Capítulo 8: Leyla

CAPÍTULO 8: LA BESTIA HERIDA

LEYLA

El sonido de pesados portones de hierro abriéndose y el clamor de voces masculinas resuena desde el patio inferior. Me levanto de un salto, asomándome a la ventana y escuchando los gritos de urgencia; un tono de alarma que hace que me ponga nerviosa, con el corazón martilleando contra mis costillas.

—¡Abran paso! ¡El Alfa está herido! —el grito de un hombre atraviesa el patio. Veo cómo llevan a Krul cargado.

Sin pensarlo dos veces, corro hacia la puerta de la cámara, sin importarme las consecuencias de su advertencia. Bajo las escaleras de piedra a toda prisa con el vestido ondeando detrás de mí. Solamente estuve aquí abajo una sola vez y fue cuando llegué, por lo que me guío por los gritos de las personas para poder llegar al Gran Salón. Casi me caigo cuando me detengo en seco. Un grupo de la manada completa de guerreros entra, cubiertos de nieve y sangre. En el centro, sostenido parcialmente por el hombre que había visto gritar antes desde la ventana, se encuentra Krul. Su rostro, generalmente una máscara de control absoluto, está contraído por una mueca de dolor y su piel, normalmente ardiente, luce una palidez cenicienta que me aterra.

Presa del pánico, no me doy cuenta de lo que hago hasta que escucho mi propia voz.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, abriéndome paso entre los guerreros que me observan con recelo.

—Emboscada elfa en el límite del Bosque de Cristal —gruñe el hombre que aún sostiene el peso de Krul, cuya propia armadura está abollada—. Usaron flechas de luz estelar. No son flechas comunes; están encantadas para evitar que nuestra curación natural funcione. El veneno de plata está quemándolo por dentro.

Krul levanta la mirada. Sus ojos dorados, empañados por la agonía, se fijan en mí. Incluso en ese estado, su presencia es dominante, pero hay algo más en su mirada: una necesidad cruda que me hace estremecer.

—Llévenlo a sus aposentos —ordeno, sorprendiéndome a mí misma por la autoridad en mi voz—. Yo me encargaré.

—No.

—¿Qué? —miro sorprendida al hombre que tiene a Krul. Me mira con una mirada depredadora y no como la que Krul me da; esta es de querer asesinarme.

—Lo que has escuchado. No dejaré a mi Alfa indefenso en manos del enemigo...

—¿Tú quién te crees que eres...?

—Soy su Beta, Roc, y mi deber es cuidar de él.

No puedo evitar que una risa amarga se me escape.

—Y, sin embargo, dejaste que lo hirieran. Hiciste un gran trabajo —no puedo evitar el sarcasmo en mi voz.

Roc da un paso hacia mí, la rabia bullendo de él.

—Suficiente. Hagan lo que ella dice —la voz de Krul sale débil, sin energía.

Los guerreros dudan, pero una mirada gélida de Krul los obliga a obedecer. Me aparto del camino para que pasen, siento la mirada de todos puesta en mí. Reúno el valor para hacer contacto visual con ellos y veo a Elena entre la multitud; me da una pequeña sonrisa y veo cuando se lleva la mano y con el dedo índice debajo de su barbilla me indica que levante la mía. Me está recordando que, ante todo, soy una princesa y no debo bajar la cabeza. Así que eso hago: pongo mi columna de acero enderezándola, mi mentón bien alto y doy la espalda a todos ellos mientras sigo a los hombres que llevan a Krul.

Lo suben a la cámara y lo depositan con cuidado sobre la cama de pieles, dejándolo sentado. Cuando todos por fin salen de la habitación, el silencio regresa, pero esta vez está cargado de un olor metálico a sangre y la electricidad de una tensión insoportable. Me acerco a la cama; Krul está intentando quitarse la túnica.

—Déjame —agarro el borde de la túnica con manos temblorosas y maldigo para mis adentros por no poder controlarlo.

Al quitarle la túnica, su torso queda desnudo, y es cuando veo que debajo de su hombro izquierdo hay una flecha de madera blanca y plumas plateadas que está hundida profundamente. La piel alrededor de la herida está ennegcrecida, burbujeando levemente mientras el veneno elfo lucha contra la carne del lobo.

—Tienes que sacarla —me indica Krul, su voz es un hilo ronco que parece salir desde el fondo de su pecho—. Ahora, Leyla. Querías hacerte cargo. Entonces hazlo o el veneno llegará a mi corazón, y si eso pasa, no habrá Alfa que gobierne Vargheim mañana.

—No digas eso. Es solo que... no sé cómo… no soy una sanadora —susurro, y mis manos tiemblan violentamente y esta vez no hago nada para ocultarlo.

—Eres una mujer de Arandhia —me reprende él, agarrándome la muñeca con una fuerza sorprendente, obligándome a tocar la piel caliente y sudorosa de su pecho—. Tu gente sabe de venenos y remedios mejor que nadie. Hazlo… o déjame morir y espera a ver qué le hace la manada a la humana que dejó morir a su líder, luego de que esta le exigiera a su Beta que lo llevara a la cámara.

Él tiene razón. Esto es veneno, «es veneno... será igual que con...», mientras pienso, una loca idea me viene a la mente. El miedo y la determinación luchan en el interior de mi pecho. Me subo a la cama y me arrodillo a su lado; tomo un cuchillo de cirujano que Roc ha dejado sobre la mesa, junto con un cuenco de agua y hierbas.

—Acuéstate —él hace lo que le pido, tumbándose de espaldas en la cama—. Esto va a doler —advierto a Krul.

—He sentido dolores peores, princesa —gruñe Krul, apretando los dientes—. Hazlo.

Corto la carne con manos que, poco a poco, van ganando confianza. El grito de Krul queda ahogado en su garganta mientras yo extraigo la punta de flecha. La sangre negra y espesa brota, manchando mis delicadas manos y empapando mi vestido. No me aparto. Por el contrario, respiro profundo antes de llevar mi boca a su herida y succionar su sangre con el veneno, luego escupo al suelo sabiendo que después lo limpiaría. Hago este procedimiento varias veces, recordando cuando a mi doncella la picó una serpiente y el sanador le extrajo el veneno de esta manera. Solo espero que funcione con Krul. Malditos elfos, los odio.

Cuando creo que es suficiente, me detengo; uso mis dedos para limpiar la herida, aplicando el ungüento de hierbas que ayudará a neutralizar lo que queda de la plata... o eso espero. Estoy confiando más en lo que acabo de hacer. Mis ojos por un segundo hacen contacto con los de Krul, que me miran con sorpresa. Esa es una nueva reacción.

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