El lunes por la mañana, la atmósfera en la oficina de GIG era gélida. Liam había llegado a las seis, media hora antes que yo, y ya tenía mi café negro y humeante sobre el escritorio. Su rostro estaba impasible, pero sus ojos seguían fijos en cada uno de mi movimientos, como si tratara de descifrar el código de la mujer que tenía enfrente.
—Tenemos la inspección de las bodegas en el muelle sur a las diez, Señora Wetsler —dijo Liam, manteniendo la distancia profesional que yo le había exigido—. E