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—Firma de una vez, Marta. No nos hagas perder más tiempo a ninguno de los dos.
La voz de Liam Klein era tan fría como el acero de los rascacielos que conformaban su imperio. Ni siquiera se dignó a levantar la vista de su tableta. Estaba sentado tras su escritorio de caoba, impecable en su traje de tres piezas, luciendo cada centímetro como el hombre más poderoso de la ciudad. Frente a él, mis manos temblaban tanto que temía que la pluma se me escapara de los dedos. El papel sobre la mesa parecía burlarse de mí. "Acuerdo de Divorcio". Tres palabras que borraban tres años de mi vida. —Liam, hoy es nuestro aniversario... —susurré, con la voz quebrada—. Te preparé una cena, yo... pensé que lo estábamos intentando. Por fin, Liam levantó la vista. Sus ojos grises, que alguna vez creí ver brillar con ternura, estaban gélidos. No había rastro de afecto, solo una impaciencia punzante. —¿Intentándolo? —Soltó una risa seca que me dolió más que un bofetón—. Marta, lo nuestro fue una transacción. Mi abuelo quería que me casara para heredar y tú necesitabas pagar las deudas médicas de tu madre. El trato se cumplió. Ella murió hace seis meses, y mi abuelo ya no está para vigilarme. No hay razón para seguir con esta farsa. El aire se escapó de mis pulmones. Sabía que nuestro matrimonio no había empezado por amor, pero yo me había esforzado. Había sido la esposa perfecta, lo había esperado cada noche, había cuidado de él en sus peores momentos de estrés. Me había enamorado perdidamente del hombre detrás del monstruo corporativo. —Pero yo te amo, Liam —dije, dejando caer la última pizca de mi orgullo. En ese momento, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Una mujer alta, de piernas interminables y vestida con un traje rojo que gritaba "diseñador", entró con una sonrisa triunfal. Era Elena Vance, la heredera de la competencia y la mujer con la que los tabloides lo habían vinculado durante semanas. —¿Todavía no terminas, Liam? —preguntó Elena, acercándose a él para posar una mano posesiva sobre su hombro—. El jet sale en una hora hacia las Maldivas. No querrás que perdamos nuestra reserva. Liam suavizó su expresión al verla, un gesto que jamás me dedicó a mí. Luego, volvió a mirarme con desprecio. —Firma, Marta. No te daré nada más que el pago inicial que acordamos. Te vas con lo puesto. Considera que mi paciencia tiene un límite. —Me estás echando a la calle... sin nada —dije, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas. —Fuiste un error insignificante en mi vida, Marta Wetsler —sentenció él, volviendo a su tono gélido—. Una distracción útil, pero aburrida. Ahora, lárgate. Mi abogado te enviará el resto de tus cosas en bolsas de basura a la pensión donde decidas caerte muerta. Con el corazón hecho pedazos, firmé. El sonido de la pluma contra el papel fue el funeral de mi antigua yo. Me levanté, sintiendo la mirada burlona de Elena y la indiferencia absoluta de Liam. Caminé hacia la puerta, pero antes de salir, me detuve. No miré atrás, pero mi voz ya no temblaba. El dolor se había congelado, convirtiéndose en algo sólido, pesado y afilado: determinación. —Un error insignificante, ¿verdad? —repetí en un susurro—. Recuerda esas palabras, Liam Klein. Porque algún día, ese error será lo único que desees tener y lo único que no podrás comprar con todo tu dinero. Liam ni siquiera respondió. Ya estaba riendo de algo que Elena le decía al oído. Salí de la Torre Klein bajo una lluvia torrencial. No tenía paraguas, ni dinero para un taxi, ni un lugar a donde ir. Mientras el agua helada empapaba mi ropa barata, apreté los puños. El dolor de la traición quemaba en mi pecho, pero la humillación quemaba más fuerte. —Marta Wetsler murió en esa oficina —me dije a mí misma, mientras veía las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas—. Algún día, Liam, estarás de rodillas. Y ese día, yo seré quien te mire desde arriba. No sabía cómo, ni cuándo, pero me juré que el apellido Klein no volvería a ser mi cadena, sino mi trofeo de caza. Empecé a caminar, dejando atrás la vida de la esposa sumisa. El renacimiento de Marta Wetsler acababa de comenzar.






