse hacia el jardín, necesitando el aire del Mediterráneo para disipar el olor a traición.

No llegó muy lejos.

—Es un collar precioso —dijo la voz de Lorenzo desde las sombras de un gran olivo—. Pero los diamantes no detienen las balas, Lucía.

Lucía se giró, con el corazón martilleando. —Sé que fuiste tú, Lorenzo. Sé que enviaste la foto. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Poder?

Lorenzo dio un paso hacia la luz de la luna. Se veía tan parecido a Diego, pero con una oscuridad retorcida en el alma. —Quiero ver arder a mi hermano. Y tú eres la cerilla perfecta. Diego cree que te ha salvado, pero solo te ha traído al matadero. Mi padre quiere al niño, no a ti. Y yo... yo solo quiero el caos.

Él se acercó, atrapándola contra una columna de piedra. —Si quieres salir viva de aquí con Mateo, tendrás que jugar mi juego. Diego te ve como un trofeo; yo te veo como la llave para derrocarlo. Ayúdame a demostrar que él es débil por tu culpa, y te dejaré escapar.

—Prefiero morir a ayudarte —escupió ella.

—¿Y prefieres que Mateo muera también? —Lorenzo sonrió, sacando un pequeño control remoto de su bolsillo—. He plantado algo en el ala este. Algo que hace boom si Diego no firma su renuncia mañana por la mañana.

Lucía sintió que el mundo se detenía. Pero antes de que pudiera gritar, la mano de Diego apareció desde la oscuridad, agarrando a Lorenzo por el cuello y estrellándolo contra la columna con una violencia animal.

—Te advertí, hermano —gruñó Diego, su rostro convertido en la máscara de un demonio—. Te advertí que no la tocaras.

—¡Espera, Diego! —gritó Lucía, viendo cómo Diego sacaba su arma y la presionaba contra la frente de su hermano—. ¡Tiene algo en el ala este! ¡Donde está Mateo!

Diego se congeló. Sus ojos saltaron de la cara ensangrentada de su hermano a la habitación de su hijo, en lo alto de la mansión.

En ese instante, una pequeña luz roja empezó a parpadear en el reloj de Lorenzo.

—Tictac, hermano mayor —sangró Lorenzo por la boca, sonriendo—. Tictac.

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