Mundo ficciónIniciar sesiónAdrianna, tenía una vida tranquila, una vida sencilla hasta la noche en que un desconocido la convirtió en su víctima. Esa noche lo perdió todo, quedó marcada para siempre y, atrapada entre el dolor y la depresión. Al saber que de aquel horror, nació una verdad imposible de borrar: tres meses después, descubre que estaba embarazada. y el peso de una maternidad inesperada, y a pesar del dolor, decidió tener a su hijo con amor, ocultando la verdad para protegerlos del horror de su origen. Años después, encuentra refugio en los brazos de Paolo, un hombre mayor y bondadoso que le ofrece estabilidad y un amor sincero. Junto a él, cree haber dejado atrás su tormento... hasta que una revelación lo destruye todo.
Leer másCinco años después.La mansión Marccetti brillaba aquella noche como nunca antes. Guirnaldas de luces colgaban de los árboles del jardín, y una enorme carpa blanca estaba decorada con flores lilas y rosas, los colores favoritos de Paulina. Había música suave en el aire, y cada rincón parecía preparado para celebrar no solo los quince años de una jovencita, sino la historia de toda una familia que había aprendido a sanar juntos.Adrianna miraba a su hija con los ojos llenos de lágrimas contenidas. La pequeña que una vez pidió su fiesta de princesas ahora estaba frente a ella, convertida en una joven radiante, con un vestido de tules celeste y morado que le daba un aire de reina.—Estás preciosa, mi niña. —susurró Adrianna, acariciando su mejilla.Paulina sonrió con esa dulzura que siempre la había caracterizado.—Gracias, mamá. Pero lo más bonito de todo esto es que estamos juntos. Eso es lo que quiero celebrar. Y con este travieso hermoso. —dijo cargando por un momento a Adriano el pe
Claudio giró lentamente. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Emiliano. Durante un segundo, la sorpresa lo dejó sin palabras.—Emiliano… —susurró para adi mismo. Nuevamente Nelson lo tenía informado enviando fotografías de ellos.El joven avanzó un paso más, temblando de rabia.—¿Sacerdote? —escupió la palabra con desprecio.—¿Eso eres ahora? ¿Crees que con una sotana puedes borrar lo que hiciste? ¿Que puedes esconderte detrás de Dios para limpiar tus pecados?Claudio apretó los labios. Bajó lentamente del altar y se acercó, con la mirada llena de dolor.—No busco esconderme. Estoy aquí porque necesito expiar mi culpa. Porque no sé cómo vivir con lo que hice.—¡No! No intentes justificarte. ¡Lo que hiciste con mi madre no tiene perdón! La destrozaste, la marcaste para siempre. Y ahora… ¿quieres jugar a ser santo? ¿Quieres que te vean como un hombre bueno, como un guía espiritual? ¡Eres un farsante! —gritó Emiliano, con los ojos llenos de lágrimasClaudio respiró hondo, tratando
Los tres jóvenes estaban en el jardín, sentados sobre el césped húmedo, rodeados de faroles pequeños que iluminaban la noche con una luz cálida. El aire fresco traía consigo el aroma de las flores recién abiertas y el murmullo de los grillos parecía acompañar la tensión que había en el ambiente.Enzo, de rostro serio y mirada intensa, mantenía los puños cerrados apoyados en las rodillas. Paolo, con ese aire más reservado, jugaba con una ramita entre los dedos como si buscara calmar la ansiedad. Emiliano, aún con una inocencia que se resistía a perder, observaba las estrellas y susurraba preguntas que nadie se atrevía a responder.—¿Crees que hoy nos lo diga? —preguntó el más pequeño, sus ojos brillando con esa mezcla de curiosidad y miedo.—Debe hacerlo. No podemos seguir viviendo en la oscuridad. Ya somos grandes, tenemos derecho a saber. —respondió EnzoPaolo levantó la vista y miró a sus hermanos, luego hacia la puerta de la casa, como si esperara ver aparecer en cualquier momento
Esa misma noche, Adrianna permaneció despierta, mirando el techo de su habitación. Paolo se había marchado al amanecer, dejándola con un beso en la frente y una promesa silenciosa de acompañarla en lo que viniera.Ella se levantó y fue hasta la habitación de los niños. Los observó dormir: tan tranquilos, tan ajenos a las tormentas de los adultos. El mayor se movía inquieto, como si en sueños intuyera la sombra que se cernía sobre ellos.Adrianna acarició su frente y susurró:—No voy a dejar que vivan con mentiras. Merecen la verdad.Ella volvió a su habitación y tomo el teléfono y llamó a Lety.Era tiempo de empezar de nuevo. —Madrid. Perdóname por despertarte a esta hora, pero necesito que vengas.—¿Te pasó algo mi niña.? Ya voy.Adrianna colgó la llamada y sonrió. Sentía que no podía dejar pasar max tiempo. Necesitaba estar junto a Paolo. Ayudarlo en el proceso.Lety llegó tan pronto como pago.—Hija. ¿Que pasó? —preguntó Lety algo preocupada.Adrianna tomó sus manos y se sentaron
Claudio miró a su padre. Se abrazó tan fuerte a él. Paolo se debatía entre Adrianna y su hijo. Deseaba poder estar con uno sin lastimar al otro. Deseaba proteger a ambos. Su corazón se rompió en mil pedazos, al escuchar la historia de su hijo. —Hijo. Me duele está situación. —Padre, perdóname. Adrianna perdón. Fallé... Fallé. No pude cumplir con lo prometido pero fue más fuerte que yo. —¿Que hiciste hijo? —Fui. Los ví. Padre. Son hermosos mis hijos. Pero no. No me acerqué. Simplemente los miré a distancia. No los quiero lastimar padre. —Paolo pasó las manos por su rostro. Su frustración era tanto al ver a su hijo en esa situación.—Hijo mío. Cuánto daría por que las circunstancias fueran otras. —Tranquilo padre. Es mi destino y lo acepto. Paolo sentía la impotencia de no poder ayudar a su hijo. Verlo demacrado y con ojeras marcadasEra la certeza de que Claudio tenía noches sin dormir. Sus pensamientos eran un vaivén entre el alivio de haber tomado una decisión.el temor de lo qu
El sacerdote lo miró, sin entender del todo.—¿Qué quieres decir, hijo?Claudio levantó la mirada. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, brillaban con una intensidad nueva, como la de un hombre que acababa de ver una salida donde antes había solo abismo.—Quiero entregarme. Quiero… ser sacerdote.El padre Ricardo entrecerró los ojos, sorprendido por la fuerza de aquella declaración.—¿Estás consciente de lo que dices? No es un camino ligero, ni fácil. No es un escape.Claudio asintió con firmeza.—Lo sé. Y no lo busco como huida… lo busco como condena y como redención. Quiero que mi vida sea servicio. Quiero cargar con el peso de los pecados del mundo, como yo cargué con el mío. No puedo ser padre para mis hijos, pero quizás… solo quizás puedo ser padre para los que no tienen uno.Hubo un silencio reverente. El sacerdote, conmovido, se acercó más y lo miró con profunda seriedad.—Si decides esto, Claudio, deberás morir al hombre que fuiste. Significa que renunciarás a tu nombre, a tus
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