Llegamos a las afueras de lo que alguna vez fue una próspera capital provincial. El aire aquí no olía a pino, sino a una mezcla rancia de ozono y plástico quemado. Liam caminaba con el fusil en bandolera, su mano siempre cerca del cuchillo de combate, mientras Marcus cubría nuestra retaguardia, moviéndose entre los esqueletos de coches oxidados que bordeaban la autopista.
A medida que nos acercábamos a la silueta de la Nueva Bizancio, un zumbido empezó a vibrar en mis dientes. No era la sintoní