El segundero del panel de control de la lancha gritaba en el silencio del mar. 00:15.
—¡No, Diego! ¡No te atrevas! —el grito de Lucía fue un desgarro en la noche.
Diego la sujetó por los hombros, sus manos manchadas de pólvora y sangre apretando con una ternura desesperada. Sus ojos grises, antes fríos como el acero de Marbella, estaban empañados.
—Lucía, mírame —gruñó él, obligándola a sostenerle la mirada mientras el humo negro envolvía la cubierta—. Isabella está inconsciente. Si saltamos lo