El precio de tu arrogancia

El silencio en la sala de juntas era tan denso que podía sentirse el peso de cada respiración. Los directivos de Industrias Klein intercambiaban miradas de puro terror. No entendían qué estaba pasando, pero ver a su jefe, el imperturbable Liam Klein, pálido y sin habla, era suficiente para saber que el barco se hundía.

—¿Marta? No puede ser... tú estabas... —Liam balbuceó, perdiendo por completo la compostura que tanto lo caracterizaba.

—¿Muerta? ¿En la miseria? —lo interrumpí con una sonrisa gélida, mientras abría mi tableta con calma—. Lamento decepcionarte, Liam. Pero como bien dijiste hace tres años, fui una "distracción". Aproveché ese tiempo para aprender cómo funcionan los tiburones de verdad. Y resulta que aprendo rápido.

Marcus, a mi lado, repartió unas carpetas negras con el sello dorado de mi firma.

—Señores —dijo Marcus con voz firme—, la Señora Wetsler ha adquirido el 35% de la deuda convertible de Industrias Klein en el mercado secundario. Eso nos da el derecho de veto sobre cualquier decisión financiera que tomen a partir de este segundo.

Liam golpeó la mesa con el puño, recuperando un poco de su fuego, aunque ahora era un fuego desesperado.

—¡Esto es una emboscada! No pueden entrar aquí y pretender que son los dueños. ¡Este es mi imperio!

Me levanté lentamente, apoyando mis manos sobre la mesa y me incliné hacia él. El perfume caro que llevaba puesto llenó el espacio entre nosotros, un aroma que Liam reconoció, pero que ahora estaba asociado al poder, no a la sumisión.

—Tu imperio está en ruinas, Liam. Tus acciones valen menos que el papel en el que imprimiste nuestro divorcio. Estás a un paso de la bancarrota técnica. Si yo no firmo esta inyección de capital antes del viernes, la Torre Klein será embargada.

Liam miró a sus abogados, buscando una negación, pero ellos solo bajaron la cabeza. La realidad lo golpeó como un mazo. Se dejó caer en su silla, mirando fijamente la carpeta frente a él.

—Salgan todos —ordenó Liam con voz ronca—. Ahora.

Los directivos no esperaron a que lo repitiera dos veces. Salieron en fila india, dejando la sala en un silencio sepulcral. Marcus me miró buscando instrucciones; yo solo asentí. Él salió y cerró las pesadas puertas dobles.

Liam se levantó y caminó hacia mí. Intentó usar su táctica de siempre: invadir mi espacio personal para intimidarme. Se detuvo a escasos centímetros, tratando de que su altura me hiciera sentir pequeña.

—¿Qué es esto, Marta? ¿Un juego de venganza? Si quieres dinero, podemos negociar. Sé que te dejé con poco, tal vez fui... brusco. Pero esto es ir demasiado lejos.

Solté una carcajada genuina, llena de sarcasmo.

—¿Brusco? Liam, me echaste a la calle bajo la lluvia mientras te reías con tu amante. Me llamaste "error insignificante". No busco dinero; tengo más del que tú podrías soñar ahora mismo. Lo que busco es justicia.

—Marta, escúchame... —intentó poner una mano en mi brazo, pero retrocedí como si su toque fuera veneno.

—No me toques. Ya no eres mi esposo, y ciertamente no eres mi amigo. Eres un cliente desesperado y yo soy tu única salida.

Liam apretó la mandíbula, sus ojos grises brillando con una mezcla de furia y una incipiente, aunque oculta, admiración. El cambio en mí era total. Ya no había rastro de la mujer que suplicaba por su atención.

—¿Qué quieres? —preguntó entre dientes—. ¿Quieres que me disculpe? Está bien. Siento lo que pasó. No debí decir aquello. ¿Contenta? Ahora firma los documentos.

Me acerqué a él, esta vez siendo yo la que invadía su espacio. Le acomodé la corbata con una lentitud tortuosa, disfrutando de cómo su respiración se aceleraba.

—¿Crees que una disculpa barata vale millones de dólares? —le susurré al oído—. Tu arrogancia sigue siendo tu mayor debilidad. No voy a firmar nada hoy.

—¿Qué? ¡Marta, la empresa caerá!

—Entonces deja que caiga —dije con total indiferencia mientras caminaba hacia la puerta—. Regresaré el lunes. Por cada día que pase, el precio de mi ayuda subirá un diez por ciento. Y Liam... la próxima vez que nos veamos, asegúrate de estar en una posición más... humilde. Me gusta que mis socios sepan quién tiene el mando.

Salí de la sala sin mirar atrás. Marcus me esperaba en el pasillo.

—¿Cómo fue, jefa? —preguntó con una sonrisa cómplice.

—Como esperaba, Marcus. Cree que todavía puede dar órdenes. Vamos a dejar que el pánico haga su trabajo durante el fin de semana. Quiero que el lunes Liam Klein esté listo para lo que realmente vine a buscar.

Subimos al ascensor. Mientras bajábamos, sentí una satisfacción que no había sentido en tres años. No era solo por el dinero o el poder. Era ver el miedo en los ojos del hombre que me rompió el corazón.

Liam Klein había descubierto que el "error insignificante" había vuelto para reclamar su reino. Y esta vez, no habría piedad.

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