Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl segundero del panel de control de la lancha gritaba en el silencio del mar. 00:15.
—¡No, Diego! ¡No te atrevas! —el grito de Lucía fue un desgarro en la noche.
Diego la sujetó por los hombros, sus manos manchadas de pólvora y sangre apretando con una ternura desesperada. Sus ojos grises, antes fríos como el acero de Marbella, estaban empañados.
—Lucía, mírame —gruñó él, obligándola a sostenerle la mirada mientras el humo negro envolvía la cubierta—. Isabella está inconsciente. Si saltamos los tres, nadie llegará lo suficientemente lejos. La explosión nos alcanzará en el agua.
—¡Entonces moriremos juntos! —sollozó ella, intentando zafarse.
—No. Mateo te necesita viva. Él necesita a su madre, no a un mártir —Diego le dio un beso corto, feroz, que sabía a despedida y a una promesa eterna—. Yo causé esto. Yo traje este mundo a tu puerta. Es hora de que el Don de los Valdivia pague su deuda.
00:08.
Sin darle tiempo a protestar, Diego alzó a Lucía en vilo. Con una fuerza nacida de la agonía, la lanzó por la borda, lejos de la estructura metálica. Lucía cayó al agua helada del Mediterráneo, hundiéndose por un segundo antes de emerger jadeando, viendo la silueta de Diego recortada contra el resplandor de los tanques de combustible.
Vio a Diego arrastrar el cuerpo de su hermana, Isabella, hacia la balsa de salvamento manual en el extremo opuesto.
00:03.
—¡DIEGO! —el grito de Lucía fue ahogado por una explosión ensordecedora.
El cielo de Marbella se tiñó de un naranja infernal. La lancha de los Lozano se convirtió en una bola de fuego que iluminó los yates de lujo y las aguas oscuras. La onda expansiva golpeó a Lucía, empujándola bajo la superficie.
Silencio. Un silencio absoluto y gélido.
Lucía nadó hacia arriba, sus pulmones ardiendo. Al salir a la superficie, solo vio restos de madera carbonizada y manchas de aceite ardiendo sobre las olas. No había rastro de la balsa. No había rastro de Diego.
—¡Diego! —llamó ella, girando en círculos mientras las lágrimas se mezclaban con el agua salada—. ¡Por favor, contéstame!
Minutos que parecieron siglos pasaron hasta que una lancha de la guardia costera, seguida por los hombres leales de los Valdivia, llegó al lugar. Uno de los guardias la subió a bordo. Lucía estaba en estado de shock, con la mirada fija en el lugar donde la lancha había desaparecido.
—Señora... —dijo el guardia, señalando hacia unos metros a la derecha—. Mire.
De entre la bruma del humo, una balsa de goma medio desinflada flotaba a la deriva. Sobre ella, Isabella tosía sangre, viva pero encadenada a la estructura. Y al lado, aferrado a una de las cuerdas, un hombre luchaba por mantenerse a flote.
Era Diego. Su rostro estaba cubierto de hollín, su camisa hecha jirones, pero sus ojos buscaban frenéticamente en la cubierta del barco de rescate.
—¡Súbanlo! ¡Rápido! —gritó Lucía, lanzándose hacia la borda.
Cuando Diego tocó la cubierta, colapsó por el agotamiento. Lucía se arrojó sobre él, envolviéndolo en un abrazo que intentaba soldar sus pedazos rotos.
—Estás vivo... estás vivo, estúpido —sollozaba ella contra su cuello.
Diego dejó escapar una risa débil y ronca, devolviéndole el abrazo con la poca fuerza que le quedaba. —Te dije... que no te librarías de mí tan fácil, reina. Alguien tiene que enseñarle a Mateo a disparar... y a tratar a una mujer mejor de lo que yo lo hice.
Seis meses después.
El sol de Marbella brillaba sobre la terraza de la mansión Valdivia. Pero ya no era una fortaleza de sombras. Las paredes de mármol habían sido suavizadas con jardines de flores blancas, y el viejo Don, Vicente, era solo un retrato en el pasillo que nadie miraba.
Isabella había sido enviada a una prisión de máxima seguridad en el extranjero, custodiada por hombres que Diego controlaba. Lorenzo era solo un recuerdo amargo en el fondo del mar.
Lucía bajó las escaleras, vestida con un traje blanco impecable. Se detuvo a observar a Mateo, quien corría por el jardín con un cachorro de pastor alemán, riendo con una pureza que ningún arma podría comprar.
Diego apareció detrás de ella, rodeándole la cintura con sus brazos. Sus manos, antes herramientas de muerte, ahora se sentían como un refugio.
—Los capitanes están esperando en el salón —susurró Diego en su oído—. Quieren saber si la "Nueva Reina" ha aprobado el tratado de paz con las familias del norte.
Lucía se giró en sus brazos, ajustándole la corbata con una sonrisa astuta. —Diles que la Reina ha decidido que no habrá más sangre en las calles de Marbella. Si quieren comerciar, lo harán bajo mis reglas: educación para sus hijos y hospitales en sus barrios. Si no les gusta... bueno, todavía recuerdo cómo usar ese bastón de plata.
Diego soltó una carcajada, besando su frente con una devoción que rozaba lo sagrado. —Eres más peligrosa que mi padre y Lorenzo juntos.
—No, Diego —respondió ella, tomando su mano y entrelazando sus dedos—. Soy simplemente una madre que no piensa volver a huir.
Caminaron juntos hacia el salón, donde los hombres más poderosos de Europa los esperaban. Ya no era una relación de "Don y prisionera". Era una alianza. Un imperio construido no solo sobre el miedo, sino sobre la lealtad de una mujer que había cruzado el infierno para salvar a su sangre.
Mientras las puertas dobles se abrían, Lucía miró a Diego una última vez. —¿Listo, Don Valdivia?
Diego sonrió, con la mirada fija en el horizonte donde el sol se ponía sobre el mar que casi lo reclama. —Después de ti, mi vida. Siempre después de ti.







