Los tres jóvenes estaban en el jardín, sentados sobre el césped húmedo, rodeados de faroles pequeños que iluminaban la noche con una luz cálida. El aire fresco traía consigo el aroma de las flores recién abiertas y el murmullo de los grillos parecía acompañar la tensión que había en el ambiente.
Enzo, de rostro serio y mirada intensa, mantenía los puños cerrados apoyados en las rodillas. Paolo, con ese aire más reservado, jugaba con una ramita entre los dedos como si buscara calmar la ansiedad.