Esa misma noche, Adrianna permaneció despierta, mirando el techo de su habitación. Paolo se había marchado al amanecer, dejándola con un beso en la frente y una promesa silenciosa de acompañarla en lo que viniera.
Ella se levantó y fue hasta la habitación de los niños. Los observó dormir: tan tranquilos, tan ajenos a las tormentas de los adultos. El mayor se movía inquieto, como si en sueños intuyera la sombra que se cernía sobre ellos.
Adrianna acarició su frente y susurró:
—No voy a dejar que