El silencio que siguió al disparo de Liam fue más aterrador que cualquier estruendo. El cuerpo de mi marido yacía inerte contra el muro de cuarzo, una mancha de sangre humana ensuciando la perfección estéril de la Ciudad de Cristal. Sentí cómo las fibras púrpuras trepaban por mis muslos, ascendiendo por mi columna con una calidez eléctrica que prometía el fin de todo dolor y toda soledad.
—¡Detente! —grité, mi voz resonando en la cúpula de cristal—. ¡Me conectaré! ¡Acepto el nexo! Pero déjalo v