El sacerdote lo miró, sin entender del todo.
—¿Qué quieres decir, hijo?
Claudio levantó la mirada. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, brillaban con una intensidad nueva, como la de un hombre que acababa de ver una salida donde antes había solo abismo.
—Quiero entregarme. Quiero… ser sacerdote.
El padre Ricardo entrecerró los ojos, sorprendido por la fuerza de aquella declaración.
—¿Estás consciente de lo que dices? No es un camino ligero, ni fácil. No es un escape.
Claudio asintió con firmeza