La mañana siguiente al beso fue un campo minado de silencios tensos. Liam cumplió su palabra: a las seis en punto, el café estaba sobre mi escritorio y él se mantenía a una distancia prudencial, con la venda limpia en su sien y una mirada que no se apartaba de mí ni un segundo. No mencionamos lo que pasó en la suite; el contrato seguía siendo nuestra única ley, aunque ambos supiéramos que las letras impresas ya no eran suficientes para contener lo que estaba hirviendo entre nosotros.
Sin embarg