Mundo ficciónIniciar sesión"Hace tres años, Liam Klein me lanzó los papeles del divorcio a la cara mientras me llamaba 'un error insignificante'. Me dejó sin nada, sola y humillada mientras él se lucía con su amante. Pero Liam cometió un error fatal: no destruyó a Marta Wetsler, le dio una razón para renacer. Hoy he vuelto. No soy la esposa sumisa que él recuerda, sino la nueva Directora de Inversiones que tiene el poder de hundir o salvar el imperio Klein. Liam no me reconoce, y ha caído rendido ante mi nueva identidad, obsesionado por conquistarme. El juego ha cambiado. Ahora soy yo quien tiene el control, y el poderoso CEO que una vez me rechazó, tendrá que aprender a rogar por una sola de mis miradas. ¿Podrá el odio transformarse en amor, o la venganza será mi único destino?"
Leer más—Firma de una vez, Marta. No nos hagas perder más tiempo a ninguno de los dos.
La voz de Liam Klein era tan fría como el acero de los rascacielos que conformaban su imperio. Ni siquiera se dignó a levantar la vista de su tableta. Estaba sentado tras su escritorio de caoba, impecable en su traje de tres piezas, luciendo cada centímetro como el hombre más poderoso de la ciudad. Frente a él, mis manos temblaban tanto que temía que la pluma se me escapara de los dedos. El papel sobre la mesa parecía burlarse de mí. "Acuerdo de Divorcio". Tres palabras que borraban tres años de mi vida. —Liam, hoy es nuestro aniversario... —susurré, con la voz quebrada—. Te preparé una cena, yo... pensé que lo estábamos intentando. Por fin, Liam levantó la vista. Sus ojos grises, que alguna vez creí ver brillar con ternura, estaban gélidos. No había rastro de afecto, solo una impaciencia punzante. —¿Intentándolo? —Soltó una risa seca que me dolió más que un bofetón—. Marta, lo nuestro fue una transacción. Mi abuelo quería que me casara para heredar y tú necesitabas pagar las deudas médicas de tu madre. El trato se cumplió. Ella murió hace seis meses, y mi abuelo ya no está para vigilarme. No hay razón para seguir con esta farsa. El aire se escapó de mis pulmones. Sabía que nuestro matrimonio no había empezado por amor, pero yo me había esforzado. Había sido la esposa perfecta, lo había esperado cada noche, había cuidado de él en sus peores momentos de estrés. Me había enamorado perdidamente del hombre detrás del monstruo corporativo. —Pero yo te amo, Liam —dije, dejando caer la última pizca de mi orgullo. En ese momento, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Una mujer alta, de piernas interminables y vestida con un traje rojo que gritaba "diseñador", entró con una sonrisa triunfal. Era Elena Vance, la heredera de la competencia y la mujer con la que los tabloides lo habían vinculado durante semanas. —¿Todavía no terminas, Liam? —preguntó Elena, acercándose a él para posar una mano posesiva sobre su hombro—. El jet sale en una hora hacia las Maldivas. No querrás que perdamos nuestra reserva. Liam suavizó su expresión al verla, un gesto que jamás me dedicó a mí. Luego, volvió a mirarme con desprecio. —Firma, Marta. No te daré nada más que el pago inicial que acordamos. Te vas con lo puesto. Considera que mi paciencia tiene un límite. —Me estás echando a la calle... sin nada —dije, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas. —Fuiste un error insignificante en mi vida, Marta Wetsler —sentenció él, volviendo a su tono gélido—. Una distracción útil, pero aburrida. Ahora, lárgate. Mi abogado te enviará el resto de tus cosas en bolsas de basura a la pensión donde decidas caerte muerta. Con el corazón hecho pedazos, firmé. El sonido de la pluma contra el papel fue el funeral de mi antigua yo. Me levanté, sintiendo la mirada burlona de Elena y la indiferencia absoluta de Liam. Caminé hacia la puerta, pero antes de salir, me detuve. No miré atrás, pero mi voz ya no temblaba. El dolor se había congelado, convirtiéndose en algo sólido, pesado y afilado: determinación. —Un error insignificante, ¿verdad? —repetí en un susurro—. Recuerda esas palabras, Liam Klein. Porque algún día, ese error será lo único que desees tener y lo único que no podrás comprar con todo tu dinero. Liam ni siquiera respondió. Ya estaba riendo de algo que Elena le decía al oído. Salí de la Torre Klein bajo una lluvia torrencial. No tenía paraguas, ni dinero para un taxi, ni un lugar a donde ir. Mientras el agua helada empapaba mi ropa barata, apreté los puños. El dolor de la traición quemaba en mi pecho, pero la humillación quemaba más fuerte. —Marta Wetsler murió en esa oficina —me dije a mí misma, mientras veía las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas—. Algún día, Liam, estarás de rodillas. Y ese día, yo seré quien te mire desde arriba. No sabía cómo, ni cuándo, pero me juré que el apellido Klein no volvería a ser mi cadena, sino mi trofeo de caza. Empecé a caminar, dejando atrás la vida de la esposa sumisa. El renacimiento de Marta Wetsler acababa de comenzar.Llegamos a las afueras de lo que alguna vez fue una próspera capital provincial. El aire aquí no olía a pino, sino a una mezcla rancia de ozono y plástico quemado. Liam caminaba con el fusil en bandolera, su mano siempre cerca del cuchillo de combate, mientras Marcus cubría nuestra retaguardia, moviéndose entre los esqueletos de coches oxidados que bordeaban la autopista.A medida que nos acercábamos a la silueta de la Nueva Bizancio, un zumbido empezó a vibrar en mis dientes. No era la sintonía orgánica de la Sinfonía, era algo mecánico, agresivo, una frecuencia discordante que hacía que el aire pareciera temblar.—¿Escuchan eso? —preguntó Liam, deteniéndose y frotándose las sienes con dolor.—No escucho nada, Liam —respondió Marcus, aunque su rostro estaba pálido y sus movimientos se habían vuelto torpes—. Pero siento que el cerebro se me va a derretir.—Es el Muro de Ruido —dije, cerrando los ojos.Frente a nosotros, aunque el aire parecía despejado, vi con mi "visión de datos" una
El humo de la casona se había disipado hacía semanas, dejando solo un esqueleto de piedra negra y vigas carbonizadas que la nieve de primavera se esforzaba por ocultar. Vivíamos en una pequeña cabaña cerca del río, una estructura de piedra que Liam y Marcus habían rehabilitado con sus propias manos. No había pantallas, no había zumbidos, solo el sonido del agua y el crujir de la madera en el hogar.Sin embargo, mi "sintonía" —aunque despojada de su conexión con la red— se había transformado en algo distinto: un instinto agudo para detectar la intención humana. Y esa mañana, la intención que subía por el sendero del sur olía a incienso y a metal oxidado.—Vienen tres —dije, sin levantar la vista del pan que estaba amasando. Liam, que limpiaba su hacha en el porche, se tensó de inmediato—. No son soldados, Liam. Caminan con un ritmo ceremonial.Liam se puso en pie, su mirada escaneando el bosque. Marcus apareció desde el establo, con su ballesta mecánica en la mano. Minutos después, tre
El camino de regreso al pueblo fue un descenso a través de un cementerio de cuarzo. Los árboles, antes cubiertos de un polen eléctrico, ahora dejaban caer escamas de sílice inerte que crujían bajo nuestras botas como vidrio roto. El cielo de los Pirineos recuperaba su azul profundo, libre de auroras artificiales, pero el silencio que nos rodeaba era distinto al del invierno; era un silencio de posguerra, pesado y expectante.Liam caminaba a mi lado, su brazo rodeando mis hombros como si temiera que, en cualquier momento, yo pudiera disolverme en una nueva frecuencia. Su fusil colgaba de su espalda, una reliquia de un mundo que ya no necesitaba balas, sino reconstrucción.—Lo has hecho, Marta —susurró Liam, deteniéndose frente al arco de entrada de Sant Llorenç—. Has devuelto el silencio a sus mentes. Mira sus ojos.Los aldeanos estaban en la plaza, barriendo el polvo púrpura de sus umbrales. Al vernos llegar, no hubo vítores ni abucheos; solo un respeto sobrio, una mirada compartida d
El silencio que siguió al disparo de Liam fue más aterrador que cualquier estruendo. El cuerpo de mi marido yacía inerte contra el muro de cuarzo, una mancha de sangre humana ensuciando la perfección estéril de la Ciudad de Cristal. Sentí cómo las fibras púrpuras trepaban por mis muslos, ascendiendo por mi columna con una calidez eléctrica que prometía el fin de todo dolor y toda soledad.—¡Detente! —grité, mi voz resonando en la cúpula de cristal—. ¡Me conectaré! ¡Acepto el nexo! Pero déjalo vivir. Sácalo de la frecuencia. Si muere, mi mente se incendiará de odio y quemaré tu red desde adentro.La vibración de la ciudad cambió. La nota aguda y agresiva descendió a un ronroneo de satisfacción mecánica. Las fibras que asfixiaban a Liam se retrajeron, soltándolo en el suelo frío. Elias, con los ojos inyectados en un violeta agónico, me miró con una mezcla de gratitud y horror.—No sabes lo que haces, Leona —susurró el Alquimista, mientras los filamentos se desprendían de su espalda, dej
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