El caos era una melodía que Diego Valdivia dominaba a la perfección. Mientras el cristal de las ventanas seguía lloviendo sobre ellos, él no se inmutó. Su cuerpo era un escudo de músculo y seda italiana sobre Lucía y Mateo.—¡Cúbrelos! —rugió Diego a sus hombres, su voz cortando el estruendo de los disparos de los Lozano.Lucía sentía el corazón de Diego latiendo contra su espalda, un ritmo salvaje y constante. Quería apartarse, quería gritarle que todo esto era su culpa, pero el miedo por Mateo la mantenía inmóvil.—Tengo que sacar a mi hijo de aquí —jadeó Lucía, su voz quebrada por el pánico.Diego se giró hacia ella, sus ojos grises brillando con una intensidad depredadora. Con una mano, sacó su pistola; con la otra, tomó el rostro de Lucía, obligándola a mirarlo.—Escúchame bien, Lucía. No dejaré que le toquen un solo cabello. Pero si quieres que salgamos vivos, vas a hacer exactamente lo que te diga. ¿Entendido?—No recibo órdenes de ti —escupió ella, incluso con el sabor a pólvo
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