Mundo ficciónIniciar sesiónAna, una joven tranquila e inocente, es contratada como empleada doméstica en la casa de un poderoso director ejecutivo, nunca imagina que su vida cambiará para siempre.. Atraída por la calidez de su frágil empleador, se convierte en algo más que una empleada doméstica: se convierte en su compañera. Pero su creciente cercanía con la esposa del director ejecutivo desata tensión, sospechas… y un resentimiento silencioso. Entonces, en la noche en que la muerte llama a la puerta, sucede lo imposible. Con su último aliento, la esposa moribunda transfiere a su hijo nonato a Ana —una virgen inmaculada—, sellando así su destino al del frío e implacable director ejecutivo. Ahora, embarazada de un hijo que no es suyo, atrapada en una mansión llena de secretos y atada a un hombre que la odia y a la vez la protege, Ana debe lidiar con el amor, la pérdida y una verdad mucho más peligrosa de lo que imagina.
Leer másPRÓLOGO
La noche estaba inquietantemente quieta. Incluso el viento, que solía susurrar entre los altos árboles que rodeaban la mansión, había enmudecido, como si la propia naturaleza contuviera el aliento. Dentro de la gran propiedad, la oscuridad se aferraba a cada rincón a pesar del suave resplandor dorado de las lámparas. Las sombras se extendían a lo largo de las paredes como vigilantes silenciosos, alargándose y cambiando con cada parpadeo de la luz.
En el centro de todo ello, en la habitación más grande de la casa, la muerte rondaba. Ella yacía en la cama, envuelta en sábanas de seda blanca que hacían que su piel pálida pareciera aún más fantasmal. La mujer que alguna vez había sido radiante, admirada por su elegancia y envidiada por su vida, ahora apenas era reconocible.
Sus labios estaban secos, su respiración… irregular. Cada inhalación sonaba como una batalla. Cada exhalación… era una rendición.
Su mano temblorosa se movió lentamente hacia su estómago. Su único bebé estaba a punto de quedarse solo en el mundo. Lágrimas se deslizaron en silencio desde las comisuras de sus ojos.
—No permitiré que mueras conmigo… —susurró, con la voz quebrada por el peso del miedo y la desesperación.
Un dolor agudo le atravesó el pecho, obligándola a soltar un débil jadeo. Su cuerpo se curvó ligeramente, frágil como el vidrio, como si el más mínimo movimiento pudiera romperla por completo. No le quedaba mucho tiempo, podía sentirlo.
La muerte ya no se acercaba; ya estaba allí, de pie junto a su cama, esperando pacientemente. Su mirada se dirigió hacia la puerta.
—Ana… —llamó, con una voz apenas más fuerte que el tic-tac del reloj en la pared—. Ana…
En el pasillo tenuemente iluminado, Ana se detuvo en medio de un paso. Llevaba una bandeja con agua tibia, tal como le habían ordenado traer en caso de que su señora la necesitara. Pero algo en aquella voz débil y temblorosa le oprimió dolorosamente el corazón.
—¿Señora? —respondió, abriendo la puerta con suavidad. La escena que vio la dejó sin aliento.
—¡Señora…! —corrió hacia adelante, casi dejando caer la bandeja mientras la dejaba a un lado apresuradamente—. ¡No se ve bien, voy a llamar al doctor!
—¡No! —La palabra salió más brusca de lo esperado, aunque le costó todas sus fuerzas. Ana se quedó congelada. Sus ojos muy abiertos se llenaron de confusión y miedo.
—Ven aquí —susurró Bianca, extendiendo una mano temblorosa.
Ana dudó solo un segundo antes de acercarse. Su corazón latía con fuerza en sus oídos, cada latido reflejaba su creciente inquietud. Podía sentir que algo estaba muy mal.
—Más cerca… —insistió Bianca.
Ana avanzó hasta quedar justo al lado de la cama. Sus miradas se encontraron durante un instante y todo lo demás desapareció.
—Eres una buena chica —dijo suavemente, sus labios formando una leve y amarga sonrisa—. Tomé la decisión correcta.
Ana frunció ligeramente el ceño.
—Señora… no entiendo…
—No necesitas entender —respondió con ternura—. Todavía no.
Su mano se levantó lentamente, se detuvo un breve segundo en el aire y luego presionó con firmeza contra el bajo vientre de Ana. Al principio no pasó nada, solo el calor de la piel contra la piel.
Y entonces…
Una oleada repentina de calor atravesó el cuerpo de Ana.
Su respiración se entrecortó.
—¿Señora…? —susurró, con la voz temblorosa.
El calor se intensificó. Se extendió rápidamente desde su estómago hasta su pecho, bajando por sus brazos e inundando sus venas como fuego líquido.
Sus rodillas flaquearon.
—¿Qué… qué está pasando? —Ahora el pánico teñía su voz—. ¡Señora, por favor…!
—No luches contra ello —dijo Bianca, con la voz lenta y calmada a pesar de su estado debilitado—. Por favor… no luches contra ello.
La habitación cambió de inmediato y el aire se volvió denso, adaptándose a la temperatura que emanaba de su cuerpo. Las luces parpadearon violentamente, proyectando sombras erráticas en las paredes.
Un zumbido bajo llenó el espacio, casi como un cántico lejano llevado por el viento.
Ana jadeó con fuerza cuando la sensación de ardor se intensificó. Sus manos se aferraron instintivamente a su estómago. Sentía como si algo se moviera dentro de ella.
—¡No… no, esto no puede…! —gritó, sacudiendo la cabeza desesperadamente. Las lágrimas corrían por su rostro mientras el miedo se apoderaba por completo de ella.
—¿Por qué…? ¿Por qué yo?
Su agarre se debilitó contra ella.
—Porque eres pura… —susurró—. Porque protegerás lo que yo ya no puedo…
De pronto, un destello cegador estalló bajo su mano. Ana gritó.
El dolor era insoportable, como si su cuerpo estuviera siendo desgarrado y reconstruido al mismo tiempo. Su visión se nubló, como si toda su existencia se redujera a esa abrumadora sensación.
Y entonces…
La luz desapareció tan rápido como había aparecido. El cuerpo de Ana se quedó sin fuerzas y se desplomó en el suelo.
La mano de Bianca se deslizó del borde de la cama y su pecho se elevó débilmente.
Y entonces…
La puerta se abrió de golpe.
—¿Qué demonios está pasando aquí?!
Su voz era afilada, autoritaria, llena de urgencia.
Entró en la habitación, sus ojos recorrieron el espacio rápidamente hasta posarse en la escena.
Ana, tendida en el suelo como si estuviera muerta.
Y su esposa…
Su cuerpo estaba frío. Intentó despertarla y descubrió que se había ido.
—No… —Su voz bajó, perdiendo toda su fuerza—. No… no, no…
Se apresuró a su lado, con las manos temblorosas mientras la alcanzaba.
—Despierta —exigió, sacudiéndola suavemente, pero nada cambió—. Esto no es gracioso.
Por primera vez en años…
El poderoso CEO sintió que algo se rompía dentro de él.
Detrás de él, Ana permanecía inmóvil.
Sin saber que su vida…
Acababa de ser reescrita para siempre.
¿Qué pasará ahora que el bebé está dentro de ella?
CAPÍTULO 4Oferta de trabajoAna apenas durmió. La noche se repetía en fragmentos detrás de sus ojos: las luces parpadeantes, la música ensordecedora, la explosión de chispas, la discusión de Ivy con los guardias… y, sobre todo, la esposa del CEO.Había algo en su presencia que se negaba a abandonar la mente de Ana. No era solo su elegancia o su poder, sino la forma en que la había mirado.Ana se dio la vuelta en la cama, atrayendo la fina manta más cerca de su pecho.—¿Qué querrá de mí? —susurró en el silencio de la habitación.Desde la habitación contigua, el suave ronquido de Ivy rompió el silencio.Ana suspiró. Tal vez estaba pensando demasiado. Tal vez realmente solo se trataba de un trabajo.×××××××Llegó la mañana. La luz del sol se coló entre las cortinas, cruzando el rostro de Ana y obligándola a abrir los ojos. Los abrió lentamente y por un momento no supo dónde estaba; luego todo volvió de golpe. Su corazón comenzó a acelerarse otra vez.—¿Estás despierta? —preguntó la voz
CAPÍTULO 3Déjenla entrar—No mires fijamente —susurró Ivy rápidamente, al notar la mirada de Ana.Ana parpadeó y bajó los ojos ligeramente, pero ya era demasiado tarde.Los ojos de él ya la habían encontrado. Solo fue un vistazo, como si estuviera recorriendo la sala… y ella resultó estar en medio.Pero en ese único segundo…Ana lo sintió: el peso de su mirada. Como si la vieran… y la descartaran al mismo tiempo.Y luego, él apartó la vista, como si ella no importara.Ana contuvo ligeramente la respiración. Algo en eso la inquietó. No porque la hubiera mirado, sino por lo rápido que decidió no hacerlo.—¿Quién es él? —preguntó en voz baja, aunque ya tenía una idea.Ivy siguió su mirada y luego sonrió con picardía.—Ese —dijo— es el hombre al que no te conviene cruzarte.Ana frunció ligeramente el ceño.—Parece…—¿Peligroso? —terminó Ivy.Ana asintió.—Sí.—Lo es —respondió Ivy con sencillez.Al otro lado de la sala, Damon se movía entre la multitud con facilidad. La gente se apartaba
CAPÍTULO 2Noche de la fiestaLa ciudad brillaba como si estuviera viva. Desde la ventana del apartamento de Ivy, Ana permanecía de pie en silencio, observando el interminable río de luces allá abajo. Los autos se movían como corrientes de oro y rojo, la gente fluía por las aceras y las risas subían débilmente incluso desde esa altura.Presionó suavemente los dedos contra el vidrio. Su reflejo la miraba con ojos cansados, un rostro suave y una tristeza silenciosa que aún permanecía debajo de todo.—Hola —dijo la voz de Ivy detrás de ella.Ana se giró.—Llevas diez minutos parada ahí —comentó Ivy, acercándose—. ¿En qué estás pensando?Ana dudó.—En todo —admitió en voz baja.Ivy suspiró y luego sonrió de esa forma determinada que siempre tenía.—Bien. Porque hoy vamos a reemplazar esos pensamientos por otros mejores.Ana frunció ligeramente el ceño.—¿Cómo?Ivy aplaudió una vez.—Vamos de compras.—¿Por qué? —preguntó Ana, tomando su bolso.—Lo sabrás… —respondió Ivy con desgana, mient
CAPÍTULO 1Hora de soltarAna nunca se había sentido tan pequeña en toda su vida. Creció en un modesto pueblo a las afueras de la ciudad, donde los caminos eran polvorientos e irregulares, y cada casa parecía inclinarse hacia la otra como si compartieran secretos. El aire allí nunca estaba en silencio. Llevaba los sonidos de niños riendo, mujeres discutiendo sobre los precios del mercado y radios que reproducían canciones antiguas que nunca parecían desvanecerse.La casa de Ana estaba al final de un estrecho sendero. Era una pequeña vivienda con techo oxidado y paredes agrietadas, pero para ella lo significaba todo. Vivía allí con su madre. Su padre había muerto cuando ella era demasiado pequeña para recordar claramente su rostro. Solo tenía historias, historias que su madre le contaba en las noches en que se iba la luz y la oscuridad los rodeaba.—Era un buen hombre —decía su madre con suavidad—. Fuerte, amable… igual que tú.Ana nunca supo si eso era cierto, pero se aferraba a esas
Último capítulo