Mundo ficciónIniciar sesiónTres años después.
El Aeropuerto Internacional de la ciudad nunca se había sentido tan pequeño. Bajé del jet privado con una elegancia que habría dejado sin aliento a la Marta del pasado. Mis tacones de aguja de diseñador resonaban contra el suelo de mármol, un sonido rítmico, firme y lleno de propósito. Ya no era la mujer que caminaba encogida, tratando de no ocupar espacio. Ahora, el espacio me pertenecía. Me ajusté las gafas de sol oscuras y acomodé mi bolso Hermès. A mi lado, mi asistente personal, Marcus, revisaba una tableta con eficiencia militar. —Señora Wetsler, el coche la espera fuera. Tenemos la reunión con el consejo de administración del Grupo Inversor Global en una hora. Y, tal como solicitó, ya tenemos el informe financiero actualizado sobre Industrias Klein. Al escuchar ese apellido, una pequeña chispa de fuego frío se encendió en mi pecho. No era odio ciego, era algo mucho más refinado: era la paciencia de un cazador. —¿Cómo están sus números, Marcus? —pregunté, mientras caminábamos hacia la salida VIP. —Desastrosos, señora. Desde que perdieron la licitación en Europa el año pasado, sus acciones han caído un veinte por ciento. Están desesperados por una inyección de capital. Literalmente, están buscando un milagro. Sonreí para mis adentros. —Perfecto. Yo seré su milagro... y su peor pesadilla. Durante los últimos tres años, mi vida había sido un torbellino de trabajo incansable, noches sin dormir y estudios profundos en el extranjero. Tras el divorcio, descubrí que mi madre me había dejado una propiedad olvidada en una zona minera que, tras una nueva prospección, resultó valer una fortuna. No vendí el terreno; lo usé como palanca para construir un imperio. Me rodeé de los mejores, aprendí los secretos de los tiburones financieros y transformé cada gramo de mi dolor en oro. Marta Klein, la esposa sumisa y aburrida, había muerto de hipotermia bajo la lluvia aquella noche de hace tres años. La mujer que regresaba hoy era Marta Wetsler, la "Dama de Hierro" de las inversiones internacionales. Subí a la limusina negra que me esperaba. Mientras recorríamos las calles de la ciudad que una vez me dio la espalda, miré por la ventana. Pasamos frente a la Torre Klein. Seguía siendo imponente, pero ahora, desde mi perspectiva, parecía un castillo de naipes a punto de desplomarse. —La reunión de hoy es con los directivos de Industrias Klein, ¿cierto? —confirmé, quitándome las gafas. —Así es. El mismo Liam Klein presidirá la mesa. Cree que se reunirá con el representante del fondo suizo, no sabe que usted es la propietaria mayoritaria. —Excelente. Quiero ver su cara cuando la "distracción aburrida" entre por esa puerta. Llegamos al edificio. Al entrar en el vestíbulo, los empleados se detenían a mirar. Mi presencia exigía atención. Subimos en el ascensor privado, el mismo donde tres años atrás yo lloraba en silencio mientras Liam me echaba de su vida. Esta vez, mi reflejo en el espejo del ascensor me devolvió la mirada de una reina. Las puertas se abrieron en el piso 50. La secretaria, una chica nueva que no me conocía, me recibió con una reverencia nerviosa. —Señora Wetsler, la están esperando en la sala de juntas. El señor Klein está... un poco impaciente. —Él siempre lo está —respondí con frialdad. Caminé hacia las grandes puertas dobles. Marcus las abrió de par en par. La sala estaba llena de hombres trajeados que hablaban en voz baja, con rostros tensos. En la cabecera, de espaldas a la puerta y mirando por el ventanal, estaba él. Liam Klein. Sus hombros se veían un poco más cargados que antes, pero su aura de arrogancia seguía intacta. —Llegan tarde —dijo Liam sin darse la vuelta, su voz seguía siendo ese barítono profundo que una vez amé—. Espero que el fondo suizo tenga una oferta mejor que su puntualidad, porque mi tiempo vale millones. —Tu tiempo, Liam, ahora me pertenece a mí —dije con voz clara y cortante. Liam se tensó visiblemente al escuchar mi voz. Se quedó paralizado un segundo antes de girar lentamente la silla. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, el color huyó de su rostro. Sus labios se abrieron ligeramente, pero no salió ningún sonido. —¿Marta? —susurró, con una mezcla de shock y confusión absoluta. Me senté en el extremo opuesto de la mesa, crucé las piernas con elegancia y coloqué mi carpeta sobre la mesa. —Para ti, soy la Señora Wetsler, Directora de Inversiones de GIG —lo miré fijamente, disfrutando de su desconcierto—. Y he venido a decidir si Industrias Klein merece ser salvada... o si simplemente voy a comprar sus cenizas. El silencio en la sala era tan espeso que se podía cortar. El hombre que una vez me llamó "error insignificante" ahora me miraba como si estuviera viendo a un fantasma poderoso. El juego apenas comenzaba.






