El camino de regreso al pueblo fue un descenso a través de un cementerio de cuarzo. Los árboles, antes cubiertos de un polen eléctrico, ahora dejaban caer escamas de sílice inerte que crujían bajo nuestras botas como vidrio roto. El cielo de los Pirineos recuperaba su azul profundo, libre de auroras artificiales, pero el silencio que nos rodeaba era distinto al del invierno; era un silencio de posguerra, pesado y expectante.
Liam caminaba a mi lado, su brazo rodeando mis hombros como si temiera