La noche caía sobre la ciudad, pero mi suite en el Grand Sapphire estaba iluminada por la luz suave de las velas y el brillo del cristal tallado. Había ordenado una cena privada, pero no para disfrutar de mi soledad. Esa noche, tenía un invitado: Julian Vancamp, el heredero de una de las cadenas hoteleras más importantes de Europa y, curiosamente, un antiguo rival de negocios de Liam.Pero lo más importante de la noche no era la comida, sino quién la serviría.—El vino debe estar a dieciséis grados exactos, Liam —dije sin mirarlo, mientras terminaba de retocar mi labial frente al espejo del salón—. Y recuerda que a Julian no le gusta que le interrumpan mientras habla. Mantente en un segundo plano, como la sombra que ahora eres.Liam, vestido con un traje de mozo impecable que yo misma había seleccionado para que pareciera un uniforme de servicio, apretó la mandíbula con tanta fuerza que temí que se le rompieran los dientes. Sus manos, antes acostumbradas a firmar cheques de millones,
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