El humo de la casona se había disipado hacía semanas, dejando solo un esqueleto de piedra negra y vigas carbonizadas que la nieve de primavera se esforzaba por ocultar. Vivíamos en una pequeña cabaña cerca del río, una estructura de piedra que Liam y Marcus habían rehabilitado con sus propias manos. No había pantallas, no había zumbidos, solo el sonido del agua y el crujir de la madera en el hogar.
Sin embargo, mi "sintonía" —aunque despojada de su conexión con la red— se había transformado en