Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl jet privado tocó la pista de aterrizaje en Málaga con una suavidad que contrastaba con la tormenta que rugía dentro de Lucía. Marbella la recibió con su característico olor a mar y a flores de azahar, un aroma que ella había asociado con la muerte durante cinco años.
Diego no había vuelto a soltar su mano desde que recibieron el mensaje de su padre. Su agarre no era tierno; era el de un carcelero que no piensa perder su trofeo más valioso.
—Diego, si tu padre está ahí... —empezó Lucía, mientras bajaban por la escalerilla del avión.
—Mi padre es el pasado, Lucía —la interrumpió él, con los ojos fijos en la hilera de coches negros que los esperaban—. Yo soy el presente. Y nadie, ni siquiera el hombre que me dio la vida, dicta quién entra en mi casa.
Mateo caminaba al lado de ellos, adormilado y confundido, aferrado a la mano de su madre. Al llegar a la mansión —una fortaleza de mármol blanco situada en lo alto de la colina—, el aire se volvió gélido.
En la entrada principal, flanqueado por guardias armados, estaba Vicente Valdivia. El "Viejo Don". Sus ojos eran dos pozos de odio que se clavaron de inmediato en Lucía.
—Has traído una rata a nuestro palacio, Diego —dijo la voz ronca de Vicente, rompiendo el silencio de la noche.
—He traído a mi mujer y a mi heredero —respondió Diego, dando un paso al frente y colocando a Lucía y a Mateo detrás de su espalda. Un movimiento puramente alfa, puramente protector.
—Esa mujer es un cabo suelto —siseó Vicente, ignorando a su hijo y mirando directamente a Lucía—. Una mancha en nuestro linaje que debí haber limpiado hace cinco años. ¿Y ese niño? ¿Cómo sé que es un Valdivia?
Lucía sintió que la sangre le hervía. El miedo que la había paralizado en el avión se transformó en una furia incandescente. Salió de detrás de Diego, enfrentándose al anciano que la miraba con asco.
—El niño tiene más honor en su dedo meñique de lo que usted tendrá en toda su vida, Don Vicente —escupió Lucía, su lengua afilada golpeando como un látigo—. No me importa su linaje ni su dinero. Si por mí fuera, Mateo nunca sabría que lleva su sangre podrida.
Un silencio sepulcral cayó sobre la entrada. Los guardias evitaron mirar a Vicente, sabiendo que nadie hablaba así al patriarca y sobrevivía.
Vicente levantó su bastón de plata, su rostro enrojeciendo de ira. —¿Te atreves a levantarme la voz en mi propia casa?
—Ya no es tu casa, padre —intervino Diego. El tono de su voz bajó varios grados, volviéndose una amenaza palpable. Se colocó frente a Vicente, superándolo en altura y en aura de poder—. Te permito vivir aquí por respeto a la sangre. Pero si vuelves a amenazar a Lucía, o si vuelves a dudar de mi hijo, te olvidaré. Te enviaré a la finca de la montaña y morirás solo.
Vicente retrocedió un paso, sorprendido por la rebelión total de su hijo. —¿Prefieres a una camarera de pueblo por encima de tu familia?
Diego se giró y tomó a Lucía por la nuca, atrayéndola hacia él en un gesto de posesión absoluta ante los ojos de todos. —Ella es mi familia. Ahora, apártate.
Entraron en la mansión, dejando al viejo Don rumiando su venganza en la oscuridad. Diego guio a Lucía y a Mateo hasta el ala este, la zona más privada y protegida de la propiedad.
Al llegar a la suite principal, Diego cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, cerrando los ojos por un segundo. La fatiga y el dolor de su herida finalmente empezaban a pasarle factura.
—Gracias —susurró Lucía, aunque le costaba decir la palabra.
Diego abrió los ojos, su mirada recorriendo el cuerpo de Lucía con un hambre que la hizo retroceder hasta chocar con la cama de dosel. —No lo hice por ti, Lucía. Lo hice por lo que es mío. Y no pienses que por haberte defendido de él, te he perdonado.
—No necesito tu perdón —respondió ella, recuperando su orgullo—. Necesito mi libertad.
Diego se acercó a ella, atrapándola entre sus brazos y el poste de la cama. El aroma a peligro y deseo volvió a invadir sus sentidos. —En esta casa, tu libertad tiene un nombre: Diego. Harás lo que yo diga, comerás cuando yo diga y dormirás donde yo diga.
—¿Y si me niego? —desafió ella, con la respiración entrecortada.
—Entonces aprenderás que mi padre es un santo comparado con lo que yo puedo ser cuando me provocan —él bajó la mano hasta su cintura, apretando con fuerza—. Mañana habrá una cena formal. Vendrán todos los capitanes de la costa. Les presentaré a mi heredero. Y tú... tú te pondrás el vestido que he dejado en el vestidor y actuarás como la Reina que eres. O te aseguro que Mateo pasará la noche en una habitación diferente a la tuya.
Lucía sintió un escalofrío. Usar a Mateo era el golpe más bajo. —Eres un cobarde, Diego.
—Soy un hombre que protege lo que ama con los métodos que conoce —él se inclinó y le dio un beso corto, casi violento, en los labios—. Prepárate. El nido de víboras no ha hecho más que abrir la boca.
Cuando Diego salió de la habitación para que ella descansara, Lucía se acercó al vestidor. Sobre la mesa de mármol, no había un vestido. Había una caja con una nota y un collar de diamantes que parecía una soga de lujo.
La nota decía: "Lúcelos mañana. Quiero que todos sepan cuánto me costó recuperarte."
Lucía abrió la caja, pero lo que encontró dentro no fueron solo diamantes. Había un pequeño sobre blanco escondido en el fondo.







