Visitas inesperadas

La suite presidencial del Hotel Grand Sapphire era un refugio de cristal y mármol que dominaba toda la ciudad. Desde aquí, las luces de la Torre Klein parecían pequeñas motas de polvo. Me serví una copa de vino tinto, disfrutando del silencio que solo el dinero puede comprar. El silencio que Liam Klein pensó que yo nunca conocería.

Un golpe seco en la puerta rompió mi paz. Miré el reloj de pared: las once de la noche. Marcus ya se había retirado a su habitación, así que solo había una persona lo suficientemente desesperada y arrogante para presentarse sin avisar a esta hora.

Abrí la puerta con parsimonia. Liam estaba allí, todavía con el traje de la reunión, pero con la corbata deshecha y el primer botón de la camisa abierto. Su cabello, usualmente perfecto, estaba revuelto, como si hubiera pasado las últimas horas pasándose las manos por la cabeza con frustración.

—¿No te enseñaron a llamar antes, Liam? —dije, apoyándome en el marco de la puerta sin dejarlo pasar—. O tal vez olvidaste que ya no tienes las llaves de mi vida.

—Marta, tenemos que hablar. Ahora. Sin abogados, sin asistentes, sin cámaras. —Su voz sonaba ronca, cargada de una mezcla de cansancio y algo que no supe identificar. ¿Deseo? ¿Rabia?

—No tenemos nada de qué hablar que no pueda esperar al lunes. Como te dije, mi tiempo es caro. —Hice amago de cerrar la puerta, pero él puso su mano firmemente sobre la madera, impidiéndolo.

—Por favor.

Esa palabra, pronunciada por Liam Klein, sonó extraña, casi alienígena. No era un ruego todavía, pero era una grieta en su armadura. Suspiré y me hice a un lado, permitiéndole entrar. No porque me importara lo que tuviera que decir, sino porque quería ver hasta dónde era capaz de rebajarse.

Liam entró y caminó directamente hacia el ventanal, mirando hacia su propia empresa. Se veía fuera de lugar en mi santuario, como un depredador atrapado en una jaula de oro.

—He pasado toda la tarde revisando tus estados financieros —dijo, dándose la vuelta—. Lo que has hecho en Europa es... impresionante. Nadie sabía quién era la misteriosa "Inversora W" que estaba devorando el mercado tecnológico. Si hubiera sabido que eras tú...

—¿Qué habrías hecho, Liam? —Lo interrumpí, caminando hacia él con mi copa en la mano—. ¿Me habrías amado más? ¿Me habrías dedicado cinco minutos de tu preciosa agenda? No me mientas. Si hubieras sabido que era yo, habrías intentado destruirme antes de que pudiera levantarme. Porque no soportas que alguien sea más brillante que tú, y mucho menos si es la mujer a la que llamaste "error".

Liam se acercó, reduciendo la distancia hasta que pude oler el rastro de whisky y colonia cara.

—Me equivoqué, ¿está bien? Te subestimé. Pero esto que estás haciendo, esta tortura financiera... es personal. Lo sé. Estás disfrutando verme sufrir.

—Disfrutar es una palabra suave, Liam. Estoy extasiada. —Le di un sorbo a mi vino, sosteniéndole la mirada—. Pero no te equivoques. Esto es solo el principio. Quiero que sientas la misma incertidumbre que yo sentí cuando me arrojaste a la calle. Quiero que cada vez que cierres los ojos, veas cómo tu legado se te escapa de las manos.

De repente, su mano atrapó mi cintura y me atrajo hacia él con una fuerza que me robó el aliento. Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.

—¿Y si te doy lo que quieres? —susurró, su rostro a milímetros del mío—. Sé que todavía me deseas, Marta. Puedo verlo en cómo me miras a pesar de todo ese hielo que te has puesto encima. Volvamos a intentarlo. Te daré el lugar que te mereces. Seremos la pareja más poderosa de este país. Olvida la deuda, olvida la venganza.

Sentí una punzada de algo antiguo en mi pecho, un eco de la Marta que solía amarlo. Pero fue sofocado instantáneamente por el recuerdo de sus risas con Elena Vance.

Con una calma absoluta, levanté mi mano libre y vertí lentamente el resto de mi vino tinto sobre su impecable camisa blanca. El líquido oscuro se extendió como una herida abierta sobre su pecho.

Liam se soltó, mirando la mancha en shock.

—¿Pero qué diablos...?

—Ese es el lugar que me "ofreces", Liam? —dije con un desprecio infinito—. ¿Una mancha en tu ropa que puedes lavar cuando te canses? Ya no soy tu juguete. Y por cierto... —Caminé hacia la puerta y la abrí de par en par—. Elena Vance me llamó hace diez minutos. Parece que está muy preocupada porque no respondes sus llamadas. Quizás deberías ir a consolarla. Ella sí encaja con tu estilo: vacía y fácil de manejar.

Liam apretó los puños, el líquido goteando en el suelo de la suite. Parecía un hombre a punto de estallar, pero por primera vez, no tenía las herramientas para defenderse.

—Esto no ha terminado, Marta.

—Tienes razón —respondí con una sonrisa triunfal—. Todavía no te he visto de rodillas. Buenas noches, Liam.

Cerré la puerta y puse el cerrojo. Mi corazón latía con fuerza, pero no de miedo, sino de una euforia salvaje. El depredador había venido a negociar y se había ido marcado.

El lunes, el precio de su salvación ya no sería solo dinero. Sería su orgullo completo.

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