El silencio en la suite era tan pesado que podía oírse el tic-tac del reloj de pared marcando cada segundo con una precisión cruel. Liam estaba sentado en el borde del sofá de cuero, con la camisa abierta y la mirada perdida en el ventanal. La sangre de su sien se había secado, dejando un rastro oscuro sobre su piel pálida.
Traje el botiquín de primeros auxilios y me senté frente a él. Mis manos, usualmente tan firmes en las mesas de negociaciones, temblaron ligeramente al abrir el frasco de an